Los minerales

La gran trascendencia que los minerales han tenido, y aún tienen, para el progreso de la humanidad es sencilla de comprender. Basta echar un vistazo al enorme número e importancia de sus aplicaciones.

Los minerales son la fuente de los metales, se emplean como materiales de construcción y albergan sustancias nutritivas para los vegetales, por lo que son ampliamente utilizados en la agricultura. Las piedras preciosas y semipreciosas, como el diamante, el rubí o el topacio, son materia prima de la joyería, y ciertos minerales, como la uranita, poseen valor desde el punto de vista energético.

En la actualidad se conocen unas dos mil especies diferentes de minerales. De ellos, sólo un par de centenares cuentan con aplicación práctica. Esto no quiere decir que los demás carezcan de valor. Todos los minerales son valiosos, ya que su estudio permite alcanzar un mayor conocimiento de la estructura y composición de la Tierra, y también de cuerpos llegados del espacio, como los meteoritos. La ciencia dedicada a su estudio recibe el nombre de mineralogía.

Una de las características principales de los minerales es su estructura interna, que suele ser ordenada. Los átomos que los forman se distribuyen en el espacio de una forma regular y organizada. De ahí que se diga que los minerales poseen una estructura cristalina. Dicha estructura interna condiciona buena parte de sus propiedades, ya sean físicas, ópticas o mecánicas. Propiedades de otro tipo, como las químicas, dependen de la composición.

En lo referente al modo en que se clasifican los diferentes minerales, se puede comenzar por recurrir al criterio de su origen. Según éste, es posible separarlos en tres grandes grupos: sedimentarios, ígneos y metamórficos. En la práctica, esta clasificación suele resultar demasiado general, por lo que es necesario elegir un criterio más específico. Tal criterio acostumbra a ser el de la composición. No resulta exagerado decir que los minerales son los ladrillos con los que se encuentra construido el planeta Tierra, y sin cuyo uso por los seres humanos sería imposible la vida tal como se conoce.

Definición y conceptos previos

Como mineral se entiende un compuesto sólido, homogéneo, originado de forma natural a través de diversos procesos geoquímicos. Posee una composición química definida y una estructura atómica ordenada. Dado que tiene una composición definida, es posible representarlo mediante una fórmula química específica.

A menudo en diferentes procesos industriales, así como en la joyería, se recurre al uso de minerales sintéticos, o lo que es lo mismo, fabricados por el hombre en el laboratorio o la industria. Aunque el aspecto y propiedades de tales productos sintéticos sean en ocasiones muy próximos a los de los verdaderos minerales, se diferencian de éstos en un aspecto fundamental: no tienen un origen natural, no forman parte de la corteza terrestre y, por tanto, no serán aquí objeto de atención.

Es importante aclarar la diferencia existente entre minerales y rocas. Como ya se ha dicho, un mineral es un cuerpo homogéneo, es decir, formado por una única sustancia sólida. Por el contrario, las rocas son heterogéneas, se encuentran constituidas por varias sustancias distintas. En resumen, una roca es una combinación de varios minerales diferentes que forman un único cuerpo sólido. Un ejemplo es el granito, roca compuesta básicamente de tres especies minerales: mica, cuarzo y feldespato.

Los minerales son cuerpos homogéneos constituidos por una única sustancia. Las rocas, por su parte, están compuestas por diversas sustancias o minerales. Un ejemplo de ello es la roca denominada granito, en la imagen, compuesta por mica, cuarzo y feldespato.

Al definir los minerales como sustancias sólidas, quedan excluidos, obviamente los líquidos y los gases. Sin embargo, es necesario realizar algunas matizaciones al respecto. El agua en estado líquido no se considera un mineral; sin embargo, cuando aparece en estado sólido, en forma de hielo, sí. El mercurio, que es el único metal que a temperatura ambiente conserva el estado líquido, tampoco puede considerarse estrictamente como un mineral. Tampoco entran dentro de la clasificación de los minerales el petróleo y el carbón, ya que carecen de una composición química definida. Éstos se consideran como rocas, y en el caso del petróleo, como una roca líquida.

También se ha mencionado al definir los minerales que cuentan con una estructura atómica ordenada. Tal estructura adopta la forma de una red tridimensional. Si durante el proceso de formación del mineral las condiciones son las adecuadas, dicha estructura interna puede llegar a quedar reflejada en el aspecto exterior del mineral, en su morfología.

