Las rocas

Se llaman rocas a los agregados naturales de uno o varios minerales que constituyen las unidades básicas de las que se compone el planeta Tierra.

Se puede establecer una primera clasificación de los tipos de rocas diferenciándolas en homogéneas y heterogéneas. Las primeras se caracterizan por estar constituidas por un único mineral y poseer una apariencia uniforme, como el mármol. Sin embargo, las rocas más abundantes en la naturaleza son heterogéneas, formadas por una acumulación de varios minerales, como cuarzo o turmalina.

Al margen de la clasificación anterior, y atendiendo a su proceso de formación, las rocas se dividen en tres grandes familias: sedimentarias, ígneas y metamórficas(v. tabla 1). Las sedimentarias se producen por la acumulación y compactación de fragmentos arrancados a otras rocas por los procesos de erosión. La caliza, el carbón y el petróleo (una roca líquida) son ejemplos de rocas sedimentarias.

Las rocas ígneas, a su vez, se forman por solidificación del magma fundido. El basalto y el granito pertenecen a este grupo. Las metamórficas son resultantes de las transformaciones sufridas por otras rocas, ya sean sedimentarias o ígneas, a causa de cambios de las condiciones del medio en que se encuentran, como la temperatura o la presión. Entre las rocas metamórficas se encuentran el mármol y la pizarra.

Tabla 1. Clasificación de las rocas según su proceso de formación.

Los diferentes componentes minerales que las constituyen y el modo en que se encuentran ordenados determinarán las propiedades de las rocas: físicas, mecánicas, térmicas, eléctricas y magnéticas, principalmente. Es importante entender que las rocas no son cuerpos estáticos e invariables. Participan en un larguísimo ciclo que las lleva a desplazarse enormes distancias, tanto por la superficie como por las entrañas de la corteza terrestre, al tiempo que sufren cambios que alteran totalmente su estructura y su composición.

El ciclo de las rocas

Las rocas no permanecen inalterables con el paso del tiempo, sino que experimentan cambios importantes, enmarcados dentro de un ciclo continuo. Una roca del exterior de la corteza terrestre se ve atacada por una serie de agentes naturales, como el agua o el viento, que lentamente la desmenuzan, transformándola en sedimentos. Los fragmentos resultantes son transportados por esos mismos agentes hasta zonas más bajas del terreno, llamadas cuencas sedimentarias o depósitos. Allí, por acumulación y compactación de los sedimentos, se forman las rocas sedimentarias.

Los agentes erosivos, como el agua y el viento, alteran continuamente el aspecto y la composición de las rocas, creando a veces formas caprichosas.

Estas rocas se irán hundiendo poco a poco en el terreno debido al peso de los sedimentos que se depositan sobre ellas. Así, la temperatura y la presión a que están sometidas aumentarán hasta tal punto que las rocas sedimentarias se transforman en metamórficas. También pueden entrar en contacto con magma o sufrir las tensiones que se dan en una zona de falla, con lo que experimentarían el mismo resultado de transformación.

Las rocas metamórficas pueden calentarse tanto que terminarían por fundirse y transformarse en magma. Después, el magma se enfriará y producirá rocas ígneas. Si las rocas ígneas consiguen aflorar a la superficie de la corteza, ya sea por el lento ascenso del magma o por una violenta erupción volcánica, son atacadas por los agentes meteorizantes y el ciclo se reanuda.

Algunas variaciones posibles del ciclo se producen cuando una roca ígnea, en el ascenso hacia la superficie, sufre un proceso de metamorfismo y se convierte en metamórfica; o bien cuando una roca metamórfica resultante de una sedimentaria experimenta un proceso de erosión y da lugar a una nueva roca sedimentaria. Lo importante es comprender que las rocas experimentan cambios continuamente, a la vez que se desplazan sin cesar por la corteza terrestre.

El ciclo de las rocas es muy lento, inapreciable en términos de una vida humana, salvo en los casos específicos en que un volcán o algún otro cataclismo lo aceleran. La energía necesaria para mantenerlo es aportada tanto de forma externa como interna. El aporte externo viene del Sol, motor del ciclo del agua y de numerosos fenómenos meteorológicos que contribuyen a la erosión de las rocas y al transporte de los sedimentos. El interno viene dado por el calor del planeta, que funde las rocas para formar el magma, activa la tectónica de placas y crea las condiciones de temperatura necesarias para los procesos de metamorfismo (v. figura 2).

