Los suelos

El ser humano emplea el suelo con fines agrícolas, ganaderos, urbanísticos y muchos otros. Sin embargo, el suelo no es sólo una superficie explotable o sobre la que se desarrolla la vida. Se contempla como un recurso natural, producto de complejos procesos físicos, químicos y orgánicos que actúan de modo combinado. Imprescindible para la supervivencia de la biosfera, su conservación depende en gran medida del uso racional que se haga del mismo.

El estudio de los suelos no es una actividad exclusiva de la geología. En la formación de un suelo intervienen procesos físicos, como la rotura de rocas a consecuencia de la meteorización. También concurren procesos químicos como la transformación de las sustancias minerales, y orgánicos, como la fermentación y la putrefacción.

En consecuencia, en el estudio de los suelos intervienen, además de la geología, la biología y la agronomía. Los procesos citados se combinan para producir un suelo que, en las circunstancias adecuadas, se convertirá en el medio de vida de abundantes especies vegetales y animales. Para que esto suceda han de darse ciertas condiciones.

En la formación de un suelo intervienen factores como el tipo de roca madre, de la que por meteorización se obtienen los componentes minerales. El clima, y en particular la temperatura y la humedad, constituyen otro factor de interés, así como la presencia de seres vivos, especialmente plantas, cuyos restos formarán la parte orgánica del suelo. Finalmente, la topografía influye a través de la pendiente del terreno y la orientación del mismo con respecto al Sol.

A partir de todo lo anterior, de los diversos procesos requeridos para que se forme un suelo, de los factores que intervienen y de los componentes que integran el resultado final, se puede adivinar que los tipos existentes de suelos son muy diversos. De todas las clasificaciones que se pueden realizar, una de las más empleadas los divide, atendiendo al clima en el cual se formaron, en polar, frío, cálido, etc. Ello determina en qué medida un suelo será apto para el desarrollo de la vida vegetal.

Formación del suelo

En general, el suelo se puede definir como el resultado de las acciones prolongadas de la atmósfera, la hidrosfera y la biosfera sobre la litosfera. Los procesos de meteorización de las rocas, ejercidos por agentes tanto físicos y químicos como biológicos, hacen que en la superficie de los terrenos se forme una zona alterada, o manto de alteración, denominado eluvión o regolito.

Pueden encontrarse regolitos en prácticamente todos los tipos de terrenos, con la excepción de los lugares áridos. En éstos, la escasa meteorización química, la falta de vegetación y los fuertes vientos hacen que los regolitos, muy inestables, sean barridos y desplazados de modo continuo, sin que tengan la posibilidad de asentarse y evolucionar.

Cuando el aluvión se ha depositado en el terreno se inicia un fenómeno en el que participan procesos físicos, químicos y biológicos, y que tiene como resultado la formación de un suelo. Dentro de los procesos que intervienen, poseen una especial importancia los de carácter biológico. La descomposición de restos animales y vegetales, la acción de las bacterias y microorganismos y la acumulación de productos químicos fruto del metabolismo de los seres vivos contribuyen en gran medida a la formación de los suelos.

Por esta razón, el estudio de los suelos no se limita al campo de la geología, sino que intervienen también la biología y la agronomía. En concreto, la ciencia que se dedica a la investigación de los suelos recibe el nombre de edafología, la cual engloba aspectos de todas las disciplinas anteriores.

Etapas de formación de un suelo

La formación de un suelo, o edafogénesis, tiene lugar a través de una serie de pasos. Se inicia con la disgregación de la roca madre por efecto de la meteorización. La lluvia, el viento, el hielo, los seres vivos y el resto de los agentes meteorizantes destruyen la superficie de las rocas, fragmentándola en pequeños trozos.

Se forma así sobre el terreno un manto de alteración, o regolito, lo que constituye la segunda etapa del proceso. Este regolito se compone de partículas minerales de diferentes tamaños y no puede considerarse todavía un suelo.