Morfología de los minerales

La mayor parte de los minerales están cristalizados. Esto quiere decir que son cuerpos sólidos, limitados exteriormente por caras, las cuales son planas y han sido desarrolladas de forma natural a lo largo del proceso de formación. En ocasiones, son transparentes y cuentan con unos colores llamativos. Esta forma externa del mineral transmite una impresión general de orden.

En realidad, el hecho de que un mineral adopte dicha forma exterior ordenada depende de aspectos que son ajenos a él y que se hallan relacionados principalmente con el medio donde se origina. Sin embargo, en todos los casos, en un nivel interno, microscópico, los minerales poseen una estructura ordenada. Es esta estructura microscópica, repetida a lo largo de las tres dimensiones del espacio, la que puede dar lugar, si las condiciones lo permiten, a la forma externa que se ha descrito.

La mayoría de los minerales, como el cuarzo (en la imagen), están cristalizados. Son cuerpos sólidos, delimitados en su exterior por planos y en ocasiones, transparentes o de colores llamativos.

Por tanto, el término cristal debe aplicarse de una forma más específica a todos los sólidos que dispongan de una estructura interna ordenada, al margen de que exteriormente cuenten o no con caras definidas. De forma más general, a lo largo de su proceso de crecimiento, y siempre en función de las condiciones del medio, un mineral puede llegar a adoptar formas y texturas muy diferentes. Éstas se pueden resumir en: amigdaloide, similar a la forma de una almendra; botrioide, en forma de racimo; dendrítica, cuyo aspecto recuerda al musgo; arborescente o ramificada, a semejanza de un árbol; granular, constituida por una acumulación de granos, y reniforme, en forma de riñón.

En relación con la forma de los minerales resulta interesante el proceso del pseudomorfismo, que conlleva la transformación de un mineral en otro completamente diferente, sin que ello cambie el aspecto exterior del primero. Esta transformación puede ser consecuencia, por ejemplo, de un bombardeo con radiaciones.

Estructura de los minerales

Supongamos que disponemos de un fragmento de mineral con una forma exterior natural bien definida, por ejemplo, la forma de un cubo. De cada una de las caras del cubo se pueden ir retirando finas láminas, en un proceso llamado exfoliación. De este modo, se irán obteniendo cubos cada vez más pequeños que seguirán constituyendo la forma natural del mineral.

Teóricamente, se podría continuar exfoliando el mineral hasta llegar al nivel microscópico, pero el proceso tiene un límite. En un momento dado se alcanzará un cubo tan pequeño que, si se dividiera una vez más, daría lugar a la descomposición química del mineral. Se separarían los átomos que lo componen.

Por tanto, este último cubo constituye la forma elemental de ese mineral. Todos los minerales cuentan con una forma elemental, de las cuales sólo existen siete y todas ellas son paralelepípedos. Estas formas determinan los llamados siete sistemas cristalinos: cúbico, tetragonal, hexagonal, romboédrico (en realidad un subtipo de hexagonal), ortorrómbico, monoclínico y triclínico (v. figura 3).

Proyecciones de los siete sistemas cristalinos o formas elementales de los minerales. Hay que tener en cuenta que el sistema hexagonal cuenta en realidad con dos subsistemas, el trigonal (normal) y el romboédrico.

Los átomos que componen los minerales pueden situarse en los vértices de estas formas elementales, en su centro o en el centro de sus caras. Una forma cristalina elemental repetida, prolongada en las tres dimensiones, define una red cristalina, la cual da lugar al aspecto final, macroscópico, del mineral.

Cada sistema cristalino puede generar redes cristalinas diferentes, dependiendo del modo en que se dispongan los átomos dentro de la forma elemental. Por ejemplo, en el sistema cúbico la forma elemental es un cubo. Dentro de este cubo los átomos se sitúan de tres posibles modos, con lo que generan tres redes distintas: simple, centrada y centrada en las caras (v. figura 4).

Según la disposición de los átomos dentro de la forma elemental del mineral se puede hablar de distintos tipos de redes cristalinas. En el caso de la red cúbica, se puede hablar así de simple, centrada o centrada en las caras.

