La razón y la fe

El hombre de las civilizaciones industrializadas vive cómodamente asentado sobre los productos de sus fábricas, junto a sus coches, frente a sus televisores, con la certeza de que las ciencias y la tecnología le ofrecen todas las soluciones prácticas que cree necesarias. Hasta que un hecho inesperado viene a sacarlo de su confianza en el progreso.

La ciencia ha asegurado hasta cierto punto su bienestar cotidiano, pero no puede protegerlo de situaciones límite como una catástrofe natural o la desaparición de un ser querido. Cuando se producen estas situaciones, el hombre se ve sumido en una sensación de inseguridad, de desamparo; siente que no es apenas nada, y que debe existir necesariamente algo superior a él, una realidad que no es capaz de entender, que le da y le arrebata su vida y todo cuanto posee y ama.

A pesar de los avances científicos, el hombre actual necesita alguna explicación que supere las soluciones temporales que le ofrece la ciencia. Estas explicaciones deben responder al porqué de la existencia y al porqué de la muerte, deben girar en torno al tremendo misterio sobre el que avanza su vida. Dicho misterio, al que muchos llaman Dios, requiere un acercamiento especial. ¿Se puede conocer a Dios utilizando únicamente la razón o es necesario emplear una facultad completamente diferente?

La razón y la fe recorren de lado a lado la historia de la humanidad y la de sus relaciones con lo sagrado. En algunas ocasiones se han opuesto, en otras se han subordinado entre sí y en otras han recorrido caminos completamente distintos. El problema de la relación entre la razón y la fe se presenta como un elemento clave para entender la naturaleza del ser humano y su relación con Dios.

Escena portuaria con Ulises partiendo de la tierra de los feacios, de Claude Lorrain. La razón nació como una forma de afrontar la realidad que pasaba por negar la arbitrariedad de los mitos, que explicaban lo real a través de fábulas y narraciones poéticas.

Los conceptos de razón y de fe

Para comprender el alcance de la relación entre los conceptos de razón y fe, antes es necesario analizar el sentido de cada uno de ellos por separado.

La razón

El concepto razón tiene su origen en un vocablo latino que significa «cálculo», que a su vez procede del término griego «logos» que significa «palabra». La razón es en sus orígenes una facultad que sirve para conocer la realidad a través del diálogo, en oposición a otras formas de conocer la realidad que se basan en el uso de los sentidos o de la imaginación, como sucede con los mitos y las narraciones.

Los pensadores antiguos iniciaron con esta manera de entender la razón una tradición que llega hasta la actualidad, y que consiste en pensar que lo que define esencialmente al hombre es el uso de la racionalidad. El ser humano se presenta así como un ser racional. Mientras los animales se mueven basándose en los instintos, el hombre es capaz de abstraer, pensar, conocer y juzgar. Como animal racional, termina impregnando toda su realidad con la razón.

La importancia de la razón se debe a que gracias a ella el sujeto puede preguntarse por el sentido de su realidad, de aquello con lo que se enfrenta cada día en su vida. Dar razón de un fenómeno es explicar por qué sucede, dónde tiene su origen y cuál es su sentido.

La razón, al igual que la fe, también se plantea la existencia de Dios y llega a exigir su existencia. El hombre analiza racional, lógicamente, el mundo al que pertenece, que lo rodea, y llega a la conclusión de que no puede ser él mismo el que se haya dado la existencia, puesto que se reconoce limitado e imperfecto.

Tiene que existir necesariamente un Dios que lo haya hecho, un Dios que lo haya creado tanto a él como al mundo al que pertenece, una inteligencia superior y perfecta que pueda dar razón de todo lo que hay.

Cuando el pensamiento trata de entender a Dios, no tiene más remedio que aceptar una serie de cualidades en Él sin las cuales sería inconcebible, contradictoria, su existencia. Esas cualidades son, por tanto, exigencias de la razón, atributos que se deducen lógicamente de lo que se piensa que debe ser un creador.