En la tercera etapa de la edafogénesis comienza la aparición de materia orgánica en el regolito. Los primeros organismos vivos en aparecer son de muy reducido tamaño: bacterias, algas unicelulares y líquenes. Gradualmente se desarrolla una fauna más compleja.

Los líquenes, organismos simbióticos formados por un alga y un hongo, se encuentran entre los primeros seres vivos que aparecen durante la edafogénesis. De hecho, hasta que estos primeros organismos no comienzan a mezclarse con la materia inorgánica del regolito, no se puede hablar de un suelo propiamente dicho.

Una vez muertos, los restos de los seres que la componen se incorporan al suelo en formación, lo que permite que se produzcan los fenómenos de putrefacción y fermentación, de gran importancia en esta etapa. Se dice que existe un suelo incipiente cuando la materia mineral del regolito inicial ya se ha combinado con materia orgánica. Este proceso se inicia en la parte superficial de regolito y avanza hacia abajo.

Un suelo puede permanecer en el lugar donde se formó o bien ser transportado hasta otro emplazamiento por la gravedad, el viento, las corrientes de agua u otros agentes. En el primer caso los suelos se denominan autóctonos, y se engendran a partir de la roca in situ, de ese mismo lugar. En el segundo caso se habla de suelos alóctonos o transportados. Tales son, por ejemplo, los que aparecen en las terrazas fluviales, en los depósitos que se forman en los costados de los meandros de los ríos.

Factores que condicionan la edafogénesis

La velocidad a la que se produce la formación de un suelo, así como su profundidad y el tipo de suelo resultante, dependen de una serie de factores. Entre ellos destacan los siguientes: tipo de roca madre, clima, actividad orgánica, tiempo y topografía. A continuación se indican sus características principales.

Tipo de roca madre. Los fragmentos aportados al suelo por la roca madre constituyen el soporte físico del mismo. Dependiendo del tamaño y la forma de tales fragmentos, el suelo puede ser más o menos compacto.

Además, la composición mineral de los fragmentos condiciona cuál va a ser la textura del suelo, o distribución en tamaños de sus granos. En general, las rocas más apropiadas para la formación de suelo son las que se pueden meteorizar con facilidad, como las areniscas, las pizarras y los basaltos.

Las areniscas constituyen una de las rocas más apropiadas para la formación de suelo debido a que se pueden meteorizar fácilmente. En la imagen, suelo procedente de la meteorización de rocas areniscas.

Clima. Sin duda el factor de mayor importancia en la edafogénesis es el clima. En casi todas las reacciones químicas que se producen durante la formación de un suelo es necesaria el agua, la cual resulta también crucial para el transporte y distribución de sustancias en el suelo. Por otra parte, las altas temperaturas son beneficiosas para la edafogénesis, dado que favorecen que tengan lugar las reacciones químicas necesarias.

Un ambiente húmedo y templado permite un mayor desarrollo de la flora y la fauna. Además, en tales condiciones, los restos de estos organismos se degradan a gran velocidad, por lo que existe un gran aporte de materia orgánica al suelo. Así pues, la temperatura y el agua son los factores climáticos con mayor influencia en los suelos.

Actividad orgánica. De los organismos que de un modo u otro intervienen en la formación de un suelo, las plantas producen el efecto más destacado. Cuando los vegetales mueren, sus restos se depositan en el suelo e inician un lento proceso de oxidación, cuyo resultado es el humus, un constituyente de gran importancia de los suelos. A medida que la materia vegetal se oxida, se generan ácidos que favorecen la descomposición química de los minerales y dotan a los suelos de un color pardo o negro.

La formación del humus depende en gran medida de la temperatura. En los climas fríos, las bajas temperaturas hacen que el proceso de oxidación sea tan lento que el ritmo de acumulación de restos vegetales es superior al de formación del humus. En otras palabras, el humus no dispone de tiempo para formarse. En los climas cálidos y húmedos, por el contrario, el humus se forma con mucha velocidad. Sin embargo, la gran abundancia de bacterias existente hace que éstas consuman el humus también muy rápidamente, sin permitir que se acumule en gran cantidad.