En la red cúbica simple, los átomos se disponen en los vértices del cubo (ocho átomos). En la cúbica centrada hay un átomo en cada vértice del cubo y uno más en su centro (nueve átomos). Finalmente, en una red cúbica centrada en las caras existe un átomo en cada uno de los vértices, además de uno en el centro de cada una de las caras del cubo (catorce átomos).

En el sistema monoclínico, la forma elemental es un prisma oblicuo de base rectangular. En este caso, los átomos sólo se organizan en dos formas diferentes: simple y de bases centradas. En la red monoclínica simple, los átomos en los vértices del prisma (ocho átomos). En la monoclínica de bases centradas, además de en los vértices hay un átomo en el centro de la base del prisma y otro en la cara superior (diez átomos).

En el sistema hexagonal, sin embargo, sólo hay una red posible. La forma elemental es un prisma recto de base hexagonal. Los átomos aparecen en los vértices, en el centro de la base y en el centro de la cara superior (catorce átomos). El sistema tetragonal genera dos redes diferentes; el romboédrico, sólo una; el ortorrómbico, cuatro, y el triclínico, una. En total, los siete sistemas cristalinos dan lugar a catorce redes diferentes, también conocidas como redes de Bravais, en honor al hombre que las definió en el siglo xix, el físico francés Auguste Bravais (v. figura 5).

La diferente disposición de los átomos en los sistemas cristalinos da lugar a catorce estructuras diferentes que reciben el nombre de «redes de Bravais».

Propiedades de los minerales

En términos generales se puede decir que algunas propiedades de los minerales dependen de su estructura cristalina, como ocurre con las físicas, las ópticas, las mecánicas, las eléctricas y las magnéticas. Por otro lado, las propiedades químicas dependen de la composición de los minerales.

Por este motivo, sucede que minerales con la misma composición ofrecen propiedades físicas muy distintas a causa de tener diferencias en su estructura. Ejemplos de ello son el grafito, usado en las minas de los lápices, y el diamante. Ambos poseen idéntica composición, carbono puro, pero diferentes estructuras internas, lo que hace que sus propiedades sean distintas. La diferencia más llamativa es su dureza respectiva, mediana en el grafito y extraordinariamente elevada en el diamante.

Resulta evidente que para determinar las propiedades químicas de un mineral es necesario conocer previamente cuáles son sus componentes, a menudo una labor ardua y compleja. El análisis de la composición de los minerales se realiza en los laboratorios y mediante diferentes métodos. Se pueden emplear análisis térmicos, que miden las reacciones de los minerales cuando son sometidos a un calentamiento intenso. Dichas reacciones suelen ser indicativas de ciertos elementos que se hallan presentes en su composición.

Es posible recurrir también a métodos más complejos, como la difracción por rayos X y la espectrografía de fluorescencia, o bien someter los minerales a la acción de ciertos reactivos químicos. En el análisis siguiente se presta atención a aquellas propiedades que revisten mayor importancia y que pueden medirse mediante procedimientos sencillos e incluso apreciarse a simple vista.

Propiedades físicas

Una de las propiedades más importantes de los minerales es la dureza. Puede definirse como la resistencia de un mineral a ser rayado. Se dice que un mineral es más duro que otro si es capaz de rayar a éste.

La dureza se mide mediante la escala de Mohs, en la cual se recogen diez minerales que van desde el más blando (el talco, al que se le asigna el valor 1) hasta el más duro (el diamante, con el valor 10). Estos diez minerales sirven como referencia para conocer la dureza de todos los demás (v. tabla 1). A modo de referencia, una uña de una persona posee una dureza de 2,5 y un cuchillo de buena calidad, de 5,5.

Tabla 1. Escala de Mohs sobre la dureza de los minerales.

Hay que tener en cuenta que la dureza es una propiedad que depende de la dirección en la que se mida sobre la superficie del mineral. Varía de una dirección a otra; incluso en la misma dirección, puede cambiar dependiendo del sentido de la ralladura.

Una segunda propiedad física de indudable interés es la densidad de un mineral. Estrictamente se entiende por densidad la masa de una sustancia por unidad de volumen. En la práctica es habitual realizar un pequeño cambio: se toma como densidad el peso de una unidad de volumen de sustancia. La unidad de medida de la densidad es el kilogramo por metro cúbico (kg/m3). Sin embargo, en mineralogía se emplea generalmente el gramo por centímetro cúbico (g/cm3).