El ciclo de las rocas. Dependiendo de los agentes que actúan sobre los elementos, se obtienen diferentes tipos de rocas.

Propiedades de las rocas

Dado que las rocas son agregados de cristales o granos minerales, sus propiedades dependen en buena medida de las de sus componentes individuales. En una roca, sus propiedades varían según las proporciones en que aparecen los diferentes componentes y del modo en que se orientan sus granos o cristales. Se puede decir que en una roca, considerada macroscópicamente, sus propiedades son isótropas, es decir, uniformes en todo el conjunto. No varían dentro de la roca según la dirección en que se midan.

Además de depender de la proporción y orientación de los componentes de las rocas, algunas propiedades lo hacen también de otros factores, como son el tamaño de los granos o cristales, su forma, el modo en que están ordenados o la cantidad y distribución del espacio libre que queda entre ellos. Otros factores de influencia son la temperatura, la presión y la presencia de gases o líquidos, como agua o petróleo, en su interior.

Propiedades físicas

Las propiedades físicas identificativas de una roca son la densidad y la porosidad. La densidad se entiende estrictamente como la masa de una sustancia por unidad de volumen. En la práctica es habitual tomar como densidad el peso de una unidad de volumen de sustancia.

En realidad, el peso y la masa son conceptos distintos con medidas diferentes. El peso es la fuerza con que la gravedad atrae un cuerpo, mientras que la masa es una propiedad del cuerpo independiente del lugar donde se lleve a cabo la medida, ya sea en la superficie de la Tierra, en la Luna o con el cuerpo flotando en el espacio.

Si la medida de la densidad se realiza de este modo es por una mera cuestión de sencillez y por el reducido error que introduce asimilar la masa al peso. La unidad de medida de la densidad es el kg/m3. En geología es más habitual emplear el g/cm3.

Por otra parte, se conoce por porosidad la parte del volumen de una roca que no está ocupada por cristales, por granos o por la sustancia que actúa como cemento entre ellos, es decir, la parte vacía. Una de las formas de medir el grado de porosidad de una roca es mediante la relación entre el volumen vacío (poros) y el total (cristales o granos más cemento más poros).

El magma, en la imagen, no es sino roca fundida debido al calor interno del planeta. Esta energía puede también activar la tectónica de placas y crear las condiciones necesarias para los procesos metamórficos.

En las rocas sedimentarias, formadas a partir de pequeños fragmentos arrancados de otras rocas (granos), el grado de porosidad depende de que el sedimento se encuentre más o menos compactado, del tamaño de los granos, de su ordenamiento, de la cantidad de cemento entre ellos y de que todos los granos sean del mismo tamaño o diferentes. Si los granos son de distintos tamaños, los pequeños ocupan los espacios que quedan entre los mayores y, por tanto, la porosidad es baja.

Se pueden distinguir dos tipos diferentes de porosidad. La porosidad total es aquélla en la que, como volumen vacío, se consideran tanto los poros (espacios vacíos) atrapados en el interior de la roca como los que se encuentran en comunicación con la superficie. A su vez, en la porosidad aparente como volumen vacío sólo se consideran los poros comunicados con la superficie, que permiten la entrada de líquidos como agua o petróleo.

El grado de porosidad, una de las principales propiedades físicas de las rocas, es la parte del volumen de una roca que no está ocupada por cristales, granos o cemento. En la imagen, piedra pómez.

La medida de la porosidad aparente es muy importante a la hora de determinar si una roca puede servir como almacén para estos líquidos. En cuanto a la relación entre la porosidad y la densidad, las dos se encuentran directamente vinculadas: cuanto mayor es la primera, menor es la segunda.

Otras propiedades

Las cualidades mecánicas, térmicas, eléctricas y magnéticas permiten caracterizar las propiedades de una roca. Estas propiedades dependen en buena medida de la composición y estructura interna del material rocoso.

Dentro de las propiedades mecánicas, cuando una fuerza, ya sea aplicada de forma directa o tangencial, o una presión actúan sobre una roca, ésta sufre una deformación. Si una vez que la fuerza o la presión dejan de actuar, la roca es capaz de recuperar su forma inicial, se dirá que es elástica. Si, a diferencia del caso anterior, al retirar la fuerza o la presión, la roca conserva su deformación, se hablará de una roca plástica.

Por otra parte, se llama resistencia a la ruptura a la capacidad de una roca para resistir fuerzas o presiones sin llegar a romperse. La ductilidad es la propiedad de una roca por la que, bajo la acción de las fuerzas y presiones adecuadas, puede deformarse en forma de hilos. Finalmente, una roca es maleable cuando se puede llegar a deformar en láminas.

Las principales propiedades térmicas de las rocas son conductividad térmica, expansión térmica y punto de fusión. Se conoce por conductividad térmica la cantidad de calor que circula a través de una unidad de superficie de roca en una unidad de tiempo. En la práctica, el cálculo de la conductividad térmica se realiza calentando una muestra de roca y midiendo la velocidad a la que crece su temperatura. Algunos factores de los que depende son la composición de la roca, la cantidad de fluidos que contenga en sus poros (a mayor cantidad de fluido mayor conductividad), la presión y la homogeneidad de la roca.

La expansión térmica es el cambio de dimensiones que experimenta una roca bajo una variación de temperatura. Se mide como la relación entre la variación de volumen y el volumen original por unidad de cambio de temperatura. A su vez, el punto de fusión es la temperatura a la que la roca pasa de estado sólido a líquido.

Desde un punto de vista eléctrico, se dice que una roca es conductora de la electricidad si es capaz de transmitir la corriente. La conductividad eléctrica es una magnitud inversa a la resistividad.

En términos generales, las propiedades eléctricas de las rocas varían en gran medida según su composición y sus propiedades físicas. La conductividad de una roca depende altamente de su porosidad, de la cantidad de líquidos que contenga, de la conductividad propia de estos líquidos y de la temperatura, entre otros factores.

Por último, se llaman propiedades magnéticas a las referidas a la capacidad que poseen algunas rocas de magnetizarse cuando son sometidas a la acción de un imán. Dicha capacidad depende de ciertos componentes de las rocas, principalmente los óxidos de hierro, y puede variar de forma importante según la homogeneidad y la estructura interna del conjunto.

Rocas sedimentarias

Las rocas sedimentarias tienen su origen en la destrucción de otras rocas ya preexistentes. Cuando una roca se encuentra en la superficie de la Tierra y, por tanto, está sometida a la acción de los elementos, como la lluvia, el viento, el hielo y las corrientes de agua, o al ataque de organismos biológicos, sufre un proceso de meteorización. Como resultado del mismo la roca se rompe en fragmentos de diversos tamaños o se disuelve en agua.

A continuación, esos fragmentos son transportados por diferentes medios (viento, fuerza de la gravedad, glaciares, etc.) desde el lugar de origen hasta el emplazamiento donde finalmente terminarán por depositarse. Este lugar recibe el nombre de depósito y puede llegar a ubicarse a grandes distancias de origen.

Formación de rocas sedimentarias en Arizona. En ella se pueden observar las diferentes capas de sedimentos solidificados en estratos durante el proceso de litificación.

Depósitos habituales son las cuencas de los ríos y los fondos de los lagos y de los océanos. Si la roca ha sido disuelta, el medio encargado del transporte será la misma agua donde se halle la disolución. Una vez en el depósito, los fragmentos sedimentados sufren un proceso denominado litificación mediante el cual la roca sedimentaria termina de formarse. Este proceso consiste básicamente en una compactación por efecto del peso de las posteriores capas de sedimentos.

Las rocas sedimentarias acostumbran a disponerse inicialmente en capas paralelas, denominadas estratos, cada uno de los cuales corresponde a una etapa diferente del proceso de sedimentación. Con el tiempo, las fuerzas de la litosfera pueden actuar sobre estas capas, a las que deforman para dar lugar a plegamientos y fallas. Los diferentes estratos se distinguen gracias a cambios de color, de tamaño de las partículas o de estructura interna.

La composición de las rocas sedimentarias suele ser, básicamente, de óxidos de diferentes elementos, principalmente de silicio, aluminio, calcio y hierro. En menores cantidades participan materiales de magnesio, potasio y sodio.

Detríticas y no detríticas

Las rocas sedimentarias se dividen en dos grandes grupos: detríticas y no detríticas. Las primeras, también llamadas clásticas, se forman como resultado del transporte y sedimentación de fragmentos originados por la meteorización mecánica de otras rocas, causada, por ejemplo, por el viento y el hielo. Se caracterizan por ser heterogéneas en su composición y estar formadas por granos individuales. Las no detríticas se definen como aquéllas en las que en su formación interviene algún proceso químico.

Dentro de las rocas detríticas, se pueden realizar una clasificación, atendiendo al tamaño de los granos, en ruditas, areniscas y lutitas. Los fragmentos que componen las ruditas son gravas y poseen un tamaño superior a 2 mm. Cuando las gravas son angulosas, las ruditas resultantes reciben el nombre de brechas. Si las gravas son redondeadas (se han erosionado durante el proceso de transporte), se llaman conglomerados. En las areniscas, los granos son arenas y su tamaño varía entre 2 mm y 1/16 mm. En las lutitas, los granos son inferiores a 1/16 mm.

En la formación de las rocas sedimentarias no detríticas intervienen procesos como la disolución y precipitación en agua, la evaporación de salinas y la evolución de restos orgánicos de animales y plantas. Estas rocas se caracterizan por ser homogéneas en su composición.

Los tres grupos más importantes de rocas sedimentarias no detríticas son las carbonatadas, evaporíticas y organógenas. Las rocas carbonatadas se originan por precipitación de carbonatos. Algunos ejemplos son la caliza, formada por precipitación de carbonato de calcio, y la dolomía, por precipitación de carbonato de calcio y magnesio.

Las rocas de carbonato cálcico erosionadas por el agua forman en las cuevas extrañas formaciones verticales, llamadas estalactitas y estalagmitas.

Las rocas evaporíticas son el resultado de la precipitación de minerales disueltos en agua y la posterior evaporación de ésta. Están compuestas por cloruros y sulfatos, y a menudo aparecen intercaladas con rocas sedimentarias detríticas. Ejemplos de rocas evaporíticas son la carnalita y la halita.

Finalmente, las rocas organógenas se componen de restos muy transformados de organismos vivos. Las más importantes son el carbón y el petróleo. El carbón es producto de la acumulación de restos vegetales en terrenos pantanosos carentes de oxígeno. El petróleo se origina por depósitos de plancton en ambientes marinos y lacustres; después, los microorganismos transforman esta materia orgánica en hidrocarburos.

Rocas ígneas

Las más abundantes en la Tierra, las rocas ígneas tienen su origen en el enfriamiento y solidificación de masas de material fundido. Cuando este material fundido se halla en el interior de la corteza terrestre se conoce como magma, y si es capaz de romperla y salir al exterior, pasa a denominarse lava. Debido a esto, las ígneas son rocas que se forman a temperaturas muy elevadas y, habitualmente, a profundidades que oscilan entre 50 y 200 km.

El magma se compone principalmente de silicatos, cristales sólidos, materias en suspensión, compuestos volátiles y cierta cantidad de agua. Dado que las rocas ígneas provienen del magma, su composición depende en gran medida de la de éste. El silicio y el oxígeno suman más del 75 % de su composición. El porcentaje restante se debe a aluminio, hierro, calcio, sodio, potasio, magnesio y titanio.

En cuanto a los minerales que forman las rocas ígneas, se dividen en dos grupos: primarios y secundarios. Los primarios son los que se forman en primer lugar, durante el proceso de enfriamiento del magma. Dependiendo de su composición, se subdividen en félsicos, que abarcan los minerales feldespáticos (feldespato) y los silicatos (cuarzo), y son ricos en magnesio, hierro y calcio, y máficos (biotita, olivino), abundantes en magnesio y hierro.

Los minerales secundarios se forman después del proceso de enfriamiento, ya sea por adición de nuevos materiales o por transformación de los minerales que ya se encontraban en la roca. Si se produjera una transformación, los minerales secundarios dependerían de los primarios de los cuales surjan. Ejemplos de minerales secundarios son la caolinita, el talco, la magnetita y la magnesita.

Intrusivas y extrusivas

Cuando el enfriamiento del magma tiene lugar en el interior de la corteza terrestre, antes de que éste consiga llegar a la superficie, las rocas ígneas resultantes se conocen como intrusivas. Durante su trayecto ascendente, el magma queda atrapado en los huecos entre las rocas preexistentes y comienza un lento proceso por el cual va perdiendo su temperatura.

Si los huecos son de gran tamaño, el enfriamiento será todavía más lento y como resultado dará lugar a grandes masas de roca intrusiva, que en este caso reciben el nombre de plutónicas. Cuando el magma ocupa cavidades de menor tamaño, como grietas o fracturas, las rocas ígneas intrusivas a que da lugar se dicen filonianas.

Las rocas ígneas intrusivas, tanto plutónicas como filonianas, se caracterizan por ser compactas y poseer una textura gruesa, producto del enfriamiento gradual por el que ha pasado el magma originario. Como regla general, cuanto más lento sea el enfriamiento más compacta será la roca final y más gruesa su textura.

Aunque las rocas ígneas suelen formarse a gran profundidad (entre 50 y 200 km), la lava expulsada por un volcán a la superficie terrestre puede solidificarse dando lugar a rocas originadas en superficie. En la imagen, roca ígnea formada por la solidificación de magma en superficie.

Los lugares habituales donde se pueden encontrar rocas intrusivas son las cadenas montañosas y las masas continentales, especialmente las más antiguas. Ejemplos de rocas intrusivas son el granito, la sienita y la diorita.

Cuando el magma logra alcanzar la superficie terrestre, por ejemplo a través de un volcán, sufre un violento proceso de enfriamiento que da lugar a un tipo especial de rocas ígneas, denominadas extrusivas. Debido a este enfriamiento brusco, los componentes gaseosos del magma se escapan o forman burbujas en las rocas, lo que dota a éstas de una textura porosa. Las rocas ígneas de tipo extrusivo aparecen principalmente en las depresiones de los océanos. Ejemplos de ellas son el basalto, la andesita, la obsidiana y la piedra pómez.

La entrada en contacto del magma con el agua de los océanos puede dar lugar a acantilados y playas basálticas como los que se aprecian en la foto.

Rocas metamórficas

Las rocas metamórficas provienen de las ígneas y sedimentarias, cuando se someten a un proceso de metamorfismo. La región donde se encuentran las rocas originales experimenta un importante aumento de presión y temperatura, o bien una corriente líquida que actúa como disolvente entra en contacto con ellas. En cualquier caso se produce una recristalización de los minerales que las componen, dando lugar a otros nuevos, más estables en las nuevas condiciones, y manteniendo siempre el estado sólido de las rocas.

El proceso de recristalización difiere considerablemente del de cristalización. En éste, en el que el mineral adopta su forma durante el paso de estado líquido a sólido, los cristales crecen libremente, sin impedimentos. En la recristalización, el nuevo crecimiento tiene lugar sin perder el estado sólido, y los cristales en formación se ven entorpecidos por los de la estructura cristalina preexistente. Como resultado, las estructuras de las rocas metamórficas son muy características y facilitan abundante información acerca de las condiciones físicas y químicas en que se formaron.

Imagen de una pizarra en estado natural. Las rocas denominadas pizarras proceden de un proceso metamórfico que afecta a las arcillas.

En lo referente a su composición, las rocas metamórficas no guardan grandes diferencias con las rocas de las que provienen, ya sean ígneas o sedimentarias. Atendiendo a la composición se pueden dividir en parametamórficas, derivadas de rocas sedimentarias, y ortometamórficas, resultado de la transformación de rocas ígneas.

La mayor parte de la corteza terrestre, allí donde se dan unas condiciones de equilibrio térmico mecánico y químico, está formada por rocas metamórficas. Éstas son mucho más habituales que las sedimentarias y las ígneas, dado que sus condiciones de formación son más amplias y, por tanto, más probables. Ejemplos de rocas metamórficas son las pizarras, resultantes de un proceso metamórfico aplicado a una arcilla; los mármoles, provenientes de las calizas, y las cuarcitas, surgidas de las areniscas.

Metamorfismo regional y local

Atendiendo a las dimensiones de las zonas de la corteza terrestre que se vean afectadas por un proceso metamórfico, cabe hablar de procesos regionales o procesos locales (v. figura 10). El metamorfismo regional tiene lugar cuando grandes masas de roca son enterradas, con lo que aumentan las condiciones de presión y temperatura a que están sometidas. Se presenta en zonas de la corteza que experimentan una gran actividad tectónica, como sucede en las grandes cordilleras.

Puede ocurrir también en una zona de depresión del terreno que actúe como depósito de sedimentos. El peso de los sucesivos estratos que se van acumulando hace que los situados más abajo se compacten y se hundan lentamente en la corteza, lo que conlleva un progresivo aumento de la presión y la temperatura. En otro caso, es el proceso de subducción de la litosfera el que se encarga de arrastrar grandes masas de terreno hacia zonas cada vez más profundas, con un efecto similar al anterior.

Tipos de metamorfismo en las rocas. El metamorfismo regional tiene lugar al aumentar la presión y temperatura a que están sometidas las rocas enterradas durante un proceso tectónico. El metamorfismo local afecta a menos rocas y tiene lugar en aquellas zonas que entran en contacto con el magma, aguas termales o que se ven sometidas a procesos geológicos de transformación (fallas, corrimientos).

