Los temas de la filosofía

A pesar de que el mundo haya variado sustancialmente desde que Platón o Aristóteles pisaron las calles de Atenas, aunque hayan transcurrido más de dos mil años desde que Parménides planteó las primeras preguntas en torno al ser y a la realidad, la ciencia filosófica no ha variado sustancialmente los temas fundamentales de su estudio. Esto se debe a que las respuestas que llenan de sentido la existencia del hombre no dependen de las circunstancias históricas o geográficas; las preguntas o los temas que trata la filosofía son necesarios y no pueden dejar de plantearse porque están referidos a la naturaleza del hombre, a su forma de ser y a su esencia. Aunque como ya se ha visto en el capítulo precedente, muchos de los postulados de la filosofía han acabado engrosando el corpus del saber científico, la esencia o sentido de la pregunta filosófica permanece en realidad sin respuesta.

El conjunto de temas que tocan cada una de esas preguntas es sin lugar a dudas tan amplio como el conjunto de campos en los que tiene lugar la actividad humana. Sin embargo, el pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804), con esa capacidad sintética que siempre le caracterizó, consideró que la razón, en realidad, sólo se ocupa de lo absoluto o incondicionado en tres campos concretos: el de la teología (Dios), la cosmología (Mundo) y la psicología filosófica (Ego).

Ahora bien, aunque se acepte la categorización kantiana, es necesario afirmar que estos temas pueden ser abordados de muy diferentes maneras. Según sea la manera en que se haga frente a cada una de estas cuestiones, la labor filosófica recibe un nombre distinto y se emplea un método diferente. Estas diferentes formas de encarar los problemas filosóficos han servido a menudo para clasificar los temas y ramas de la filosofía.

La naturaleza de las preguntas filosóficas

Antes de encarar la naturaleza de los grandes temas de la filosofía, es necesario hablar sobre sus puntos en común, es decir, sobre aquellas características básicas de las preguntas filosóficas y, especialmente, sobre su carácter «eterno».

El planteamiento de las preguntas filosóficas. La importancia de las preguntas filosóficas se encuentra antes en la forma en la que están planteadas que en la respuesta que se pueda dar a ellas. Además, no tienen una respuesta definitiva, es más, para numerosos pensadores es necesario que no tengan solución. Como decía el pensador contemporáneo alemán Martin Heidegger (1889-1976), en las preguntas adecuadas se encuentra ya de alguna manera la respuesta, puesto que en el mero hecho de entender qué es lo que hay que preguntar ya hay implícita una comprensión del mundo, una anticipación de la respuesta.

La existencia humana es como un viaje a través de unas preguntas filosóficas que no pueden tener respuesta. Para muchos pensadores, el arquetipo de la vida humana se encuentra en Ulises, el viajero homérico que busca su origen enfrentándose a los peligros de la existencia. En la imagen, Barcos en la tormenta volviendo a tierra, de Lodolf Backhuysen.

Por tanto, lo importante no es tanto responder a las grandes preguntas como saber plantearlas, ya que formular correctamente una pregunta implica entender la realidad en la que se vive. Si la filosofía se preguntase por el funcionamiento de los relojes en lugar de hacerlo por el sentido del tiempo, estaría haciendo la pregunta errónea, estaría demostrando que no entiende el mundo ya que estaría confundiendo lo que es esencial, el tiempo, con lo que es superficial, los relojes. En el arte de saber hacer la pregunta oportuna se encuentra implícito un entendimiento profundo del mundo y del hombre.

El carácter eterno de las cuestiones filosóficas. Además, el hecho de que las preguntas de la filosofía no tengan respuesta posibilita que la historia del pensamiento se traduzca en un diálogo atemporal, que no muere, que no se agota con el paso del tiempo. Cuando grandes pensadores como el español José Ortega y Gasset (1883-1955) hablan del entendimiento humano, de su capacidad para entender y ordenar lo real, no tiene más remedio que dialogar con Platón, con René Descartes o con Friedrich Nietzsche. Cada opinión o ciencia que trata de hacer frente a las cuestiones filosóficas tiene que enfrentarse a los conceptos y a las ideas que se han ido creando en torno a ellas en la tradición.