La densidad depende tanto del peso atómico de los elementos que forman el mineral como de la medida en que sus átomos e iones estén empaquetados, de si se encuentran muy juntos o más bien separados. Si dos minerales poseen la misma estructura, aquél cuyos elementos tengan un peso atómico más elevado será el más denso. Por otro lado, si ambos minerales cuentan con la misma composición química, el más denso será aquél en el que los átomos e iones estén más próximos entre sí.

Propiedades ópticas

Los minerales pueden presentar colores muy diferentes. En algunos casos poseen un color que es propio y característico. Por ejemplo, los óxidos de hierro son de un rojo sangre y el rejalgar, amarillo anaranjado. Sin embargo, hay otros casos en los que el color no es propio, sino debido a la presencia de una serie de impurezas en el mineral. Un buen ejemplo de esta circunstancia es el corindón. Cuando presenta en su composición una pequeña cantidad de cromo, es de color rojo y se conoce como rubí; si las impurezas son de titanio, toma un color azul y recibe el nombre de zafiro.

Un método para averiguar cuál es el verdadero color del mineral, al margen del producido por las impurezas, es rayar con él una superficie blanca de porcelana. En la raya resultante quedará un rastro de polvo, y el color que posea este polvo será el verdadero del mineral.

Por otra parte, se llama transparencia a la capacidad de un objeto de que pueda verse a su través. En función de la transparencia, los minerales pueden clasificar en varias categorías. Se dicen opacos cuando no puede verse a su través, translúcidos si sólo son transparentes en los bordes e hialinos cuando los minerales son totalmente transparentes.

El brillo se refiere a la forma en que los minerales reflejan la luz. Los diferentes tipos de brillo que puede presentar un mineral son: metálico, como el de la pirita o la galena; vítreo, el que posee el cuarzo; bituminoso, que aparece también en el cuarzo, pero en sus superficies de fractura; resinoso, el de la blenda; nacarado, típico de minerales laminares como el talco; sedoso, que se presenta en minerales fibrosos, como el asbesto, y adamantino, característico del diamante.

Los minerales pueden definirse según su brillo en metálicos, vítreos, bituminosos, resinosos, nacarados, sedosos y adamantinos. En la imagen, un mineral metálico, la pirita.

La luminiscencia, otra propiedad óptica, se define como la emisión de luz por el mineral cuando éste se somete a algún tipo de tratamiento, como un calentamiento (termoluminiscencia), o bien a frotamiento contra otro cuerpo (triboluminiscencia). En cambio, la fluorescencia es la emisión de luz por un mineral cuando se ilumina por una fuente de luz ultravioleta. Es típica de la fluorita y de los minerales de uranio. Finalmente, se llama fosforescencia a la cualidad de los minerales de emitir luz al ser sometidos a algún tipo de tratamiento, pero con la particularidad de que la emisión permanece una vez que ha cesado el motivo que inicialmente la produjo.

Otras propiedades

Las cualidades mecánicas, eléctricas, magnéticas y radiactivas de los minerales son merecedoras también de cierta reflexión. Entre las primeras destacan la flexibilidad, propiedad por la que los minerales son capaces de deformarse; la elasticidad, en virtud de la cual cuando cesa la fuerza o la presión que provoca la deformación del mineral, éste es capaz de recuperar su forma original, y la plasticidad por la que, al contrario que en el caso anterior, cuando cesan la fuerza o la presión que lo deforma, el mineral no recupera la forma original, sino que conserva su deformación.

Se dice que un material es dúctil cuando puede deformarse en hilos, y maleable si se deforma en láminas. Finalmente, un mineral es seccionable cuando es posible cortarlo.

Piezoelectricidad y piroelectricidad son las propiedades eléctricas más destacables de las sustancias minerales. Por la primera, ciertos minerales, cuando son sometidos a una presión, se polarizan eléctricamente y, por tanto, se convierten en conductores de energía eléctrica. A su vez, los minerales piroeléctricos se vuelven conductores de la electricidad cuando se someten a un calentamiento.

Algunos minerales contienen uranio o torio en su composición y emiten radiaciones. Éstas pueden ser detectadas mediante aparatos como los contadores Geiger (en la imagen).