Tiempo. El plazo necesario para la formación de un suelo es variable, pero siempre corresponde a periodos extensos. En los climas cálidos y húmedos, donde la acumulación de materia orgánica se produce con rapidez, se necesitan unos 200 años para que la edafogénesis llegue a su término. Éste es un caso particular, ya que en general hacen falta varios miles de años para que se forme un suelo.

Se habla de suelos maduros cuando la edafogénesis ha alcanzado un punto en el que el suelo ha dejado de evolucionar y se encuentra en equilibrio con las condiciones ambientales. Por el contrario, los suelos jóvenes, o brutos, se hallan todavía en proceso de formación, sin haber llegado al equilibrio.

Topografía. La inclinación de un terreno, la posición del nivel freático en el mismo o el hecho de que se halle más o menos resguardado de los elementos influyen en la formación de los suelos. La orientación con respecto al Sol, por ejemplo, hace que un suelo retenga más la humedad, como ocurre con los que miran al Norte, o bien que sea más seco pero con una mayor variedad de población vegetal, como en los que se orientan al Sur.

Composición del suelo

Los suelos se componen de una gran variedad de elementos, si bien algunos de éstos son comunes a todos ellos. Los componentes de los suelos se engloban en una de las tres fases posibles: sólida, líquida y gaseosa.

La fase sólida la integran los fragmentos minerales que se originan en la roca madre, de la que fueron arrancados por la meteorización, y la materia orgánica, desarrollada con posterioridad. La fase líquida está constituida por los líquidos que se hallan en el suelo formado disoluciones. A su vez, la fase gaseosa está formada por el aire que ocupa los intersticios existentes en la fase sólida y por los gases disueltos en la fase líquida.

Las proporciones relativas de estas tres fases están condicionadas por factores como la temperatura, la humedad, la población de bacterias y la presencia de vegetales. A continuación se analizan sus particularidades más interesantes.

Fase sólida

En la composición del suelo, la fase sólida está integrada por una parte inorgánica, de fragmentos minerales, y una orgánica, formada por restos de organismos muertos, raíces, animales subterráneos, bacterias, etc. En el elemento mineral destaca la presencia de silicatos, en minerales arcillosos como la caolinita y la illita; óxidos e hidróxidos de hierro, como el hematites y la limonita; óxidos e hidróxidos de aluminio, como la gibsita; granos constituidos por conglomerados de varios tipos de minerales, y una gran variedad de compuestos minerales, como carbonatos, sulfatos, cloruros y nitratos.

En general, la presencia de unos minerales u otros depende del tipo de roca madre y del grado de evolución del suelo, dado que si éste posee una edad avanzada los minerales originales pueden haber experimentado transformaciones. Los fragmentos desgajados de la roca madre, en combinación con agua, pueden llevar a la formación de arcillas. En cambio, la acción del oxígeno conduce a que se formen óxidos. El conjunto de esta materia mineral conforma el esqueleto que sustenta el suelo.

El humus o mantillo, la capa más superficial del suelo, se forma por la acumulación de restos vegetales en descomposición. Ésta incide en la composición química de los suelos, ya que el material en putrefacción altera las características de los minerales existentes.

La materia orgánica constituida por restos de vegetales muertos engendra el humus, también conocido como mantillo, definido como la capa más superficial del suelo. El humus posee una gran importancia para los suelos, dado que es un medio muy fértil, lo que garantiza la presencia de una población vegetal y, por tanto, la conservación del suelo. Suele sumar hasta el 5 % del peso total de la materia inerte y el 12 % del volumen, y su presencia disminuye a medida que aumenta la profundidad. Otros factores de influencia son la temperatura y la humedad.

El humus ejerce un papel importante en el desarrollo de la vida vegetal, ya que da lugar a complejos absorbentes de cationes. Al oxidarse, genera sustancias de tipo coloidal, provistas de carga eléctrica negativa, por lo que son capaces de captar cationes hidrógeno (H+) y también cationes metálicos, como calcio, magnesio y potasio. Además, pueden intercambiar unos de estos cationes por otros de modo reversible.