No tiene sentido empezar a hablar de la naturaleza humana como si nadie jamás hubiese pensado nada acerca de ella. Para tratar un tema esencial del pensamiento primero hay que tener en cuenta qué es lo que otros pensadores han dicho a propósito de él. Si un pensador pretende hablar sin más de la naturaleza humana, sin atender a los autores que lo precedieron, es muy probable que termine diciendo cosas similares a aquéllos o que emplee conceptos que no le pertenecen, que son de otros filósofos, lo que resta credibilidad a sus planteamientos.

Cada vez que un pensador ha tratado de responder a alguna de estas preguntas ha terminado creando un conjunto de conceptos, los cuales han quedado recogidos dentro de una tradición intelectual para que otros pensadores posteriores los empleen en un nuevo contexto y los desarrollen a través de nuevos matices.

Por ejemplo, Ortega y Gasset era un gran admirador del pensador alemán Martin Heidegger. Dedicó gran parte de su vida a estudiar y traducir la obra de su amigo. De estos estudios, de la traducción de la obra del pensador existencialista, surgió la palabra «vivencia». Cada vez que un filósofo emplea el concepto «vivencia» como parte fundamental de su pensamiento, lo más lógico es que haga referencia a la definición que hicieron en su momento del término Martin Heidegger y Ortega y Gasset.

Esto está relacionado con otra cuestión: la eternidad de la pregunta filosófica. Si bien es cierto que las preguntas sobre el ser o el sentido de la vida se formularon explícitamente en un momento concreto de la historia de las civilizaciones; esto no quiere decir que no existiesen antes, que el hombre no se preguntase sobre ellas. Es más, se puede afirmar que desde que el hombre es hombre, las preguntas del pensamiento se encuentran de manera latente en su existencia, formando parte de su forma de ser. Tales de Mileto (hacia 624-548 a.C.), por ejemplo, fue el primer pensador que planteó claramente la pregunta por el origen del mundo, por el elemento o la sustancia de la que parte la vida. Sin embargo, la mayoría de filósofos parece coincidir en afirmar que esa preocupación es consustancial a la naturaleza humana. El hombre, porque es hombre, no puede dejar de preguntarse por el origen de las cosas.

Las preguntas sin respuesta. La propia eternidad de las preguntas filosóficas viene en gran medida determinada por la incapacidad de la razón de responderlas. Como ya se comentó anteriormente, la respuesta definitiva a una pregunta filosófica convierte a ésta en una cuestión de las ciencias particulares y abandona el campo del pensamiento especulativo, de la filosofía.

La característica más importante de las preguntas filosóficas es pues que no pueden ser respondidas. Las cuestiones esenciales acerca del ser, Dios o el mundo jamás encontrarán una respuesta definitiva, ya que el hombre mismo es una interrogación, una pregunta viviente, y si se le restasen sus ansias por aprender, por entender, por llenar de sentido su vida, es probable que su existencia dejase de tener interés. La incertidumbre es lo que mueve la existencia; las personas viven porque necesitan, no porque tienen.

El hombre, y en consecuencia la filosofía, vive de preguntas sin respuesta. Éstas bastan por sí mismas para dotar de sentido al ser humano, ya que hacen que esté vivo, que se conozca poco a poco a través de una serie de temas fundamentales.

Los grandes temas de la filosofía

Si bien la división que hace Immanuel Kant de las áreas de la filosofía puede estar abierta a debate, suele ser habitual considerar, al menos a un primer nivel, que las preguntas fundamentales pueden ser recogidas dentro de tres áreas o asuntos: Dios, el Hombre y el Mundo. Alrededor de ellas se han ido conformando un conjunto de ramas de la filosofía como la ontología, la lógica o la ética, que abordan tales cuestiones desde diferentes puntos de vista. El número de estas subdisciplinas es indeterminado, pudiendo ser muy diferente de unos autores a otros; así, algunos afirman que se reduce a cuatro o cinco (metafísica, epistemología, axiología, lógica e historia de la filosofía) mientras que otros también toman en consideración las subcategorías de éstas y algunas actitudes básicas hacia los problemas (empirismo, racionalismo, etc.). (v. figura 2).

Esquema de las relaciones internas de la filosofía con algunas de sus subdisciplinas. Este listado, como todo esquema, es en cierta medida rígido, impidiendo que se vean en toda su magnitud los distintos enfoques así como la interrelación entre las distintas disciplinas filosóficas (caso, por ejemplo, de la epistemología y la ontología).

La metafísica

La metafísica ha sido definida por muchos pensadores como la cabeza de la filosofía. Se trata de su centro, de su órgano indispensable: sin ella, no habría pensamiento especulativo. La pregunta a la que responde la metafísica es completamente general y universal; trata de hacer frente a la naturaleza de las cosas, plantea un punto de vista desde el que abordar todo lo que existe.

Por lo tanto, se puede afirmar que la metafísica es el principio de todo pensamiento, de toda disciplina, de toda ciencia. Al igual que la ontología, a la que es prácticamente equiparable y a la que, según muchos, engloba, se pregunta por el ser de lo que hay, aunque con unos matices complejos que aún se siguen debatiendo.

Tabla 1. Las distintas preguntas elementales de la filosofía encuentran en las disciplinas que conforman la ciencia del pensamiento una perspectiva original y necesaria. Todas ellas aparecen relacionadas dentro de un gran edificio especulativo.

La metafísica, entendida como lo que está más allá de lo material, nació a partir de la ordenación de la obra de Aristóteles (384-322 a.C.), cuando se separaron los libros que trataban de la física de aquellos que trataban de cosas que ésta no podía alcanzar. En resumen, consiste en una perspectiva, en un punto de vista que trata de abarcar todo lo que hay, la totalidad de lo que existe, planteando la validez de las ciencias, la validez del ser, englobando todas las preguntas posibles bajo una misma disciplina. Aunque desde entonces, esta concepción de la metafísica se ha visto sujeta a continuas variaciones, definiciones y subdivisiones, sigue considerándose como válida.

La ontología

La ontología es la ciencia que se dedica al estudio del ser, el cual se presenta como el tema más importante al que puede hacer frente el pensamiento a pesar de estar englobado dentro de la propia metafísica. La pregunta por lo que hay se ha repetido sin descanso a lo largo de la historia, aunque desde distintas perspectivas. Así, se puede entender la pregunta desde un punto de vista religioso, lo que lleva a la teología; o desde un punto de vista gnoseológico, referido a cómo es válido conocer el ser, lo que conduce a la epistemología.

La ontología y su tema central alcanzaron uno de sus planteamientos más acertados y definitivos durante la Edad Moderna. Así, el cogito ergo sum («pienso, luego existo») de René Descartes (1596-1650) se convirtió en paradigma de la ontología de su tiempo a pesar de que ya antiguamente, había sido avanzada por otros filósofos como san Agustín. Sin embargo, la contestación de Descartes a su pregunta no significó el fin del problema ontológico. En la obra del pensador alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), se planteaba la pregunta de por qué el ser en lugar de la nada, es decir, por qué hay cosas, por qué hay algo en lugar de no haber nada. Esta pregunta, que apunta a lo más profundo de la vida, plantea la búsqueda de un origen y una razón que den cuenta de la existencia, además de la definición de qué cosas son necesarias y cuáles son accidentales en la vida. Es decir, no basta con responder a la pregunta de lo que es sino que hay que dilucidar, entre otras cosas, el por qué.

La epistemología

La epistemología, a veces conocida, no sin cierto debate, como gnoseología o teoría del conocimiento, es la ciencia que se dedica al estudio de la validez de los métodos y los conceptos empleados en cualquier disciplina científica, respondiendo a la pregunta por la licitud de las ciencias y del conocimiento que se deriva de ellas. Se puede entender como la ciencia que tiene como objeto la vigilancia de otras ciencias, el análisis de los métodos de los que hacen uso.

Monje ante el mar, de Gaspar David Friedrich. La ontología y la metafísica tienen por objeto todo lo que existe, la realidad entendida como unidad que puede ser estudiada a partir de unos conceptos básicos y universales, válidos en todo momento y lugar.

El tema del conocimiento se halla ya presente en el pensamiento de filósofos griegos como Platón, quien en su Theaetetus pone en boca de Sócrates una alegoría de pájaros enjaulados como símbolo del saber humano encerrado en la mente de la persona. Sin embargo, las elucubraciones sobre el saber no acabarían ahí y en pleno siglo xviii, como corolario de la reciente revolución científica, diversos pensadores filosofarían sobre el tema.

Un buen ejemplo de ello se encuentra en la obra del pensador alemán Immanuel Kant, quien se dedicó a analizar la manera en la que los conceptos, las ideas y las palabras humanas se relacionaban con la realidad: ¿Qué había en esas palabras de válido?, ¿cómo funcionaban con relación al comportamiento real de los objetos? De esta manera, pretendía establecer qué era científico, qué permitía ser contrastado, demostrado y en consecuencia catalogado como objetivo o cierto; y por contra qué estaba más allá de las explicaciones, qué era inválido desde un punto de vista científico.

De esta manera, las ciencias empíricas como la física son válidas desde un punto de vista epistemológico siempre y cuando se basen en datos que proceden de la observación y cuando están sujetos a la derivación o la consecuencia matemática. El funcionamiento de toda ciencia está regulado por unos principios epistemológicos básicos. Por otro lado, disciplinas como la metafísica no pueden ser entendidas de la misma manera que las ciencias objetivas, ya que no parten de la observación, de los datos que llegan al hombre a través de los sentidos, lo que hace que tenga una validez epistemológica distinta.

La lógica

La lógica es la disciplina filosófica que se dedica al estudio del discurso demostrativo, a estudiar la validez formal de los juicios y los argumentos ya que, a través de la relación entre éstos es posible saber si algo es verdadero o falso. Se trata de una de las ciencias más importantes dentro del mundo del pensamiento, ya que sirve para validar, para dar coherencia a cualquier forma de discurso. Así, las ciencias tienen que basarse casi continuamente en la coherencia interna de sus enunciados, lo que quiere decir que cada afirmación debe relacionarse con las demás de una manera lógica.

Por ejemplo, en la siguiente secuencia de enunciados se da una relación lógica:

  • Todos los hombres son mortales

  • Juan es un hombre

  • Luego Juan es mortal

Las dos primeras frases son los antecedentes o las premisas, ya que muestran las condiciones generales dentro de las cuales se demuestra que Juan es mortal. La tercera frase es la conclusión, el caso particular que es demostrado lógicamente gracias a la primera premisa, que es de carácter universal, y a la segunda, que sirve como forma de enlace entre lo universal (todos los hombres) y lo particular (este hombre, Juan).

La lógica es tan antigua como la filosofía, ya que el mismo pensamiento se basa en sus reglas. Sin embargo, se puede considerar a Aristóteles (384-322) como el primer pensador que se dedicó a analizar de manera explícita la forma en la que funciona el pensamiento. Posteriormente, durante la Edad Media y los inicios de la modernidad, los filósofos se dedicaron a cultivar y desarrollar las propuestas aristotélicas, que posteriormente fueron transformadas por los lógicos contemporáneos, dando lugar a nuevas formas de coherencia.

La ética

La ética es la disciplina filosófica que se dedica a responder a la pregunta sobre el comportamiento del ser humano, al «deber ser» del hombre. El sujeto de la filosofía, el hombre, es concebido como un ser que se caracteriza por su libertad de actuación. A diferencia de otros seres, no parece estar determinado en su comportamiento, es libre para elegir qué es lo que debe hacer. En el seno de esta libertad es donde aparece la pregunta por el deber ser, por el comportamiento.

La ética se basa en un conjunto de nociones fundamentales que parten siempre del reconocimiento de la libertad, puesto que sin ella no es posible hablar de ética, y en consecuencia tampoco del bien, del mal o de la felicidad, sus tres grandes temas.

Así pues, la ética es la disciplina que se dedica a estudiar qué es lo bueno y qué es lo malo en la vida humana, partiendo del hecho incontestable de su libertad. La filosofía como ética se basa en unos principios básicos, en una descripción de cómo es lo real y cómo es el hombre, para derivar de ellos un comportamiento adecuado.

Por ejemplo, en la ontología de Aristóteles, cada cosa debe ocupar un lugar concreto en el mundo, un lugar natural en el que debe permanecer: el aire debe estar en el cielo y la tierra en el suelo. De la misma manera, el hombre debe ocupar la posición que le corresponde dentro del mundo para ser feliz. Debe hallar su perfección siendo fiel a su naturaleza, sin ir nunca más allá de ella, buscando el término medio, donde radica la perfección y la felicidad.

La antropofilosofía

La antropofilosofía por su parte se dedica a responder qué es el hombre. A diferencia de la antropología, busca las respuestas no en los datos que ofrecen los estudios arqueológicos o sociológicos, sino en una concepción global de la realidad, en una concepción filosófica, especulativa, del hombre.