Los minerales se pueden clasificar en tres diferentes tipos, dependiendo de cuál sea su comportamiento ante un imán. Se dicen ferromagnéticos cuando son atraídos por él y quedan a su vez imantados. Ejemplos de este tipo son la magnetita y la pirrotita. Son minerales paramagnéticos los que resultan atraídos por un imán, aunque más débilmente que los ferromagnéticos, y quedan también imantados, pero sólo de modo temporal. La mayoría de minerales pertenece a este grupo. Los restantes minerales se dicen diamagnéticos.

Sólo los minerales que contienen los elementos uranio o torio en su composición emiten radiaciones, que pueden ser detectadas y medidas mediante aparatos como los contadores Geiger o los medidores de centelleo. La pecblenda es un ejemplo de este tipo de mineral. Dado que la emisión radiactiva decae con el tiempo, su medición sirve para determinar la edad de los minerales o de las rocas de los que éstos forman parte. Más exactamente, sirve para determinar el tiempo transcurrido desde que los elementos que producen la radiación se incorporaron al mineral o roca en cuestión.

Clasificación de los minerales

A la hora de clasificar los metales puede atenderse a diferentes criterios. Uno de ellos es su origen, según el cual es posible establecer diferentes grupos: sedimentarios, ígneos, metamórficos e hidrotermales.

Los minerales sedimentarios son los formados mediante la acumulación y compactación de fragmentos arrancados de minerales preexistentes por los diferentes procesos de erosión posibles, como la lluvia, el viento o el hielo. Los ígneos, por su parte, se originan por la solidificación y cristalización de materia fundida presente en el interior de la Tierra. Esto puede ocurrir en las profundidades de la corteza terrestre o en la superficie, cuando la materia fundida, convertida en lava, alcanza el exterior.

Se llaman metamórficos los minerales formados a partir de la transformación de otros minerales previos, al sufrir éstos un endurecimiento de las condiciones del medio donde se encuentran, principalmente la presión y/o la temperatura. Finalmente, los minerales hidrotermales proceden de la precipitación de elementos químicos contenidos en soluciones calientes, surgidas del interior de la Tierra.

Sin embargo, la clasificación de los minerales más empleada desde mediados del siglo xix, debido tanto a su rigurosidad como a su uso práctico, es la basada en la composición. Dicha clasificación divide a los minerales en ocho grupos diferentes, tal y como se puede apreciar en la tabla 2.

Tabla 2. Clasificación de los minerales según su composición.

Elementos nativos. Básicamente, los elementos nativos comprenden los minerales formados por un único elemento químico, que aparecen en la naturaleza en un estado puro o casi puro. Pueden ser metales, no metales o semimetales.

Entre los elementos nativos metálicos, los más importantes desde el punto de vista económico son el platino, el oro, la plata y el cobre. De los semimetálicos hay que destacar el arsénico y el antimonio. Entre los no metálicos poseen especial importancia el azufre, el selenio y el carbono, ya sea en su forma de diamante o de grafito.

En la naturaleza sólo se pueden encontrar unos veinte minerales puros o semipuros (elementos nativos). Entre ellos destacan, entre otros, el oro y el azufre (amarillo).

En la naturaleza sólo se pueden encontrar unos veinte minerales puros o semipuros (elementos nativos). Entre ellos destacan, entre otros, el oro y el azufre (amarillo).

De entre los ejemplos citados merece una atención especial el diamante. Éste se compone de carbono puro cristalizado y es el mineral más duro que existe, al igual que una piedra preciosa de enorme valor.

Los elementos químicos capaces de presentarse puros en la naturaleza no son muchos: sólo alrededor de una veintena. Dentro de la categoría de los elementos nativos se suelen incluir también algunas aleaciones naturales, además de ciertos carburos, nitruros, siliciuros y fosfuros, lo que engrosa este grupo hasta unas ochenta especies minerales diferentes.

Sulfuros, seleniuros y arseniuros. Este grupo reúne, respectivamente, a los compuestos que forman el azufre, el selenio y el arsénico con diferentes metales. Algunos ejemplos son pirita (disulfuro de hierro), calcopirita (sulfuro de hierro y cobre), galena (sulfuro de plomo), blenda (sulfuro de cinc) y cinabrio (sulfuro de mercurio).