Como señala René Descartes en sus Meditaciones metafísicas, el Creador debe ser necesariamente infinito: frente a la limitación de lo que existe, él mismo debe ser ilimitado. También debe ser eterno, puesto que no puede existir nada anterior que lo haya creado a él, ya que si debe su existencia a otro ser no puede ser considerado como el Creador supremo; y también debe ser omnipotente y omnisciente, ya que si todo lo que existe responde a su voluntad, tiene que ser capaz de estar en todos los sitios y debe ser asimismo consciente de todo lo que sucede.

La fe

Desde su origen en las culturas clásicas, el concepto de fe ha variado sustancialmente a lo largo de los tiempos. En el mundo cristiano de la Edad Media se centró esencialmente en el mensaje bíblico, pero a partir de la Edad Moderna se produjo una simbiosis entre el razonamiento filosófico y el sentimiento religioso.

La fe en el mundo clásico. Como otras muchas manifestaciones del pensamiento, el concepto de fe también tiene su origen en el mundo clásico. Los griegos y los romanos lo utilizaron para referirse muy concretamente a la confianza que se deposita en otra persona. Tener fe no era otra cosa que fiarse de los demás, por lo que era un término que estaba muy ligado al concepto de amistad y de fidelidad.

Los Estados griegos y el Imperio romano consideraban que la fe era un elemento fundamental para la solidez de sus gobiernos. Sólo a través de la confianza mutua se podía dar estabilidad a una polis determinada o a un imperio que se extendía a lo largo de innumerables regiones. Muchos pensadores antiguos, como Jenofonte, afirmaban que no había nada más miserable que no confiar en los demás, que no tener fe, que estar solo.

La fe bíblica. Junto a la fe como confianza en el otro se encuentra la fe bíblica, la religiosa, que se basa en la creencia en que se puede confiar el sentido de la existencia a la verdad revelada que contienen las Escrituras. Se confía tanto en el contenido de los libros sagrados como en que su mensaje procede directamente de Dios.

Le fe como «espera». San Pablo hizo célebre entre los teólogos posteriores la concepción de la fe como «espera», entendida ésta como la espera de aquellas cosas que el hombre desea, que convencen al ser humano aunque no pueda verlas, de las que no tiene ningún tipo de experiencia ni certeza racional.

El concepto de fe sufrió una importante evolución desde sus orígenes en el mundo clásico hasta su reformulación en el mundo moderno a través de la filosofía. Sin embargo, el sentido que ha prevalecido por encima de todos los demás es el de san Pablo, quien habla de la fe como «espera».

Según santo Tomás de Aquino, a través de la fe como «espera» lo eterno, lo divino, entra en la mente del ser humano. Lo sagrado se hace presente en lo cotidiano mediante el deseo y la confianza en un Dios que no deja al hombre abandonado a las miserias de la existencia.

Esta evidencia en la espera escapa a las leyes del entendimiento. No existe ninguna razón lógica que garantice su cumplimiento, y sin embargo el creyente confía. No existe ninguna evidencia que confirme la existencia de una vida más allá de la mundana, de la terrenal; no se conoce ninguna clase de prueba que muestre que realmente existe el cielo cristiano, y sin embargo millones de personas confían en la existencia de la vida ultraterrena.

La fe en sentido filosófico. En último término, a partir de la Edad Moderna se comenzó a utilizar el concepto de fe en un sentido filosófico. En esta concepción la fe pasó a tener un contenido exclusivamente cognoscitivo, que se refería a la posibilidad de conocer algo. Tener fe, creer, era decidir que se puede tomar algo como verdadero, que es necesario tener una realidad o una idea como verdadera a pesar de que no exista un conocimiento directo ella.

San Pablo entendía que la fe consistía en esperar que lo que el hombre realmente desea se hará realidad gracias a la bondad y a la omnipotencia de Dios. En la imagen, detalle de san Marcos y san Pablo de Los cuatro santos, de Alberto Durero.

Dentro de esta forma de entender la fe tuvo una especial importancia la postura del pensador alemán Immanuel Kant, que la empleó para explicar la necesidad de dios en el pensamiento. Para el filósofo ilustrado, sólo se pueden conocer aquellas cosas de las que se tiene una cierta experiencia, que se pueden percibir de alguna manera a través de los sentidos. De Dios, por definición, no se puede obtener tener ninguna experiencia directa, puesto que está en un plano no sensible, del que no se tienen datos empíricos. Sin embargo, de no existir Dios, ni la existencia ni la libertad humanas –que constituyen el fundamento, la esencia de lo que el hombre es– tendrían ningún sentido. Es por ello que la razón exige su existencia.

