La historia de la filosofía

La historia de la filosofía ha corrido paralela a la historia de la humanidad y a sus avances sociales y científicos, a sus grandes conflictos y a sus personajes más notables; esto hace que no se pueda hablar de una historia del pensamiento al margen del mundo. Hablar de la historia de la filosofía es pues hablar también de la historia del mundo.

A pesar de que los grandes temas de la filosofía sean en cierta medida atemporales, eternos, comunes a cualquier momento y lugar; cada corriente filosófica, cada manera de entender esas preguntas, se ha desarrollado a partir de unas circunstancias históricas concretas. De esta manera, en los periodos de esplendor científico, el pensamiento se ha caracterizado por el desarrollo de planteamientos analíticos y racionalistas; en las etapas históricas en las que se han producido convulsiones políticas y sociales, la filosofía se ha centrado más en la ética, en el estudio del comportamiento humano, y se ha basado mayormente en los principios de libertad, más cercanos a la irracionalidad; y cuando alguna catástrofe ha asolado alguna parte del planeta, el pensamiento se ha vuelto pesimista y sensible, existencialista y crítico.

La solidaridad entre la esfera del pensamiento y el ámbito vital es tal que la filosofía aparece en su dimensión histórica como uno de los síntomas, los reflejos o las consecuencias más sugerentes de la vida humana. Cada gran teoría filosófica se halla presente tanto al principio como al final de los procesos históricos, marcando una idea inicial del mundo y una idea que lo clausura, que dice cómo será la nueva realidad que está por venir.

Los grandes periodos filosóficos

La historia de la filosofía no es homogénea y lineal, no puede ser entendida como un simple proceso que avanza hacia algún sitio determinado. Bien al contrario, la ciencia del pensamiento actúa en la historia de manera recurrente y cíclica. En determinados momentos se hace uso de ideas que ya se emplearon en periodos anteriores, probablemente porque las inquietudes de las distintas civilizaciones son similares.

Los grandes temas del pensamiento se repiten en la historia, haciendo de la filosofía una ciencia recurrente y cíclica. El pensamiento contemporáneo se asemeja para muchos filósofos al antiguo por su carácter esencial.

Por ejemplo, a pesar de que haya más de veinte siglos de distancia histórica, muchos pensadores e historiadores ven algunas similitudes entre la filosofía presocrática y la filosofía de principios del siglo xx. Martin Heidegger (1889-1976), existencialista alemán que marcó una de las cumbres del pensamiento contemporáneo, dedicó por ejemplo, muchos de sus estudios a analizar las categorías y las ideas que dieron origen al pensamiento, como si el siglo xx plantease en cierta medida una situación similar a aquella.

Sin embargo, aunque la historia de la filosofía no pueda entenderse como un proceso lineal y homogéneo, a pesar de que esté llena de miradas al pasado, avances y grandes rupturas, se pueden identificar cuatro periodos elementales (antigua, medieval, moderna y contemporánea), dentro de los cuales se inscriben y desarrollan las principales corrientes del pensamiento. Estos cuatro periodos deben ser entendidos a partir de unas circunstancias políticas, sociales, económicas y científicas determinadas.

La filosofía antigua o clásica

Grecia es la cuna de la civilización occidental. En sus calles y plazas se desarrolló el primer pensamiento filosófico, gracias en gran medida al esplendor político y comercial. En la imagen, La Acrópolis de Atenas, de Leo von Klenze.

La filosofía antigua se desarrolló durante el periodo histórico comprendido entre la aparición de las primeras civilizaciones complejas y el inicio de la Edad Media. Desde un punto de vista geográfico, abarca territorios y países distintos como la India, Mesopotamia o Grecia; a pesar de que este último sea tomado como base geográfica y cultural del pensamiento de Occidente.

La filosofía clásica griega nació en unas circunstancias culturales y económicas muy ricas. Gracias a su situación privilegiada dentro del mar Mediterráneo, cuna de grandes civilizaciones, Grecia se convirtió rápidamente en el centro del mundo antiguo, extendiendo su cultura por las costas italianas (Magna Grecia) o las del Asia Menor. En este contexto, tratado ya en el tomo Evolución de esta misma obra, se creó una forma de gobierno democrática en la que se generaron ideas profundas en torno al sentido de la existencia y la naturaleza.

