Conocimiento

    El conocimiento es la técnica a través de la cual el hombre aprehende los objetos que le rodean y pone a prueba su propia naturaleza y sus facultades. Además, supone el intento humano de controlar los objetos del mundo tratando de predecir su comportamiento y de transformarlos de tal forma que resulten útiles para la existencia y para su forma de comprender la realidad.

    En tanto que técnica, el conocimiento presupone la existencia de un método repetible que conduzca a unos resultados válidos. Sin embargo, la naturaleza del conocer hace que la propia técnica se encuentre siempre en continua supervisión, y que uno de los objetos más estudiados por el conocimiento sea precisamente el mismo conocer.

    Desde un punto de vista formal, el conocimiento se compone de dos instancias elementales entre las que se establece una relación: un sujeto, que trata de abordar la cosa que se estudia; y un objeto, que es la realidad que se quiere estudiar. Dependiendo de la forma en la que se relacionen ambas instancias, es posible hablar de diversas corrientes del conocimiento. Así, el racionalismo considera que el sujeto se puede apropiar del objeto en virtud de los poderes de la razón; mientras que el empirismo comprende que las cosas, el mundo, constituyen un límite trascendental que determina cualquier forma de conocimiento.

    La naturaleza de la relación entre el sujeto y el objeto viene también determinada por dos corrientes o tendencias: la clásica y la moderna.

    1. El pensamiento clásico. En él se incluye a Platón y a Aristóteles, y considera que existe una identidad entre el sujeto y el objeto, de tal manera que cuando una persona conoce algo es porque comparte la naturaleza de ese mismo algo.

    2. El pensamiento moderno. Dentro de él se puede encontrar a filósofos como René Descartes, David Hume o Immanuel Kant. Defiende que existe una distancia casi insalvable entre el sujeto y el objeto, y que en lugar de partir de una identidad entre las cosas y el conocimiento, hay que señalar un abismo que es salvado por la trascendencia. Por ejemplo, para Descartes y su racionalismo, hay que diferenciar entre el mundo del pensamiento, que es el que se conoce y se llama res cogitans, y el mundo de las cosas y los objetos que se quieren conocer, que es el de la res extensa. De esta forma, ya no se da una identidad entre la naturaleza del objeto y la del sujeto, sino que el pensamiento opera con copias de lo real, con representaciones que pueden ser verdaderas o falsas.

    Como ya se ha señalado, la validez del conocimiento depende del poder de las facultades del conocimiento, que según Descartes vienen garantizadas por la omnipotencia y la bondad divina; pero que para muchos otros autores, como el empirista David Hume, están destinadas a la incertidumbre, a la ausencia de verdad.

    Sin embargo, otra de las características más elementales del conocimiento es su tendencia a operar de modo crítico sobre la realidad y sobre el mismo conocimiento. Se podría decir que el conocimiento, por naturaleza, no se fía de sí mismo, y tiene la necesidad de ponerse a prueba con el fin de saber si lo que propone es cierto o no.

    En este sentido, la obra de Immanuel Kant supone el culmen de la teoría del conocimiento; ya que, frente a racionalistas y empiristas, consideró que el conocimiento debe ser crítico y tiene que legitimarse a través de unas estructuras fundamentales procedentes del mundo y del entendimiento humano.

    No todo lo que se conoce es cierto, por lo que los resultados de cualquier estudio tienen que ser puestos a prueba. Se suelen emplear dos métodos de verificación: el de coherencia, que consiste en saber si una teoría no dice nada contradictorio; y el de correspondencia, que comprueba si los resultados de una teoría se corresponden con lo que sucede en realidad.

    Por otra parte, la naturaleza del conocimiento siempre se ha estudiado desde distintos puntos de vista, y, dependiendo de la corriente filosófica, se ha hablado del conocimiento como facultad divina o como herramienta humana. Tanto los primeros pensadores griegos como los filósofos religiosos han querido ver en el conocimiento una facultad procedente de Dios. Cuando se conoce el mundo se conoce lo divino, y todo lo que hay de inteligente en el hombre se debe a su origen sagrado.Por el contrario, para los pensadores materialistas, los científicos y los ateos, el conocimiento no es tanto un instrumento de Dios como una herramienta humana más, que permite controlar el mundo y hacerlo más habitable.