Evolución de la relación entre razón y fe en la historia

De la misma manera que los conceptos de razón y de fe han evolucionado a lo largo de los tiempos, las relaciones que se establecen entre ellos son completamente distintas según el periodo del que se trate.

Los griegos y los latinos. En las culturas clásicas como la griega y la latina no existía aún una contraposición entre la razón y la fe. Los pensadores griegos cultivaban tanto el uso del pensamiento para dedicarse a las ciencias como el de la religión y sus ritos para rendir culto a sus dioses. No había motivos para que la razón se enfrentase a la fe, ya que se pensaba que cada facultad tenía su lugar y su momento.

La geometría y sus verdades tienen sentido siempre que se hable de formas geométricas, y sería absurdo aplicar sus nociones, por ejemplo, a la moral. Del mismo modo carecería por completo de sentido utilizar las ideas propias de la moralidad, como bueno y malo, para hablar de figuras geométricas. Un triángulo bueno o una vida triangular son expresiones que carecen de sentido.

Entre los primeros pensadores griegos anteriores a Sócrates (presocráticos), la figura de un dios era apenas insinuada bajo la idea de «principio», de un origen absoluto; pero con las figuras de Platón (428-347 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.) el concepto de deidad empezó a tener un mayor protagonismo.

A pesar de que tanto el ateniense como el estagirita hablaron en diversas ocasiones del dios religioso, el suyo era más bien un dios conceptual, filosófico. Aunque los dos pensadores poseían una concepción muy diferente de la realidad y de su origen, ambos coincidieron en señalar la existencia de un principio racional del mundo. Para Platón era una idea –la idea de bien supremo– lo que hacía posible el mundo; para Aristóteles era una especie de motor intelectual –el motor inmóvil– lo que hacía reconocible el mundo, la propia existencia de la vida.

En cualquier caso, tanto en Platón como en Aristóteles la razón no aparece como una facultad que entorpece la fe ni a la inversa. No existe una confrontación de facultades. Se da incluso una identificación entre el pensador y el sacerdote, que empleando la razón puede llegar a alcanzar la perfección acercándose a la inteligencia o idea suprema.

En la Edad Media fue cuando se comenzó a producir una escisión clara entre las dos facultades, sobre todo a propósito de los estudios teológicos acerca de la religión revelada. A partir de estos estudios se consideró que la revelación y la razón son incompatibles.

El Dios revelado. La concepción que san Pablo (h. el 5-h. el 67) tenía de la fe, que es la que heredó la Edad Media, terminó siendo la que alcanzó una mayor importancia en el ámbito religioso e intelectual. Esta concepción descansaba sobre una idea fundamental, la de revelación.

La idea de revelación implica que se conoce a Dios porque Él ha querido revelarse a los hombres, porque ha querido manifestarse. Si se tiene conocimiento del Ser Supremo no es por los méritos humanos o por el ejercicio de la razón, como afirmaban Platón y Aristóteles, sino por la benevolencia de Dios mismo, que por amor se ha querido mostrar al hombre.

Primer movimiento, de Rafael. Aristóteles concibió un dios que se correspondía con la idea de motor inmóvil, una primera realidad metafísica que movía lo existente sin ser movida, que era causa de todo sin que nada fuera su causa.

Martín Lutero (1483-1546), figura central de la religiosidad alemana del siglo xvi, es uno de los máximos representantes de esta posición. El teólogo alemán creía que la naturaleza corrompida del hombre en el mundo impedía que tuviese acceso a la naturaleza de Dios. La razón era incapaz de acceder al conocimiento de lo sagrado. Sólo la gracia divina permitía al hombre llegar a su conocimiento.

El Dios revelado posee unos atributos muy similares en las tres grandes religiones monoteístas:

  • Judaísmo. Los judíos creen en un único Dios que se ha revelado al hombre a través de las tablas de los doce mandamientos que fueron entregadas a Moisés. La revelación se encuentra recogida en la ley o en la Torá, en la que aparecen los códigos de conducta que todo judío debe adoptar para ganarse la salvación en la tierra prometida, Canaán.