Es decir, mientras la antropología parte de datos particulares, observables y circunstanciales, la antropofilosofía emplea ideas generales, universales, principios lógicos. Por ejemplo, para Friedrich Nietzsche (1844-1900), el hombre es sobre todo voluntad de poder, es ansia de vida y de lucha; y no porque haya observado la historia o el comportamiento de éste o aquel hombre, sino porque su análisis de la realidad lo ha llevado a esa conclusión. Será en una fase posterior del pensamiento filosófico cuando se busquen casos particulares para dar mayor verosimilitud a las ideas generales.

La estética

La estética puede ser entendida de dos maneras. De un lado como la respuesta a la pregunta por la belleza, por la relación entre el hombre y lo bello; por otra, como el estudio de la relación entre el hombre y su cuerpo, entre el pensamiento y lo que procede de los sentidos. Sin embargo, lo más habitual es entender la estética en su sentido artístico, como el análisis de la relación que se establece entre el ser humano y la belleza, más concretamente entre el ser humano y el arte. En este sentido, esta disciplina de la filosofía se pregunta qué es lo bello y por qué; por qué aparece como tal y qué implicaciones conlleva la idea de belleza.

Apolo del Belvedere, escultura obra de Antico. El dios griego fue considerado como paradigma de la belleza, a cuyo estudio se dedica la estética pero no centrada en la producción artística sino en la relación entre ella y la realidad.

Por ejemplo, para la estética del pensador pesimista Arthur Schopenhauer (1788-1860) lo bello es aquello que hace que el hombre capte la idea, lo que escapa al espacio y al tiempo, lo eterno, lo verdadero; y esa percepción de lo bello supone una liberación del dolor de la existencia. Así pues, la estética no aparece como un simple análisis de cuadros y novelas, sino que resulta una compleja puesta en relación de la belleza y la realidad.

La teodicea y la teología

La teodicea es la disciplina filosófica que tiene como objeto responder a la pregunta por la naturaleza moral de Dios. Como ciencia nació en un momento concreto y gracias a la obra de un autor particular, Leibniz, quien planteó una serie de preguntas fundamentales en torno a la naturaleza divina: ¿cómo es posible que Dios permita la existencia del mal si es omnipotente? Si Dios decide cómo es cada hombre, ¿qué libertad hay en la acción humana?

La teodicea como ciencia fue rápidamente sustituida por otras disciplinas similares, que recibieron otros nombres a pesar de que seguían buscando las mismas respuestas.

La teología por su parte es una forma de filosofía más antigua que la teodicea, y se dedica asimismo al estudio de la naturaleza de Dios, aunque centrándose de manera más explícita en su existencia y en sus atributos, sin remarcar sus caracteres morales.

Análisis de textos

Immanuel Kant: –Crítica de la razón pura

La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana.

En esta perplejidad cae la razón sin su culpa. Comienza con principios, cuyo uso en el curso de la experiencia es inevitable y que al mismo tiempo se halla suficientemente garantizado por ésta. Con ello elévase (como lo lleva consigo su naturaleza) siempre más arriba, a condiciones más remotas. Pero pronto advierte que de ese modo su tarea ha de permanecer siempre inacabada porque las cuestiones nunca cesan; se ve pues obligada a refugiarse en principios que exceden todo posible uso de la experiencia y que, sin embargo, parecen tan libres de toda sospecha, que incluso la razón humana ordinaria está de acuerdo con ellos. Pero así se precipita en obscuridades y contradicciones; de donde puede colegir que en alguna parte se ocultan recónditos errores, sin poder empero descubrirlos, porque los principios de que usa, como se salen de los límites de toda experiencia, no reconocen ya piedra de toque alguna en la experiencia.

Texto 1. Según Kant, la razón humana debe enfrentarse a preguntas que sabe que no tienen respuesta.

René Descartes: –El discurso del método

Tiempo ha que había advertido que, en lo tocante a las costumbres, es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, y esto se ha dicho ya en la parte anterior; pero, deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar la verdad, pensé que debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.

Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.

Texto 2. Razonamientos sobre el ser en la obra de Descartes.

Platón: –Theaetetus

Sócrates: Tengamos en consideración si el conocimiento es algo que usted puede poseer como es el caso de un hombre que ha capturado distintos pájaros o pichones silvestres y los guarda dentro de una jaula que él ha construido para ellos y que tiene en su casa.

En cierto sentido podemos decir que «los tiene» todo el tiempo en la medida que los posee ¿no es así?

Theaetetus: Sí.

Sócrates: Pero desde otro punto de vista él no tiene a ninguno de ellos, a pesar de que tiene el control de dichos pájaros, en la medida que los mantiene enjaulados y cautivos dentro de límites que él mismo ha establecido.

Theaetetus: Es así.

Sócrates: Supongamos ahora que cada mente contiene un tipo de jaula con pájaros de distintas clases, algunas agrupadas por separadas del resto, otras en pequeños grupos, y otras en estado solitario, que vuelan entre ellas en cualquier dirección.

Theaetetus: Está bien, ¿y qué pasa con esto?

Sócrates: Cuando nosotros somos bebés podemos suponer que este receptáculo está vacío, y consideramos a los pájaros como pequeños pedazos de conocimiento. Cuando cualquier persona adquiere una parte de un conocimiento en particular y lo encierra dentro de un enclave que él mismo ha desarrollado, podemos decir que él ha aprendido o descubierto algo siendo ello el conocimiento, y ése es el significado del conocimiento.

Texto 3. El conocimiento según Platón.

Aristóteles: – Ética

Sin embargo, en las conversaciones y en el trato diario, en la comunicación verbal y en los negocios, hay algunos que se quieren mostrar tan apacibles, que por contentar al prójimo, alaban todas las cosas y no le contradicen en nada; más bien les parece que conviene mostrarse dulces en su trato con quienquiera. Otros, por el contrario, a los que llamaremos insufribles y amigos de contiendas, creen que deben contradecirlo todo, sin tener en cuenta si en algo dan pena. Es, pues, cierto y manifiesto que las ya comentadas condiciones son dignas de ser reprendidas, siendo el término medio, digno de alabanza, conforme a lo cual admitiremos lo que conviene y como conviene, y de la misma manera, también lo refutaremos.

Esta virtud, pues, no tiene nombre propio pero se asemeja en mucho a la amistad porque el que la posee, es tal cual queremos entender y decimos de él que es hombre de bien y amigo, añadiendo junto con ello la afición. Pero difiere esta virtud de la amistad en esto: que ésta no muestra pasión o afecto hacia el otro ya que ni por afecto ni por odio acepta cada cosa como debe, sino por ser aquello de su condición.

Texto 4. Fragmento sobre las virtudes y defectos del ser humano según Aristóteles.

Miguel de Unamuno: –El sentimiento trágico de la vida

Homo sum; nibil humani a me alienum puto [soy hombre y nada de lo humano me es ajeno], dijo el cómico latino. Y yo diría más bien: Nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el adjetivo sustantivo, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo muere–, el que come, y bebe, y juega, y duerme, y piensa, y quiere: el hombre a quien se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.

Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y que es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda (...), el contratante social de Rousseau, el homo oeconomicus de los manchesterianos, el homo sapiensi, de Lineo, o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí, ni de esta época o de la otra; porque no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir, un no hombre.

El nuestro es el otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío: aquel otro de más allá, cuantos pisamos sobre la tierra.

Y este hombre concreto, de carne y hueso, es el sujeto y el supremo objeto a la vez de toda filosofía, quiéranlo o no ciertos sedicentes filósofos.

Texto 5. El pensador español Miguel de Unamuno concibió al hombre como un ente real, alejado de las abstracciones propias de los pensadores metafísicos.

Wilhelm Leibniz: –Ensayos de teodicea

Los hombres han estado casi todo el tiempo turbados por un sofisma que los antiguos llamaban la razón perezosa, porque conducía a no hacer nada y a no tener cuidado por nada, y a no seguir más que la inclinación de placeres inmediatos. Pues, se decía, si el porvenir es necesario, lo que tenga que llegar llegará haga lo que haga. [… ] La idea mal entendida de la necesidad, siendo empleada en la práctica, ha dado lugar a lo que yo llamo fatum mahometanum, el destino a la turca: ya que a los turcos se les imputaba el no evitar los peligros, e incluso no abandonar los lugares infectados por la peste, en base a razonamientos parecidos a los que acabamos de exponer.

Texto 6. La libertad del hombre y la predestinación según Leibniz.