Los coloides captan cationes metálicos del agua de lluvia que se infiltra en el suelo, cambiándolos por cationes H+. A continuación las raíces de los vegetales se apropian de estos cationes metálicos, fundamentales para su desarrollo, a cambio de nuevos cationes H+.

Cabe distinguir varios tipos de humus, según en el medio climático en el que se dan. El humus Mull, blando y muy elaborado, aparece en climas cálidos y templados. Para su formación requiere una gran actividad biológica, en especial de bacterias. Tiene un alto contenido de nitrógeno y un pH entre 5,5 y 7,5 y genera suelos fértiles.

Por su parte, el humus Mor, o bruto, se da en climas fríos. Es poco elaborado, producto de una actividad biológica débil, debida sobre todo a hongos. Su contenido de nitrógeno es bajo y posee un pH ácido, entre 3,5 y 4,5. Produce suelos poco fértiles.

Finalmente, el humus Moder tiene características intermedias entre los dos anteriores. Se da en climas templados y fríos caracterizados por una actividad biológica intensa, especialmente por parte de bacterias, hongos y artrópodos. El contenido de nitrógeno es intermedio. Engendra suelos poco fértiles.

Fases líquida y gaseosa

Dentro de la composición del suelo intervienen sustancias en fase líquida, en particular soluciones acuosas que contienen iones de los compuestos químicos presentes en el suelo: sodio, potasio, calcio, nitratos, etc. Tales soluciones transportan los iones desde la superficie hasta los niveles inferiores, donde los ponen en contacto con las raíces de los vegetales, que los captan para nutrirse.

La fase líquida puede estar presente en los suelos de muy diferentes formas. El agua llamada gravífica se desplaza a través de los espacios vacíos que quedan entre las partículas sólidas y desciende por gravedad hasta alcanzar el nivel freático del terreno. El agua de capilaridad se encuentra contenida en poros e intersticios de la fase sólida, pudiendo permanecer almacenada por encima del nivel freático. La llamada agua de inhibición y absorción es la que se une a los coloides generados por el humus y a las arcillas del suelo para generar complejos organominerales, compuestos por una parte orgánica y otra mineral. Por su parte, el agua de combinación se integra en la composición química de los compuestos inorgánicos. Por último, el agua en estado vapor, presente siempre en una fracción muy pequeña, llena los poros del suelo que no están ocupados por agua líquida. De los tipos anteriores, las plantas sólo pueden aprovechar el agua gravífica y parte de las de capilaridad e inhibición.

La fase gaseosa de los suelos se debe a la presencia del aire que ocupa algunos intersticios y el disuelto en la fase líquida, así como por los gases desprendidos por los organismos vivos durante su respiración. En general, surge como consecuencia de los procesos metabólicos de estos seres vivos. Básicamente, su composición coincide con la del aire atmosférico, si bien con un porcentaje inferior de dióxido de carbono.

Estructura del suelo

En los suelos, los materiales tienden a disponerse formando capas más o menos paralelas a la superficie. En la capa superior se acumulan los restos orgánicos. Los componentes de los suelos no se distribuyen de modo uniforme. El agua que se infiltra realiza un lavado, también conocido como lixiviación, que transporta los componentes del suelo de unos emplazamientos a otros, donde precipitan mediante un proceso de iluviación.

La lixiviación hace que en los suelos aparezcan diferentes zonas, denominadas horizontes edáficos. Estos horizontes se caracterizan por poseer una composición diferencial, además de valores también distintos referidos a granulometría, consistencia y características biológicas.

Representación esquemática de los horizontes A, B, y C del suelo. El D, no representado, está constituido por la roca madre.

Los horizontes se dividen en zonas menores, llamadas subhorizontes. Al estudiar los horizontes de un suelo hay que atender a aspectos como el color, el pH y la textura, entre otros. El perfil característico de un suelo maduro consiste en varios horizontes, ordenados verticalmente y, de arriba abajo, denotados por A, B y C. También se puede hablar de un cuarto horizonte, el D, aunque algunos autores prefieren no contemplarlo al identificarse en realidad con la roca madre.

El horizonte A se sitúa en la superficie del suelo. Suele tener una tonalidad oscura, lo que indica presencia de humus. La población vegetal es alta, y en él enraízan las plantas. Es un horizonte muy meteorizado. Además, el agua que se infiltra realiza un intenso lavado del mismo.

En el horizonte A, un suelo rico en humus, se favorece el enraizamiento de las plantas y la población vegetal es alta.

El espesor del horizonte A ronda los 60 cm. Es posible dividirlo en cuatro subhorizontes, de nuevo de arriba abajo: A1, un lecho de restos orgánicos todavía identificables, no alterados por el proceso de fermentación; A2, donde tiene lugar la fermentación de sustancias orgánicas; A3, de color oscuro y donde se forma el humus, y A4, de tonalidades claras y pobre en materia orgánica y arcillas, dado que ambas son lixiviadas por el agua de infiltración.

El horizonte B es la zona del suelo donde precipitan los componentes lixiviados por el agua de infiltración. En él tiene lugar la iluviación, con acumulaciones minerales que, en algunos casos, pueden alcanzar dimensiones importantes, como ocurre con las concreciones calcáreas. De estas acumulaciones, las más habituales son de sustancias coloidales, materiales arcillosos, carbonatos y óxidos e hidróxidos metálicos.

Es un horizonte más claro que el horizonte A y también más compacto. Contiene poca materia orgánica y abundantes fragmentos de la roca madre. Su espesor ronda un metro.

El horizonte B puede dividirse en varios subhorizontes: B1, zona de transición entre los horizontes A y B, aunque sus características se asemejan más a las del último; B2, donde tiene lugar la acumulación de materiales precipitados del agua de infiltración, y B3, región de transición entre los horizontes B y C.

Por su parte, el horizonte C está formado por fragmentos de la roca madre más o menos alterados por la meteorización. No hay humus y se encuentra tan profundo que las raíces de las plantas no acceden a él. Su espesor es de unos sesenta metros. Se divide en dos subhorizontes: C1, formado por fragmentos descompuestos de roca madre y materiales procedentes de los horizontes superiores, y C2, con la roca madre desintegrada. Finalmente, el horizonte D es la roca madre inalterada, el límite inferior del suelo.

Propiedades de los suelos

Las propiedades de los suelos se analizan desde los puntos de vista físico y químico. De forma muy general, el conjunto de las propiedades físicas determina el esqueleto del suelo, lo que va a sustentarlo y servir de sujeción a las plantas que en él habitan. Las químicas condicionan la nutrición que dichas plantas pueden obtener del suelo.

Propiedades físicas

Las principales propiedades físicas analizadas en un suelo son la textura, la estructura y la humedad edáfica. La textura, o granulometría, viene dada por las dimensiones que poseen los elementos que conforman el suelo. Se distingue así entre materiales finos, medios y gruesos. Los granos de diámetro entre 2 y 0,2 mm reciben el nombre de arenas gruesas; entre 0,2 y 0,02, arenas finas; entre 0,02 y 0,002, limos; si el diámetro es inferior a 0,002 mm se habla de arcillas. Los tamaños grandes, con diámetros superiores a 2 mm, incluyen gravillas, gravas y guijarros.

Los suelos arcillosos (en la imagen, con vegetación) tienden a retener agua debido a su carácter compacto pero flexible. En épocas de sequía, pierden dicha flexibilidad y adquieren un aspecto cuarteado característico. Los suelos arenosos no tienen esa capacidad para retener agua; ésta se filtra hacia el subsuelo haciendo imposible la existencia de vegetación ya que las raíces no pueden alcanzar su vital alimento.

Los suelos arcillosos (en la imagen, con vegetación) tienden a retener agua debido a su carácter compacto pero flexible. En épocas de sequía, pierden dicha flexibilidad y adquieren un aspecto cuarteado característico. Los suelos arenosos no tienen esa capacidad para retener agua; ésta se filtra hacia el subsuelo haciendo imposible la existencia de vegetación ya que las raíces no pueden alcanzar su vital alimento.