Las religiones reveladas, como la cristiana, parten de la existencia de unos textos en los que se describe la manera en la que Dios se pone en contacto con los hombres y establece un pacto con ellos. En la imagen, fragmento de La última cena, de Andrea del Castagno.

  • Cristianismo. Los cristianos parten de la misma verdad revelada de los judíos, diferenciándose muy especialmente de aquellos en la asunción de la figura de Jesucristo, hijo de Dios, encarnación de la revelación divina y portavoz de sus leyes.

  • Islam. Los musulmanes toman las mismas revelaciones que el judaísmo y el cristianismo, pero afirman que Jesucristo es sólo un profeta más, no el hijo de Dios. La figura más representativa de la religión musulmana, junto a su dios Alá, es el profeta Mahoma, autor del Corán, libro sagrado del credo islámico.

En todas las religiones reveladas prima la fe sobre la razón. Se considera incluso que la racionalidad no hace sino entorpecer y ensuciar la visión revelada de la fe.

El Dios de la razón y el auge de la ciencia. Autores como santo Tomás de Aquino y san Agustín, sin duda influidos por Platón y Aristóteles, intentaron hacer de la razón un instrumento divino, de tal manera que no existiera ningún tipo de contradicción entre el pensamiento, la ciencia y la fe. Lo que la revelación afirmaba podía y debía ser demostrado por el pensamiento. La razón, guiada por la fe, no podía llegar sino a las mismas conclusiones que las verdades reveladas. Porque si el pensamiento es de origen divino, tal y como afirmaban los autores escolásticos, si es incluso un espejo de Dios, no podía contradecir lo que éste dice.

Santo Tomás de Aquino llegó a elaborar cinco pruebas racionales que justificaban y explicaban la existencia de Dios. Sin darse cuenta, tanto él como san Agustín estaban dando a la razón un papel independiente: si el pensamiento puede explicar aquello en lo que la fe cree, también puede explicar el mundo y los principios que lo sustentan sin necesidad de recurrir a la religión.

En los siglos xv y xvi la razón comenzó a poseer una autonomía que la llevó a situarse por encima de todas las demás facultades humanas, gracias sobre todo a los logros científicos de autores como Nicolás Copérnico y Galileo Galilei.

Durante los inicios de la Edad Moderna, la ciencia, emparentada siempre con la razón, dio sus primeros frutos, empezó a crear sus propias verdades alejadas de las verdades ortodoxas de la fe. Copérnico proclamó, contra la tradición católica, que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol, y no al revés, como sostenían las Escrituras Sagradas. Esto suponía un grave contratiempo para la fe cristiana, ya que el hecho de que la Tierra no permaneciese inmóvil en el centro del Universo no significaba simplemente un desacuerdo de orden científico, implicaba sobre todo una herejía teológica y religiosa.

Para los católicos, el geocentrismo (la posición de la Tierra, inmóvil, como centro del Universo) no era sino un reflejo del carácter especial que poseían el hombre y su mundo en la creación divina. Como el hombre era un ser privilegiado para Dios, como era el ser elegido, estaba en el centro de la creación.

Pero las teorías de Copérnico situaban al ser humano en la periferia, en los márgenes de la existencia. El mundo humano sólo era un planeta más que giraba en torno a otra estrella. En el seno de este auge de la ciencia, la razón comenzó a reclamar para sí misma un papel ordenador, justificador y crítico.

La Edad Moderna constituye el momento histórico e intelectual en el que se acentúan las diferencias entre fe y razón. Frente al Dios revelado de la fe se comienza a hablar de un Dios de la razón, que existe más por exigencia de la razón que por una cuestión de fe. Los filósofos como Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), creador de la Teodicea, pensaban que era posible e incluso necesario alcanzar a Dios y a su creación por medio de la razón, explicándolo y justificándolo a través del empleo de argumentos racionales.

Si la existencia del mal en el mundo era tratada en las religiones reveladas a través de verdades de fe como «los caminos de Dios son inescrutables», en la Edad Moderna se pasó a exigir una explicación racional del mal.

En el siglo xix, la relación entre razón y fe se terminó de invertir: ya no era el pensamiento el que estaba al servicio de la fe, sino al revés. En autores como Friedrich Hegel (1770-1831), la religión y la fe aparecen un peldaño por debajo de la poderosa razón. Se pensaba que la religión había sido superada por la facultad racional, puesto que el pensamiento operaba con conceptos objetivos y claros, científicos, mientras que la religión lo hacía con imágenes basadas en el sentimiento y en la experiencia subjetiva. La función de la religión quedaba, pues, relegada a una simple cuestión social: la religión servía para ofrecer al pueblo una visión menos elaborada de la verdad, mientras que la filosofía y la razón quedaban reservadas para el conocimiento privilegiado, científico y complejo de los pensadores.

A finales del siglo xix la ruptura entre razón y fe se había acentuado hasta tal punto que parecían facultades completamente irreconciliables. Una y otra se contradecían, se negaban y se anulaban. Comenzaron entonces a proliferar teorías filosóficas, antropológicas y sociológicas que afirmaban que la religión y la fe no eran sino formas de dominio y de engaño que alejaban al ser humano de su libertad.

Charles Darwin escribió que el origen del hombre no era en absoluto divino, sino natural; Friedrich Nietzsche mantuvo que la religión era una forma de poder corrompido; para Karl Marx, la religión era el opio del pueblo. Lo que empezó siendo una convivencia pacífica entre dos maneras distintas de entender la existencia terminó planteándose como un conflicto entre dos facultades excluyentes.

La razón contra la fe: un falso problema

A partir del siglo xx, el poder de la razón quedó en entredicho. Las nuevas teorías científicas, como la de la relatividad, o las grandes catástrofes políticas y sociales, como los campos de exterminio alemanes de la Segunda Guerra Mundial, confirmaron que las esperanzas puestas por los racionalistas y los ilustrados en el poder de la razón para organizar, enjuiciar y explicar la realidad eran exageradas.

Tabla 1. A partir de la Edad Moderna, la fe y la razón empiezan a enfrentarse. A pesar de que se asume la religión y se mezclan contenidos puramente filosóficos con elementos divinos, no se admite bajo ninguna circunstancia que la fe supere los límites estimados por el entendimiento.

La tecnología ha conseguido que el hombre moderno posea un nivel de vida impensable un siglo atrás, y la ciencia ha erradicado casi totalmente enfermedades como la peste o la lepra. Pero la naturaleza de la relación entre el hombre y lo sagrado sigue estancada en un mundo subjetivo al que la razón no es capaz de acceder.

La ciencia puede estudiar el fenómeno religioso desde un punto de vista formal, atendiendo a las repercusiones sociales o históricas, pero no puede tratar el fenómeno religioso en su esencia. En este contexto comienzan a surgir teorías que defienden la posibilidad de coexistencia pacífica entre la razón y la fe. El pensador alemán Ludwig Wittgenstein desarrolló a mediados del pasado siglo una obra cuyo principal objetivo era limpiar el lenguaje para describir el mundo sin prejuicios ni falsas ideas.

Según el filósofo del lenguaje, la mayoría de los problemas que preocupan a los humanistas son en realidad falsos problemas, problemas mal planteados por un uso inadecuado del lenguaje. Y lo mismo sucede con la falsa confrontación entre razón y fe.

Tabla 2. Con Hegel se produce el endiosamiento de la razón, y si bien se acepta la utilidad de la religión y su valor de verdad, ésta siempre es valorada un peldaño por debajo de lo racional, que es más certero al valerse de conceptos y no de imágenes.

Para Wittgenstein, la teología es en realidad una disciplina que se encarga del estudio de algo que no se puede estudiar. Es, por tanto, una falsa disciplina que no hace sino generar falsos problemas. La teología es una falsa disciplina porque los conceptos racionales que se utilizan para estudiar el comportamiento de los fenómenos físicos no valen para estudiar algo tan alejado de lo ordinario, tan misterioso, como Dios.

La Santísima Trinidad, San Jerónimo y dos santos, de Andrea del Castagno. La religión y la razón no son en realidad ámbitos opuestos, ya que cada uno posee sus propias temáticas y su manera singular de situarse ante la realidad. En consecuencia, por ejemplo, el estudio del misterio de la Santísima Trinidad no compete a los físicos, sino a los teólogos, del mismo modo que la cosmología no es cosa de los teólogos, sino de los astrónomos.

De la misma manera, los conceptos filosóficos que se emplean para explicar la realidad no poseen un valor científico y sólo sirven para crear falsas preguntas y problemas. En el caso específico de la confrontación entre la fe y la razón sucede algo similar. Es un problema que surge sólo si se posee una concepción errónea de cada facultad. El lenguaje de la fe y el lenguaje de la razón son dos lenguajes completamente distintos, y sólo tienen sentido si se utilizan en los contextos a los que pertenecen. En el plano de los conocimientos físicos, la razón sólo puede hablar del mundo y de sus fenómenos, nunca de Dios.

Como señala su etimología, la razón sirve fundamentalmente para calcular, no para hablar de cosas que no pueden ser medidas. Por eso es absurdo que intente suplantar a la fe a la hora de tratar el tema del hecho religioso. El sentimiento o la vivencia de Dios no pueden ser medidos, calculados o pesados. Se necesita de otro tipo de lenguaje para hablar de ello, y ese lenguaje es el de la fe.

Pero, de la misma manera, el lenguaje de la fe no sirve para hablar del movimiento de los astros o la situación de la Tierra en el Universo. No es válido porque la fe no se basa jamás en la observación y en el cálculo, sino en la espera de lo ausente, de lo que no es ni lógico ni racional.

Así se resuelve una falsa dicotomía creada por el desarrollo exagerado de dos facultades en diferentes momentos históricos e intelectuales. Según esta perspectiva conciliadora, de la misma manera que la teología es, desde el punto de vista científico, un absurdo, la religión se presenta como un fenómeno respetable y necesario. Un fenómeno que se mueve más allá del simple análisis de lo real o del mero cálculo racional, un fenómeno, en definitiva, que apunta ya al plano de la acción y de la vida.

Análisis de textos

Cicerón: –De Legibus

La razón, mediante la cual nos diferenciamos de los brutos, por medio de la cual podemos conjeturar, argumentar, rebatir, discutir, conducir a término y formular conclusiones, es, por cierto, común a todos, diferente por preparación, pero igual en cuanto facultad de aprender.

Texto 1. La antigüedad griega y latina entendió, como bien expresó Cicerón en De Legibus, que la razón supone frente al mito una aprehensión de la realidad en términos lógicos, que permite conocer, argumentar y rebatir conforme a la naturaleza humana; lo que supone que la razón hace al hombre más hombre.

Immanuel Kant: –Crítica de la razón práctica

La ley moral, mediante el concepto de «sumo bien», conduce a la religión, o sea, al conocimiento de todos los deberes como órdenes divinas; no como sanciones, es decir, no como decretos arbitrarios, y por sí mismos accidentales, de una voluntad extraña; sino como leyes esenciales de toda voluntad libre por sí misma, pero que deben ser considerados como órdenes del Ser Supremo, porque solamente de una voluntad moralmente perfecta (santa y buena) y al mismo tiempo omnipotente podemos esperar el sumo bien que la ley moral se impone, el deber de poner como objetivo nuestros esfuerzos, y, por lo tanto, podemos esperar lograrlo mediante el acuerdo con esta voluntad perfecta.

Texto 2. En muchas ocasiones la razón se plantea la existencia de Dios, pero de una forma completamente distinta a la manera en que lo hace la religión. En este texto de Kant, por ejemplo, el pensador alemán habla de Dios como una condición de su filosofía práctica, no como de un ser misterioso al que hay que venerar.

Santo Tomás de Aquino: –Summa Theologica

En cuanto se habla de convicción, se distingue la fe de la opinión, de la sospecha y de la duda, en cuyas cosas falta la firme adhesión del entendimiento a su objeto. En cuanto se habla de cosas que no vemos, se distingue la fe de la ciencia y del entendimiento, en los cuales algo es evidente. