El modelado del relieve. Los agentes

Cuando se observa la superficie del planeta terrestre, se descubre un conjunto compuesto por imágenes muy variadas. Se trata del paisaje, producto de largos periodos de formación y evolución y en transformación permanente debido a las muchas fuerzas externas que actúan sobre él.

Numerosos agentes modelan el relieve, un elemento que no es fijo sino siempre cambiante, aunque para la brevedad de la vida humana y de las generaciones de las que se guarda memoria parezca inmutable. Esta percepción se debe únicamente a la lentitud con la que se producen esos cambios.

A grandes rasgos pueden distinguirse dos grandes grupos de la superficie terrestre que componen el relieve: las zonas sumergidas y las áreas emergidas. Estas zonas se han visto modificadas con el paso de los eones por agentes internos, como la sedimentación o el nivel del mar, en el caso de las sumergidas, o por agentes externos en lo que se refiere a las zonas emergidas.

Entre estos agentes, el clima desarrolla un importante papel ya que el viento, las lluvias, las temperaturas o la incidencia del Sol también dejan sus huellas en el paisaje. Por todo ello se pueden diferenciar distintos modelos de relieve según las zonas climáticas dominantes en su entorno físico y geológico.

Por último, no hay que olvidar la acción que ejercen los seres humanos sobre dicho entorno. A menudo, la interacción humana persigue el estricto aprovechamiento de los recursos, con lo cual los consume y deteriora el entorno. Los incendios forestales, la sobreexplotación de suelos, la contaminación o las actividades industriales han ido alterando rasgos del paisaje y, paralelamente, han traído graves problemas como la desertización o el efecto invernadero.

El relieve y su estudio

Las irregularidades de la superficie terrestre constituyen lo que, en el campo de las ciencias geográfica y geológica, se ha denominado relieve. Estos accidentes visuales están formados por elevaciones, como las montañas, y depresiones, como los cañones o los valles. Todos estos elementos describen el paisaje de una zona.

Imagen de uno de los valles de los Alpes. Montañas y valles ejemplifican dos de los tipos básicos de relieve, las elevaciones y las depresiones.

El relieve no es invariable, y en él se producen cambios numerosos y permanentes. Por ejemplo, la sedimentación hace que las cuencas oceánicas se hagan más horizontales. Asimismo, la dinámica costera suaviza las costas más abruptas o la erosión pule el relieve montañoso. Estos fenómenos requieren una lenta evolución en el tiempo, ya que son procesos muy complejos.

Si se observa la topografía del planeta, cabe diferenciar dos elementos predominantes: por encima de 800 m sobre el nivel del mar (continentes) y 3.800 m por debajo de ese nivel (cuencas oceánicas). Prácticamente la mitad de la superficie terrestre presenta dimensiones aproximadas a una u otra cifra.

Más del 90 % del planeta se sitúa entre los 2.000 y los 6.000 m de profundidad. Casos como el Everest (en la imagen) o la fosa de las Marianas son sólo ejemplos de orografía extrema.

De hecho, más del 90 % del planeta se sitúa entre los 2.000 m de altitud y los 6.000 m de profundidad (v. figura 3). El resto lo forma la orografía más extrema, como son los terrenos elevados (entre ellos, el punto de mayor altura es el Everest, con 8.848 m) y las depresiones o fosas oceánicas, entre las que destaca la fosa de las Marianas, que se sumerge a más de once kilómetros bajo el nivel medio del mar.

Cota media de la superficie terrestre por continentes.

La ciencia que se encarga de las formas del relieve terrestre, sus orígenes y su constante evolución es la geomorfología, una rama de la geología. Estudia el relieve de la superficie del planeta desde la perspectiva de los mecanismos genéticos que en él tienen lugar.

El interés por la investigación científica del paisaje no surgió hasta el siglo xviii. En esa época, varios autores propugnaron teorías como la que sostiene que la acción de las redes fluviales formó los valles por erosión. Estas ideas científicas fueron desplazadas durante mucho tiempo por la oleada catastrofista que explicaba el relieve como resultado de conmociones planetarias violentas. A finales del siglo xix ganó peso la idea de que la erosión de redes fluviales produce el relieve topográfico, tal y como se había apuntado un siglo antes.

En este periodo comenzó a desarrollarse la geomorfología como ciencia moderna, de la mano de investigadores como William M. Davis, quien planteó la teoría del ciclo geográfico. Según ésta, el relieve inicial de cota elevada evoluciona hasta situarse casi en el nivel de base (la penillanura) como consecuencia de la acción de la red fluvial. Aun así, este ciclo de erosión normal puede tener complicaciones cuando se alteran las condiciones de la evolución del relieve. Ante el modelo de Davis, se contrapuso la idea de que cada tipo de clima presenta sus propias modalidades de erosión.

Los mayores avances en el estudio de la superficie terrestre se produjeron tras la Segunda Guerra Mundial, merced a la fotografía aérea y el sónar, un aparato que detecta objetos subacuáticos mediante el sonido. Ello permite acceder a las grandes extensiones terrestres, incluso de la superficie oceánica, por lo que en la actualidad se puede conocer la imagen de prácticamente toda la extensión de la Tierra.

Hoy en día, la geomorfología no sigue ninguna línea dogmática de pensamiento y se nutre de todas las ideas servibles que ha dejado la investigación a lo largo del tiempo. Podría decirse que es muy difícil alcanzar una teoría general que explique la evolución del relieve, lo que aconseja centrarse en modelos locales que analicen los cambios en cada zona. La única certeza aceptada unánimemente y de aplicación general es la influencia que ejerce el clima en el modelado del relieve.

Cómo se transforma el relieve

La superficie terrestre, el relieve topográfico y sus accidentes físicos componen lo que se denomina paisaje. Los cambios geológicos que se producen en él surgen y desaparecen a causa de la acción que ejercen los agentes del modelado.

Algunos de estos agentes son el agua, la atmósfera y la energía que proviene de la gravedad, así como la fuerza gravitacional del Sol y la Luna, que genera las mareas, el calor interno y la radiación solar. Todas las formas que adquiere el relieve dependen a su vez de tres elementos principales: la naturaleza del terreno, la dinámica externa e interna y el tiempo en el que actúan los agentes externos (atmosféricos o de erosión).

La evolución de los materiales del terreno y sus transformaciones se producen por los fenómenos de erosión, transporte y sedimentación. Así, el paisaje de una región es diferente al de otra, porque sus rasgos han sido generados por los agentes que producen formas propias de cada lugar. Otros dos elementos que influyen en el relieve son la litología y la estructura, referentes a la composición de las rocas y su disposición en los estratos.

Los elementos que intervienen en la modelación del paisaje se conocen como agentes geomorfológicos. Sus acciones están muy marcadas por el tipo de clima ya que, según las características climáticas, predominará uno u otro agente. Por ejemplo, en los lugares desérticos prevalece la acción del viento y en los climas fríos actúa con especial eficacia la erosión glaciar. El resultado final del proceso de modificación que sufre el terreno está muy determinado por la magnitud temporal. En virtud de ello, un paisaje se dice senil si se caracteriza por sus llanuras o juvenil cuando tiene accidentes orográficos de importancia. Estos dos adjetivos hacen referencia al tiempo que han necesitado los distintos factores para desarrollarlo.

Duna modelada por el viento. La acción del viento es un agente geomorfológico de primera magnitud en las regiones desérticas.

Existen numerosas teorías sobre la evolución del relieve y cómo se conjuga la acción de los diferentes agentes pero ninguna parece ser lo suficientemente comprehensiva para satisfacer a los expertos. Por ejemplo, se sabe bien que los relieves montañosos se transforman hasta formar llanuras, pero el proceso no se ha descrito con exactitud. Algunas de las teorías más relevantes propuestas sobre la formación del relieve son:

Ciclo Davis. Se conoce también como ciclo de erosión más elevación y fue la teoría propuesta en 1899 por William Morris Davis. Los agentes geomorfológicos serían los responsables de la evolución del relieve y entre ellos destacan los ríos en los climas del tipo templado-húmedo.

Secuencia elevación más erosión. Planteada en 1924 por Walter Penck, quien atribuyó la evolución del relieve a la influencia de los ríos junto a los fenómenos de vertiente.

Teoría de la sedimentación. Debida al geomorfólogo africano L. King en 1953, fue propuesta para comprender el desarrollo del paisaje en los climas semiáridos. En las zonas con estas características climáticas, los agentes geomorfológicos predominantes son los fenómenos de ladera.

Teoría climática. Diversos geólogos franceses aportaron varios modelos, según las zonas climáticas del planeta. Esta óptica zonal de la evolución del relieve dio origen a la geomorfología climática, que analiza modelos propios de cada clima (morfogenéticos).

Los agentes geológicos

Tras erosionar un sustrato rocoso, los agentes geomorfológicos transportan los materiales desprendidos y los depositan cuando finaliza el traslado. En general, todos los materiales que conforman la corteza terrestre padecen alteraciones que modifican sus rasgos característicos y hacen más fácil su erosión. Este proceso se llama meteorización.

Así, cada uno de los agentes realiza un tipo de meteorización, erosión, transporte y sedimentación. En el modelado del paisaje intervienen varios agentes, entre los que destacan los ríos, el viento, los glaciares y los movimientos en las laderas. A continuación se analizan las particularidades de cada uno de estos agentes como formadores del relieve.

Ríos

Los ríos desarrollan un importante papel erosivo, ya que se encargan de trasladar la materia mineral desde las tierras hasta los océanos (v. figuras 5/1 y 5/2). Los cauces fluviales van perdiendo velocidad a medida que avanzan y, como consecuencia, disminuye su capacidad de erosión, por lo que se producen también episodios de sedimentación y ensanchamiento de los valles. Además, la acción de las corrientes de agua suaviza las irregularidades presentes en el cauce.

Partes de un río y efecto sobre el terreno circundante (dibujo). En su camino continuado hacia zonas de menor altitud, los ríos realizan una notable acción erosiva sobre el terreno. En la imagen, cañón en herradura creado por el río Colorado, en los Estados Unidos.

Partes de un río y efecto sobre el terreno circundante (dibujo). En su camino continuado hacia zonas de menor altitud, los ríos realizan una notable acción erosiva sobre el terreno. En la imagen, cañón en herradura creado por el río Colorado, en los Estados Unidos.

Si el fenómeno erosivo comienza en la desembocadura y continúa aguas arriba se conoce como erosión remontante. En caso contrario, cuando tiene lugar la sedimentación en zonas elevadas, se genera un relieve muy característico llamado terraza fluvial.

Los cambios de caudal, provocados por las crecidas o los trasvases, y la velocidad de la corriente, que cambia con los saltos o estrechamientos del río, influyen en la capacidad de carga. Provocan así fenómenos locales de erosión, transporte y sedimentación, cuya consecuencia es la variedad morfológica de los cauces fluviales.

En el curso alto de los ríos se produce principalmente la acción erosiva, que genera valles profundos y estrechos como, por ejemplo, cañones o torrentes. En los cursos medio y bajo se combinan los fenómenos de erosión, transporte y sedimentación que desarrollan valles anchos (llanura de inundación).

Torrentes. La turbulencia y la velocidad caracterizan las aguas de los cauces torrenciales. Éstos ocasionan una importante erosión del cauce fluvial que crea valles muy estrechos. Entre las morfologías más típicas destacan las cataratas y los rápidos.

Llanuras de inundación. Las pendientes son suaves en el curso medio y bajo de los ríos. En estas zonas hay valles amplios en los que se acumulan sedimentos que proceden de la erosión sufrida en la superficie de la cuenca. Estos terrenos tan fértiles se conocen como vega o llanura aluvial y tradicionalmente se han explotado por la agricultura.

Terrazas fluviales. Cuando el cauce de un río se encaja en las llanuras de inundación, se origina esta morfología escalonada. El río ejerce una erosión vertical y la llanura no vuelve a ser ocupada por las aguas. El escalón topográfico que queda en esa superficie llana con algo de elevación se denomina terraza.

Glaciares

Por su parte, los glaciares, como agentes geomorfológicos, dibujan formas muy peculiares en el paisaje, condicionadas por la topografía que ya existía en el lugar. Los circos y valles glaciares se corresponden, por lo general, con antiguos valles fluviales.

Los glaciares están formados por una masa de hielo que se mueve con un mecanismo de descarga desde las zonas elevadas hacia el valle, donde realiza su ablación (la pérdida de masa de hielo por fusión o evaporación). Sin embargo, no han tenido tanta importancia como los ríos en el desgaste de los continentes, aunque en algunas épocas de la historia (glaciaciones) su capacidad de erosión y transporte llegó a ser muy significativa.

La erosión glaciar puede producirse mediante la abrasión o roce de los fragmentos rocosos recubiertos por el hielo y el consiguiente arranque de partículas o bloques del sustrato. Otro mecanismo erosivo procede del efecto del empuje lateral, como sucede en los circos glaciares.

Viento

Un tercer agente geomorfológico es el viento, cuya acción erosiva sólo es relevante en zonas que no tienen cubierta vegetal. En climas templados y húmedos, esta acción tiene menor eficacia, ya que se da en lugares donde no se llegan a excavar grandes valles. Sin embargo, en los climas áridos es uno de los principales condicionantes del paisaje, debido a la ausencia de barrera vegetal.

El viento transporta sus partículas de forma parecida a los ríos, aunque su capacidad de transporte es mucho menor. Existen dos mecanismos que emplea la erosión eólica: deflación, cuando las partículas se arrancan del sustrato y son elevadas por el aire, y corrasión, producida cuando las superficies rocosas se desgastan por el impacto de las partículas que transporta el viento.

Tras la deflación del suelo, la superficie resultante está formada por bloques, gravas y cantos rodados (reg), mientras que la morfología resultante de la corrasión son los orificios alveolares o nidos de abeja. En zonas áridas, los principales tipos de depósitos son las rizaduras, las dunas y los loess, o arcillas y limos de diversa composición. Si los depósitos de arena permiten el agrupamiento de dunas en una extensión se denomina campo de dunas o erg.

Un último grupo de agentes geomorfológicos de interés en esta exposición es el de los asociados a los fenómenos de ladera, que estimulan el modelado de la mayoría de las vertientes de los paisajes continentales. Entre estos agentes se encuentran todos los movimientos de masa producidos por la gravedad, clasificados en tres grupos: desprendimientos que producen cambios de nivel en las laderas, deslizamientos y flujos por corrientes de turbidez o coladas de barro.

Factores que forman el paisaje

La conformación del paisaje está muy relacionada con el tipo de rocas, sus estructuras y el clima predominante en la región. Tales son los denominados, respectivamente, factores litológicos, estructurales y climáticos.

La evolución de la morfología litológica depende de la naturaleza del terreno y la resistencia a la erosión. Cuando los componentes del terreno son blandos e impermeables (arcillas y margas) se tiende a formar un paisaje de depresiones, ante la escasa resistencia a la actividad erosiva. En zonas de gran pendiente se produce un paisaje muy característico llamado cárcava.

La porosidad de los materiales blandos y permeables (areniscas) retrasa la erosión y origina relieves más pronunciados. Cuando las zonas tienen pendiente y precipitaciones tormentosas se forman torres o chimeneas de erosión. La resistencia a la erosión de las areniscas y los conglomerados cementados condiciona la evolución del paisaje, marcado por la aparición de torres y arcos naturales. Cañadas, cavernas o grutas son otros ejemplos de las formas de relieve que se producen por los factores litológicos.

Cueva de Los Verdes, España. La porosidad y las características de los materiales rocosos favorecen la creación de rasgos singulares del paisaje, como las grutas o cavernas.

En cuanto a los factores estructurales, las formas que genera la actividad tectónica se dividen en tres tipos: estructuras tabulares, fracturas (diaclasas, fallas) y pliegues. En las regiones sedimentarias se producen estructuras tabulares si las capas y estratos son planos o con poca inclinación. La forma elemental del relieve es la cuesta. Si los estratos más resistentes se sitúan horizontalmente, la elevación del relieve resultante, con topografía plana, se llama cerro testigo, mesa o meseta. Cuando el relieve está controlado por una falla es un escarpe rectilíneo cuya altura es inferior al salto de la falla y si el sustrato es homogéneo, las fallas condicionan la orientación de la red fluvial y sus interfluvios.

Factores climáticos y el factor humano

Si de los movimientos tectónicos depende la disimetría del relieve, el clima también influye en los contrastes de las resistencias entre las diferentes capas. Es uno de los factores en los que intervienen condicionantes climáticos para modelar el relieve.

Todos aquellos procesos que dependen del clima y actúan directamente en el paisaje se denominan sistemas morfoclimáticos. En cada uno de estos sistemas actúan varios agentes que, como el viento y las lluvias, erosionan, transportan y sedimentan los materiales de la superficie, dando un nuevo aspecto a un paisaje determinado.

Además, el comportamiento de las rocas cambia también según el clima que las afecta. Las precipitaciones influyen en la disolución de las calizas, así como la cantidad de gas carbónico que tiene el agua y que depende de la temperatura. Por ejemplo, en las regiones áridas, la caliza apenas se disuelve y forma notables relieves.

Dado que las alteraciones climáticas del cuaternario fueron de gran importancia, la morfología se estudia en función del clima que tuvo lugar en el pasado y no sólo considerando el clima actual. En general, el clima de épocas anteriores ha marcado las grandes pautas del relieve, mientras que las características climáticas actuales únicamente añaden algunos retoques.

Por otra parte, aunque no pertenece al grupo de los agentes geomorfológicos, la acción humana también deja su huella en el paisaje. Se trata del agente antrópico, el grupo de actividades que ejercen los seres humanos y que inciden en los procesos de erosión.

La acción humana también deja una impronta notable en el paisaje. En la imagen, Las Médulas (España), un antiguo conjunto de montañas «rotas» mediante técnicas hidráulicas en época romana para obtener el oro que albergaban en su interior.

Por ejemplo, la tala de árboles ha hecho que desaparezcan tres cuartas partes de los bosques que existían en la Tierra hace cuatro mil años. A ello hay que añadir la sobreexplotación de los suelos agrícolas, la actividad ganadera en terrenos de equilibrio ecológico frágil, las obras públicas que modifican las condiciones de la dinámica externa y la actividad de la industria.

La deforestación hace que aumente la velocidad de erosión del suelo y provoca cambios en el balance hídrico y la progresiva desertización del terreno. A su vez, los países más desarrollados industrialmente han ocasionado problemas ambientales como la lluvia ácida, responsable de la deforestación y la contaminación de los ríos, o el efecto invernadero, uno de los principales factores del cambio climático.

Tipos de relieve

La intervención de los agentes geomorfológicos causa distintos tipos de relieves y paisajes. Aunque se han ofrecido históricamente muchas formas de clasificación de los mismos, una de las más aceptadas distingue entre relieves costeros, submarinos, glaciares o propios de las zonas volcánicas o de las áridas. En los siguientes apartados se exponen las características más sobresalientes de cada uno de ellos.

Elementos del relieve. Dependiendo de los agentes, el terreno, etc., pueden aparecer diferentes formas o tipos de relieve.

Relieve costero. El principal componente de la energía que interviene en los procesos litorales es el oleaje que, acompañado de los frecuentes cambios del nivel del mar y de las corrientes, genera el relieve costero. Tanto la altitud como la dirección del oleaje, el tipo de rocas y la frecuencia de las mareas influyen en el modelado de las costas.

Las formas de erosión costera pueden ser herencia continental, como en el caso de las rías y los fiordos, valles creados por la acción fluvial y glaciar e inundados posteriormente por el mar. La erosión diferencial permite también el desarrollo de entrantes, como bahías y golfos, o salientes, como cabos y puntas.

Si el oleaje golpea una costa con un importante desnivel puede llegar a constituir una costa abrupta o acantilado. En cuanto a las formas sedimentarias, la acumulación de materiales detríticos genera playas, bancos de arena o albuferas. Finalmente, las desembocaduras de ríos en el mar también engendran formas propias como deltas y marismas.

Deltas, marismas y estuarios son formas características en las desembocaduras de muchos ríos del planeta. En la imagen, estuario del río sudamericano de La Plata.

Relieve submarino. Cabe distinguir tres grandes zonas en las que se divide la geografía del relieve submarino: margen continental, llanura abisal y dorsal oceánica. La primera está formada por zonas situadas en torno a masas continentales bajo el nivel del mar que se prolongan hasta las llanuras abisales. Éstas componen el fondo oceánico y se extienden hasta los grandes relieves submarinos de las dorsales oceánicas, caracterizadas por los relieves volcánicos submarinos que pueden alcanzar tres mil metros de altura y se extienden por el fondo oceánico como si fueran cordilleras.

Bajo las aguas marinas pueden encontrarse múltiples formaciones características. Entre ellas destacan las fosas oceánicas, los pitones submarinos, las islas oceánicas, los atolones y los arcos insulares.

Los atolones son una de las formaciones típicas de relieve submarino. En la imagen, atolón en las Maldivas.

Relieve glaciar. Según se ha indicado, el glaciar es un agente geomorfológico que transporta materiales que caen sobre él o que arranca de los sustratos rocosos, para generar rasgos muy peculiares de paisaje. Los materiales que distribuye reciben el nombre de morrenas y, según su situación al depositarse, se llaman morrenas laterales, centrales y de fondo.

En las zonas glaciares, las principales acumulaciones de sedimentos se esparcen por vías fluviales. El hielo tiene gran capacidad de transporte y, al ser muy viscoso, imprime escasa selección en los materiales. Durante la fusión de los glaciares se generan aguas que participan también en la distribución de depósitos desde el frente glaciar, un proceso que se conoce por fluvioglaciar.

Con todas estas condiciones particulares de erosión, transporte y sedimentación se crean pavimentos estriados y superficies pulidas con formas denominadas rocas aborregadas. Las lenguas glaciares producen un típico perfil con forma de U en valles que han erosionado con anterioridad.

Una vez que el hielo desaparece, las paredes quedan muy verticales, por lo que con frecuencia se producen desprendimientos, entre otros fenómenos de ladera. Cuando confluyen varias lenguas glaciares con bases en diferente altura se originan los valles colgados, unas formas geológicas muy características del modelado glaciar.

El efecto de erosión remontante tiene como resultado la aparición de los circos glaciares y la erosión de las laderas montañosas, que realzan sus pendientes adquiriendo figuras piramidales llamadas horns o cresterías espectaculares conocidas como nunataks. En las etapas de retroceso, los glaciares desaparecen dejando una laguna denominada ibón.

Las morrenas que trasladan los glaciares pueden generar dos tipos de morfologías: terminales y frontales. Las primeras producen elevaciones de formas alargadas y paralelas a la lengua del glaciar. Las segundas tienen elevaciones que se asientan de manera transversal a las terminales y son el resultado de los diversos pulsos propios del retroceso de un glaciar. Otras morfologías características son los eskers, acumulaciones de sedimentos extensas y alargadas, y los sandur, superficies arenosas de gran magnitud, procedentes de fenómenos fluvioglaciares que reorganizan los depósitos de morrenas.

Relieve en zonas volcánicas. Las formas del relieve en zonas volcánicas dependen de la actividad volcánica en sí y de los agentes externos que las modelan posteriormente. Se denomina formas constructivas a los domos, elevaciones de lava solidificada, y a las coladas de lava, mientras que son formas destructivas los cráteres y las calderas que originan las erupciones.

La erosión actúa de forma distinta en las rocas. Así, las rocas volcánicas tienen diferente grado de resistencia según el tipo de erupción volcánica que se produzca.

Relieve en zonas áridas. En las regiones tropicales secas, el sistema de erosión árido produce desiertos sin vegetación y áreas con flora adaptada a las condiciones secas. Las temperaturas, tan elevadas durante el día y con descensos bruscos en la noche, hacen que las rocas se fragmenten y disgreguen al estado de arena. Las lluvias torrenciales y el viento son los mayores responsables de erosión en estas zonas.

Además de erosiva, la acción del viento es sedimentaria, puesto que transporta los materiales desde su lugar de origen hasta un punto en el que son depositados. Las partículas más ligeras son las que se trasladan formando dunas, mientras que las de mayor tamaño y más pesadas permanecen en el sitio. Como consecuencia de este proceso se dan los campos de piedra o regs.

Las instituciones nacionales e internacionales estudian con preocupación el fenómeno de la desertización del suelo, consistente en la propagación de las condiciones desérticas más allá de los límites «naturales». Este proceso favorece la erosión del terreno al desvestirlo de vegetación, un factor cohesivo.

En estas zonas, la aridez se estudia con especial interés, ya que la erosión del suelo puede generar graves problemas. Una muestra de su importancia es que las instituciones internacionales promueven investigaciones en zonas áridas para prevenir la desertización, un fenómeno que consiste en la propagación de las condiciones desérticas más allá de los límites del propio desierto.

El mejor método para controlar la erosión de las tierras que se cultivan es adecuar el uso que se les da a las características de cada lugar. El fomento de la rotación de cultivos, por ejemplo, puede facilitar una producción sostenible. Cuando se pretende recuperar un área ya erosionada, primero hay que detener el proceso erosivo con planes de recuperación: implantar muros o barreras cortavientos que impidan la erosión eólica, aumentar la infiltración, adecuar los tipos de cultivos, etcétera.