Este grupo es la fuente de obtención de algunos de los minerales más importantes. De la calcopirita se extrae el cobre, de la galena el plomo, de la blenda el cinc y del cinabrio el mercurio. La calcopirita, por su parte, se usa para producir ácido sulfúrico.

Halogenuros. Son compuestos formados por los elementos del grupo de los halógenos con los metales. Los elementos halógenos comprenden el flúor, el cromo, el bromo y el yodo.

Los halogenuros engloban un centenar de especies minerales, entre las cuales, algunas de las más destacadas son la sal común, también conocida como sal gema (cloruro de sodio), la silvina (cloruro de potasio) y la fluorita (fluoruro de calcio). Tanto la sal común como la silvina aparecen en depósitos sedimentarios, mientras que la fluorita se distingue por poseer las propiedades de fluorescencia y fosforescencia.

La fluorita, en la imagen, es uno de los principales halogenuros, compuestos minerales formados por halógenos (flúor, cromo, etc.) y metales.

Óxidos e hidróxidos. De forma general, este grupo integra a los compuestos formados por la unión de oxígeno con diferentes metales. El oxígeno puede presentarse solo, formando óxidos o acompañado de hidrógeno, con lo que da lugar a hidróxidos.

El grupo comprende unas 150 especies minerales, algunas de enorme importancia económica. Entre los óxidos y los hidróxidos se encuentran la magnetita (óxido de hierro), poseedora de propiedades magnéticas, que es un imán natural; el oligisto (óxido férrico); la limonita (hidróxido de hierro); la cuprita (óxido cuproso); el corindón (óxido de aluminio), muy duro, que presenta diversas variedades, como el zafiro o el rubí; la bauxita (hidróxido de aluminio); la casiterita (hidróxido de estaño); la pecblenda (óxido de uranio), y el cuarzo (óxido de silicio), que es el mineral más abundante en la Tierra. Este último presenta variedades preciosas, como la amatista, y semipreciosas, como el ópalo y el cristal de roca.

Carbonatos, nitratos y boratos. En la naturaleza se pueden encontrar hasta ochenta especies diferentes de carbonatos. Entre ellos poseen una importancia destacada la calcita (carbonato cálcico del sistema hexagonal), con diferentes variedades como mármol, margas y espato de Islandia; el aragonito (carbonato cálcico del sistema rómbico); la dolomita (mezcla de carbonato magnésico y carbonato cálcico), y la malaquita (carbonato de cobre), de llamativo color verde y de uso ornamental.

Los nitratos comprenden unas diez especies, entre los que deben destacarse la nitrita (nitrato sódico), también conocida como nitrato de Chile, y el salitre (nitrato potásico), denominado como nitro. Entre los boratos, que abarcan unas sesenta especies diferentes, se encuentran el bórax (borato sódico), la colemanita (borato cálcico) y la boracita (borato magnésico).

Sulfatos, cromatos, molibdatos y volframatos. En este grupo, la mayor importancia radica en los sulfatos, con unas 130 especies diferentes. Entre ellas destacan la baritina (sulfato de bario) y el yeso (sulfato cálcico hidratado), de gran utilidad en la construcción.

Fosfatos, arseniatos y vanadatos. El conjunto de este grupo abarca unas 250 especies minerales. En particular, los fosfatos poseen interés como fuente primordial del fósforo, y de ahí que se empleen como fertilizantes en la agricultura. El apatito y la fosforita son ejemplos de este grupo.

Silicatos. Con más de 500 especies minerales diferentes, este grupo es el más abundante. Los silicatos se encuentran presentes en las rocas de todo tipo y, en conjunto, constituyen más del 90 % de la materia de la corteza terrestre. Son combinaciones de silicio, oxígeno y diferentes elementos metálicos.

Los silicatos constituyen el tipo de minerales más común, ya que forma aproximadamente el 90 % de la materia de la corteza terrestre. Entre ellos se pueden encontrar minerales comunes como las micas o variedades preciosas como las esmeraldas. En la imagen, una esmeralda tallada.

Los más representativos son los feldespatos, que contienen aluminio y potasio en su composición y son muy abundantes, además de constituyentes del granito; las micas, básicamente silicatos de aluminio, aunque también pueden contener otros metales; las turmalinas; el granate; el talco y el berilio (silicato de aluminio y berilio), que posee diferentes variedades preciosas, como la esmeralda y la aguamarina.