Los procesos metamórficos locales afectan a áreas más restringidas y a su vez se subdividen en metamorfismo por contacto, dinámico e hidrotermal. Durante su proceso de ascensión por la corteza terrestre, las masas de magma transforman las rocas a través de las que se abren paso. Estas rocas, que se hallaban hasta el momento en unas condiciones de baja temperatura, se calientan al entrar en contacto con el magma y sufren una serie de cambios que conducen a transformarlas en rocas metamórficas.

Tal es el proceso de metamorfismo por contacto. Además de la temperatura, en este tipo de proceso metamórfico influyen también la cantidad de magma que entre en acción, lo enterrado que se encuentre en la corteza, la composición de las rocas que atraviesa y el grado de las emanaciones gaseosas e hidrotermales que desprende.

El metamorfismo dinámico es el que se produce como resultado de fuerzas y tensiones de la litosfera que concentran su acción en un punto concreto, como sucede en una falla o en una zona de corrimiento del terreno. En el hidrotermal, una corriente de agua termal procedente del interior de la corteza entra en contacto con una masa de roca, aumentando su temperatura y aportando nuevos minerales.

Facies metamórficas y texturas

Los minerales que se forman durante los procesos metamórficos suelen constituir asociaciones, dando lugar a las llamadas facies metamórficas. Ejemplos de facies son las zeolitas, las anfibolitas y las granulitas, cada una de ellas característica de las condiciones de presión y temperatura en que los nuevos minerales se mantienen estables (v. figura 11).

Según las condiciones del proceso metamórfico, los minerales darán ejemplos característicos de rocas que pueden ser clasificadas en facies. Las facies más características son las de zeolita, esquisto verde, anfibolita y granulita.

Además, las facies aparecen en forma gradual, a medida que van evolucionando las condiciones físicas y químicas a que se ve sometida la roca original. Por ejemplo, una roca sedimentaria que experimente un incremento leve de temperatura y presión recristalizará para dar lugar a rocas de la facies de las zeolitas. Si la temperatura y la presión aumentan todavía más, se da la facies del esquisto verde.

Un nuevo endurecimiento de las condiciones produce rocas de la facies de la epidota-anfibolita; un endurecimiento mayor genera la facies de la anfibolita, y, en condiciones extremas de temperatura y presión, se da la facies de la granulita. Cualquier roca sedimentaria se recristalizará siguiendo esta regla, pasando por las diferentes facies. En otro contexto, las rocas metamórficas presentan dos tipos básicos de texturas: foliada y no foliada.

En la textura foliada, también conocida como esquistosada, los minerales que componen la roca se alinean formando planos paralelos. El segundo tipo de textura es la no foliada o granoblástica, en la cual los minerales ya no se presentan alineados en capas sino que aparecen desordenados.

Uno de los subtipos de textura foliada más característicos es el llamado bandeado gnéisico, caracterizado por la alternancia de bandas claras y oscuras tal y como se puede apreciar en la imagen.

Se pueden detallar tres diferentes subtipos de textura foliada: pizarrosidad, esquistosidad y bandeado gnéisico. La pizarrosidad se da en rocas que han pasado por un metamorfismo poco intenso. Los minerales no se ven y forman láminas muy finas y que se pueden separar con facilidad. La pizarra es un ejemplo de este tipo de textura. Su grano es muy fino y está formado por diminutos cristales de mica, que la dotan de su brillo característico. Es el resultado de la metamorfosis de las arcillas, aunque también puede provenir de acumulaciones de cenizas volcánicas.

La esquistosidad aparece en rocas que han experimentado un metamorfismo más intenso que en el caso anterior. El esquisto es una roca que posee este tipo de textura. Los minerales que lo componen son de grano lo bastante grande como para que se aprecien a simple vista. Se rompe fácilmente en forma de láminas. Proviene de pizarras o areniscas que han sufrido un metamorfismo intenso.

Finalmente, en el bandeado gnéisico los minerales se disponen en bandas alternadas, claras (cuarzo) y oscuras (anfíboles y micas). El gneis presenta esta textura. Se obtiene a partir del metamorfismo de granitos o esquistos. La textura no foliada, por su parte, es característica del mármol. Este mineral procede del metamorfismo de calizas y dolomías. La cuarcita, que comparte esta misma textura, se forma a partir de areniscas.