La textura de los suelos puede ser arenosa, limosa y arcillosa, dependiendo del tamaño de los granos que predomine en su composición. Esta propiedad condiciona la capacidad para retener el agua. Un suelo arcilloso retiene gran cantidad de agua, si bien es poco permeable. Por el contrario, un suelo arenoso retiene poca agua, que se escapa por los huecos existentes entre los granos, aunque es muy permeable. Un suelo idóneo posee granos de todos los tamaños, con una textura equilibrada, lo que le hace ligero, aireado, rico en nutrientes y dotado de buena permeabilidad y una aceptable capacidad de retención de agua.

A su vez, la estructura de un suelo alude al estado de agregación de los componentes del suelo. Indica así si sus materiales están más o menos cohesionados. Esta cohesión depende de los coloides producidos por el humus, que actúan como un cemento natural sobre el resto de materiales. La mayor o menor presencia de dichos coloides y el estado en que se encuentran puede dar lugar a suelos estables, con los materiales unidos entre sí, o bien a suelos poco agregados, con los materiales sueltos.

Para determinar la estructura de un suelo se estudian su porosidad y su permeabilidad, que dependen de aquélla. La porosidad es el volumen de espacios vacíos que existe en el seno del suelo, expresado en porcentaje. Lo normal es que oscile entre el 30 y el 60 %. Un suelo muy agregado tiene menor porosidad que otro menos agregado. Se entiende por permeabilidad la velocidad a la que se infiltra el agua suelo. Cuanto mayor es la cantidad de huecos entre los materiales, más alta es la permeabilidad.

Finalmente, se llama humedad edáfica al balance del agua existente en el suelo. Para su cálculo se parte de la reserva inicial y se le suma el agua aportada por las precipitaciones atmosféricas. Al resultado hay que restarle el agua de drenaje, que es la que atraviesa el suelo y escapa por debajo del mismo; el agua de escorrentía, que es la que discurre por la superficie del suelo, y el agua que se evapora.

Propiedades químicas

Acidez y capacidad de intercambio iónico son las propiedades químicas más determinantes de un suelo. La primera se mide según el valor del pH. De este modo, los suelos son ácidos con un pH inferior a 5; ligeramente ácidos, entre 5 y 6; neutros, con un valor de pH igual a 7, y alcalinos, superior a 7. El pH condiciona el movimiento de los nutrientes dentro del suelo, así como el tipo de vegetación que puede habitar en él.

Las raíces de las plantas facilitan la captación por éstas de los cationes minerales presentes en el suelo, que necesitan para su nutrición. En los bosques tropicales húmedos, las plantas pueden captar dichos cationes fácilmente al estar disueltos en el agua por lo que se dice que esos suelos poseen una alta capacidad de intercambio iónico.

Por otra parte, la capacidad de intercambio iónico se refiere a la mayor o menor facilidad que poseen los vegetales de captar los cationes minerales presentes en el suelo y que necesitan para nutrirse. Tales cationes pueden encontrarse disueltos en el agua del suelo, por lo que las plantas los captan rápidamente a través de las raíces. También pueden estar fijados a la arcilla y al humus del suelo, de donde se liberan mediante un intercambio de cationes H+.

Un tercer modo en que pueden aparecer los cationes minerales es fijos a la materia mineral, en cuyo caso son insolubles y resulta difícil que las plantas puedan aprovecharlos. En último lugar, los cationes pueden formar parte de la materia orgánica del suelo, con lo que no pueden ser aprovechados por las plantas hasta la descomposición de esa materia orgánica.

Tipos de suelos

Las clasificaciones posibles de los suelos son muchas y muy variadas. Entre ellas, una de las más utilizadas es la que los divide atendiendo a las regiones climáticas donde se desarrollan. Se habla así de suelos zonales, que se detallan en los siguientes apartados.

Suelos de zonas polares. Las temperaturas extremadamente bajas que se dan en las regiones polares impiden la formación de un suelo propiamente dicho, con los horizontes antes descritos. Desde un par de metros de profundidad, el terreno está helado de modo permanente, como permafrost. Sólo la capa más superficial llega a deshelarse durante los meses de verano.

Sin embargo, las corrientes de agua resultantes del deshielo arrastran cualquier tipo de sedimento que se deposita en la superficie, impidiendo que el suelo llegue a desarrollarse. Además, la escasísima vegetación en los climas polares, reducida a musgos y líquenes, y las bajas temperaturas dificultan la meteorización química de las rocas.

Formación de permafrost en Noruega. El permafrost carece de las características clásicas de los suelos ya que, a apenas dos metros de profundidad, permanece helado de forma continua, limitándose el intercambio orgánico y mineral a la superficie y sólo en los meses de verano.

Suelos de zonas frías. Los terrenos de zonas frías, pero no polares, se dividen en tres tipos fundamentales: podsoles, tierras pardas forestales y suelos grises. Los podsoles se caracterizan porque, en su interior, se da una iluviación o acumulación de materiales arcillosos, lo que los dota de un color ceniciento. Poseen gran cantidad de humus, pero poco elaborado.

La zona superior de los podsoles suele ser de tipo arenoso, muy lavada por el agua, que arrastra la materia mineral. Estos suelos son propios de regiones situadas alrededor de los polos y de las montañas de las zonas cálidas. Su vegetación característica se basa en coníferas y brezos.

El segundo tipo de suelos de zonas frías son las tierras pardas forestales. Son ricos en humus, aunque no en su zona más superficial, dado que ahí la intensa actividad de las bacterias acaba con él. Están cubiertos por bosques caducifolios. Finalmente, los suelos grises poseen un color singular, debido a la presencia de sílice pulverizado. Son suelos habituales en el occidente de Europa.

Suelos de zonas cálidas. La relativa escasez de precipitaciones en las regiones cálidas hace que sus suelos apenas sufran meteorización química y lixiviación. En lugar de la lluvia, los suelos toman el agua de los depósitos subterráneos, desde donde asciende por el mecanismo de capilaridad. Cuando esta agua alcanza la superficie se evapora con gran rapidez y deja tras de sí costras minerales, por ejemplo, de carbonato de calcio, conocidas como caliches, o bien costras de sales o yeso.

Los principales tipos son los llamados mediterráneos, propios de zonas con una larga sequía durante el verano. También son reseñables los chernoziomes, característicos de la estepa rusa y de amplias regiones de los Estados Unidos y la Argentina, abundantes en humus y muy apropiados para el cultivo de cereales, y los suelos desérticos, con muy bajo contenido de materia orgánica y escasa vegetación.

Uno de los principales tipos de suelo de las zonas cálidas son los conocidos como chernoziomes. Son típicos de la Argentina, Rusia y los Estados Unidos, donde son aprovechados para el cultivo de cereales debido a su gran fertilidad. En las imágenes, paisaje argentino de chernoziomes y de una zona tropical. En estas últimas, el horizonte A suele ser muy poco profundo debido a que la materia orgánica en él depositada se descompone con rapidez.

Uno de los principales tipos de suelo de las zonas cálidas son los conocidos como chernoziomes. Son típicos de la Argentina, Rusia y los Estados Unidos, donde son aprovechados para el cultivo de cereales debido a su gran fertilidad. En las imágenes, paisaje argentino de chernoziomes y de una zona tropical. En estas últimas, el horizonte A suele ser muy poco profundo debido a que la materia orgánica en él depositada se descompone con rapidez.

Suelos de zonas ecuatoriales. Las condiciones de los climas ecuatoriales, con alta temperatura, abundante humedad y gran población vegetal, permiten que se formen suelos de un gran espesor. Sin embargo, precisamente la riqueza de vegetales hace que los restos orgánicos que se depositan sean rápidamente asimilados por los suelos. Por ello, el horizonte A de los suelos ecuatoriales es de espesor reducido.