Los griegos se caracterizaron además por su arte, que fue marcadamente intelectual. El teatro en general y la tragedia en particular funcionaban como una especie de rito de liberación en el que el hombre se enfrentaba a su destino a través de personajes dramáticos, que luchaban contra los grandes padecimientos de la vida.

A partir de esta brillante cultura surgieron los primeros pensadores, que se dedicaron al desarrollo de una filosofía de la naturaleza, agrupándose en escuelas que debatían en las plazas de Atenas, aprovechando el clima cálido y la presencia del mar.

Los presocráticos. Los primeros filósofos griegos fueron conocidos como presocráticos debido a que maduraron su pensamiento antes de la irrupción del primer gran pensador de la historia de la filosofía, Sócrates (hacia el 470-399 a.C.). Su actividad se caracterizó por la búsqueda de un principio o arché que explicase cómo funcionaba la naturaleza, cómo se producía el cambio y por qué. Además de dedicarse al pensamiento especulativo, los presocráticos fueron también grandes matemáticos y científicos.

Ágora romana de Atenas. El ágora o plaza se convirtió en el principal escenario de los debates entre filósofos de la antigüedad; muchos de estos debates se convertían en verdaderos espectáculos públicos en los que los espectadores aplaudían los argumentos de los intervinientes.

Entre ellos cabe destacar a Tales de Mileto (hacia el 624-548 a.C.), que se presenta como uno de los primeros pensadores conocidos de la historia; Pitágoras (hacia el 582-500 a.C.), creador de una importante escuela de matemáticos; Heráclito (hacia el 535-470 a.C.) y el «italiano» Parménides (nacido hacia el 515 a.C.), dos pensadores que plantearon las primeras preguntas metafísicas radicales en la historia del pensamiento: qué es el ser y por qué existen el cambio y la multiplicidad.

Sócrates, Platón y Aristóteles. Con la llegada del periodo de mayor esplendor cultural en Grecia aparecieron los tres pensadores más importantes de la filosofía antigua. Su importancia es tal, que se puede afirmar que fueron ellos los que crearon en gran medida lo que se entiende como Occidente, la forma de pensar y entender el mundo en Europa.

La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David. Considerado como el primer gran filósofo de la historia, Sócrates se vio obligado a beber veneno bajo la acusación de haber ofendido a los dioses con sus proclamas.

Del ateniense Sócrates (hacia el 470-­399 a.C.) se conoce muy poco, ya que se dedicó sobre todo a la transmisión oral de sus ideas y no parece haber escrito libro alguno. Todo lo que se sabe de su pensamiento se debe a las obras de su mejor alumno, Platón, quien hizo de su maestro el personaje central de sus Diálogos. Sócrates fue un personaje incómodo para los políticos griegos, ya que desafiaba el sentido común del pueblo planteando preguntas incómodas. Esta actitud le conduciría definitivamente a ser condenado por las autoridades de su ciudad natal a muerte por envenenamiento.

El discípulo de Sócrates, Platón (428-347 a.C.), fue el creador de las ideas metafísicas más importantes de la historia del pensamiento, ya que los periodos sucesivos no pudieron sino replantear una y otra vez lo que Platón había escrito en sus obras. El pensamiento de Platón se articula a través de una metafísica fundamental en la que describe un mundo dividido en dos realidades: la de las ideas y la de las apariencias. En la primera se desarrolla la auténtica realidad, la del pensamiento; mientras que en la otra sólo se pueden encontrar apariencias, el mundo de los instintos, los cambios y la muerte. De esta división de lo real, conocida como «la teoría de las ideas», Platón derivó tanto una ética como una sociedad política perfecta que era gobernada por el filósofo, único ciudadano que es capaz de acercarse a la verdad, la bondad y la belleza.

Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) fue a su vez el discípulo de Platón, del que tomó en principio muchas ideas para luego desarrollarlas dentro de un ámbito más científico y objetivo, ligado a la naturaleza, la lógica y el sentido común. Se puede decir incluso que Aristóteles fue uno de los primeros en plantear el pensamiento desde un punto de vista analítico, como disciplina científica, y no como relato simbólico de la realidad.

Los tres grandes pensadores de la antigüedad, Sócrates, Platón y Aristóteles, hicieron que la filosofía pasase del mito y de las estructuras literarias a la formalidad y la precisión científicas.

Hay que tener presente que Platón articuló su pensamiento a través de diálogos, de obras muy literarias en las que distintos personajes cambiaban impresiones haciendo uso de metáforas y relatos. Aristóteles, por el contrario, empezó a utilizar un lenguaje más preciso y científico, en el que se empleaban conceptos e ideas abstractas. El estagirita, como se le conoce en virtud de su lugar de nacimiento, se dedicó sobre todo al estudio de la naturaleza y a la creación de una ontología, análisis sistemático del ser, desarrollando para ello la primera lógica compleja. Cabe destacar entre sus teorías más relevantes la del acto y la potencia, que sirvió para explicar cómo es posible la existencia del cambio, de lo posible y de lo que es efectivo.

El pensamiento medieval

Tras la decadencia del Imperio romano, se impuso un nuevo paradigma religioso, filosófico, cultural y económico en toda Europa. La vida y muerte de Jesucristo consiguió cambiar para siempre el aspecto filosófico de Occidente; los cristianos crearon una nueva concepción de la realidad, que pronto se tradujo en un nuevo sistema social en el que la vida giraba en torno a los monasterios y las iglesias.

El pensamiento medieval huyó del debate público en las plazas urbanas y se refugió entre los muros de los monasterios rurales como el de Malmerbury, Inglaterra (en la foto) o en las salas capitulares catedralicias. Allí se desarrolló un pensamiento de marcado carácter religioso, derivando en la evolución de la teodicea y la teología.

El vitalismo y la democracia de los griegos dio así paso a un mundo limitado culturalmente, en el que sólo los sacerdotes y los monjes tenían acceso a los libros y a la cultura. De esta manera, la filosofía dejó de pertenecer al pueblo y a los pensadores laicos para convertirse en un lujo del que sólo podían disfrutar los pensadores religiosos. Esta situación se prolongó durante más de ocho siglos, llenando toda Europa de grandes edificios religiosos, en los que se desarrollaba toda la cultura.

La escolástica. El pensamiento que surgió de esta situación social, intelectual y económica se conoce como escolástica, y se caracteriza por el estudio sistemático de las obras de Platón y Aristóteles, interpretadas y modificadas para que se adaptasen a los dogmas de la Iglesia católica. El principal problema al que se enfrentaban los principales pensadores de la escolástica era que ni Platón ni Aristóteles habían hablado explícitamente de ningún dios. Es decir, no eran autores religiosos de manera explícita, ya que sólo hablaban de categorías abstractas como «principio», «verbo», «idea» o «inteligencia». Por ello, el gran mérito de pensadores como santo Tomás de Aquino (1225-1274) fue su capacidad para interpretar a los autores clásicos como si en sus obras hubiese alusiones directas al pensamiento cristiano.

El triunfo de santo Tomás de Aquino, del italiano Benozzo Gozzoli. Santo Tomás fue el más preclaro representante de la escolástica medieval, una corriente filosófica que buscaba adaptar el pensamiento de los clásicos a las necesidades religiosas del cristianismo.

La interpretación de Platón. En el caso de Platón, la interpretación religiosa llevada a cabo por san Agustín de Hipona (354-430) no fue tan difícil, ya que la teoría de las ideas era muy similar a la filosofía cristiana: existían dos mundos, uno material y otro espiritual. El mal tenía su origen en la carne, en el cuerpo, en la materia, mientras que la salvación estaba en la renuncia al mundo ordinario, al pecado y al cambio. Tanto el pensamiento cristiano como el pensamiento platónico entendían el cuerpo como un error, y la vida terrenal como un mero paso hacia la vida futura. Asimismo, y a pesar de que Platón no hubiese hablado explícitamente de un dios, su idea de bien supremo como máxima expresión de la perfección y la belleza era muy similar a la idea de lo divino.

La interpretación de Aristóteles. En el caso de la interpretación religiosa de Aristóteles, la escolástica en general y Santo Tomás de Aquino en particular tuvieron que enfrentarse a un conjunto de conceptos e ideas netamente agnósticos. El pensamiento del estagirita sólo giraba en torno a una inteligencia pura de la que participaban los hombres, una inteligencia pura que movía el mundo y dotaba de forma a lo material. Además, Aristóteles siempre negó la existencia de dos planos vitales, huyendo así del dualismo platónico, e hizo que el mundo terrenal se convirtiese en el escenario en el que se producían todas las circunstancias existenciales.

Sin embargo, el talento especulativo de los escolásticos dio con una solución interesante y novedosa de gran relevancia filosófica. Dios empezó a ser planteado como inteligencia, como verbo, como palabra que daba sentido y forma a la realidad; y en lo que se refiere al hombre, su inteligencia, su alma, era una forma de participar de la divinidad. En cierto sentido se intelectualizó la religión y se definieron las razones lógicas de las que se derivaba la existencia de Dios.

La modernidad

A partir del siglo xv, Europa se vio sujeta a unos profundos cambios sociales, económicos y culturales que condujeron la filosofía a una nueva situación, radicalmente distinta a la medieval. Los comerciantes desarrollaron su economía al margen de la vida religiosa, dando lugar a nuevas clases sociales que comenzaron a intervenir en el gobierno de las ciudades. Por otro lado, éstas comenzaron a tener una vida propia, laica, ajena a la que antiguamente se desarrollaba en torno a los monasterios. Por otro lado, la nueva situación económica favoreció los grandes viajes a zonas desconocidas del planeta, dando lugar a importantes descubrimientos como el de América.

De todo ello resultó un esplendor intelectual y una nueva ciencia que pasó de acatar los dogmas católicos a generar su propia visión autónoma de la realidad. En este contexto, la filosofía dejó de centrar su actividad en la demostración de la existencia de Dios para fijarse muy particularmente en la ciencia, y de la teología se pasó a la epistemología y a la ontología. Dos fueron las principales corrientes que inauguraron este nuevo paradigma intelectual: el racionalismo y el empirismo.

El racionalismo y el empirismo. A la hora de estudiar el funcionamiento de la mente, de explicar cómo se obtienen datos seguros acerca del mundo, hubo dos vertientes enfrentadas. La primera, la racionalista, acentuaba la capacidad del pensamiento para generar ella misma la realidad. René Descartes (1596-1650), el más importante de los racionalistas, afirmaba que la mente poseía ideas innatas, ideas puras que no dependían de ninguna circunstancia, y que por lo tanto eran válidas universalmente, eran ciertas en todo momento y lugar.

Del otro lado, el empirismo de John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776) acentuaba la importancia de la experiencia, afirmando que la mente se limitaba a recoger datos y a ordenarlos, sin alcanzar con ello ninguna verdad eterna, ningún conocimiento científico y válido.

Las dos posturas pasaron a fundamentar el conocimiento del mundo y la ética en las facultades humanas, con lo que Dios quedaba marginado de la evolución moderna del pensamiento, la cultura y la ciencia. Sin embargo, ambas corrientes eran demasiado extremas, puesto que acentuaban uno de los polos de la realidad (mente-realidad) y negaban la importancia del otro.

El racionalismo crítico de Immanuel Kant. En el seno de esta discordia el pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804) marcó un nuevo paradigma intelectual basado en el empleo crítico de la razón. A través de una magnífica capacidad analítica mostró la manera precisa en la que se comportaban la mente y el mundo. Así, ni el pensamiento generaba por sí mismo el mundo ni la realidad dependía sólo de lo externo, de lo sensible.

Para el idealismo trascendental kantiano, el mundo era la suma de los datos que ofrece la realidad y de la forma de operar del intelecto. A través de los sentidos la mente recibía los datos fundamentales acerca del mundo; luego ésta los ordenaba y los dotaba de sentido gracias a unas categorías innatas, válidas en cualquier momento o lugar.

Por otro lado, Kant terminó de encumbrar la razón y la libertad humanas como las formas más perfectas de la existencia, anticipando el pensamiento del siglo xix.

Entre los siglos XVI y XIX, la religión fue abandonada como elemento para explicar el mundo y la filosofía pasó a debatir el papel que jugaban la razón, la experiencia y los sentidos en el conocimiento de las realidades.

El idealismo y el romanticismo. Los desórdenes políticos que se produjeron en Alemania y en Francia a finales del siglo xviii y principios del xix dieron lugar a una filosofía revolucionaria, que partía de los planteamientos kantianos pero que radicalizaba la libertad de la razón, su capacidad para transformar el mundo.

Los idealistas, con Georg Wilhelm Hegel (1770-1831) a la cabeza, proclamaban la omnipotencia de la razón, que aparecía como el nuevo dios que ya no sólo ordenaba lo real, sino que también lo generaba. Con el idealismo, la historia del mundo no es sino la historia del pensamiento que, poco a poco, consigue imponerse a la naturaleza, haciendo que las ideas se vuelvan materiales, reales. Un ejemplo de esto son las naciones, que no son sino ideas grupales que han logrado dominar la naturaleza, que han logrado imponerse sobre las dificultades de la existencia.

Mientras los idealistas proclamaban la omnipotencia de la razón, autores románticos como Arthur Schopenhauer (1788-1860) comenzaron a hablar de lo irracional, de la impotencia de la razón para abarcar todo lo que hay, a hablar del cuerpo, la poesía o el arte como elementos fundamentales de la existencia.

La filosofía de la sospecha: Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. La era dorada de la razón tocó a su fin con el siglo xix. El desarrollo de importantes conjeturas científicas y antropológicas como la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin (1809-1882) mostraron que el hombre era un animal más, que no era un ser que se limitase a pensar y a crear el mundo. Esta nueva situación de desencanto encontró en la obra de tres grandes pensadores su máxima expresión, dando lugar a un punto de inflexión dentro de la primera modernidad e inaugurando la contemporaneidad.

Así, si Karl Marx (1818-1883) redujo el pensamiento, la razón, a una simple consecuencia del estado económico y material; Friedrich Nietzsche (1844-1900) afirmó que el pensamiento era en realidad una herramienta para dominar, para imponerse y Sigmund Freud (1856-1939) demostró que el pensamiento partía en gran medida de lo irracional, de los instintos, y no del cálculo y la lógica. Con ellos, la filosofía entró en el siglo xx con las ideas de Dios, Hombre y Mundo completamente deshechas, vacía de ideales y fundamentos, dando lugar a un nuevo paradigma que dura hasta la actualidad: la posmodernidad.

Los maestros de la sospecha acabaron en gran medida con los sueños de la Ilustración, ya que atacaron frontalmente los conceptos sobre los que aquella se erguía: razón, historia, sujeto o progreso.

La contemporaneidad: la posmodernidad

Gran parte del siglo xx se dedicó al desarrollo de las ideas planteadas por Nietzsche y Marx. Se asumió la decadencia de la modernidad y se quiso ver en las grandes catástrofes humanas como las guerras mundiales y el holocausto judío la confirmación de lo que Nietzsche había afirmado: Dios había muerto y la razón era un engaño.

Los pensadores existencialistas como Martin Heidegger (1889-1976) o Jean-Paul Sartre (1905-1980) propusieron el estudio del hombre desde una perspectiva menos racional, basada en elementos metafísicos como la existencia, el mero hecho de ser en el mundo sin sentido, sin orden ni esperanza. La Escuela de Frankfurt, por otro lado, proclamó la lucha contra las ideas heredadas de la modernidad, de Kant o de Hegel, afirmando que el planeta estaba siendo saqueado por culpa del empleo indiscriminado de la razón. Sin embargo, otros pensadores afirmaron que la modernidad no había sido un error en lo que se refiere a su concepción, sino que había sido llevada a cabo con torpeza. En este extremo destaca la obra de Jürgen Habermas (nacido en 1929), quien propone una razón basada en el diálogo y en el entendimiento.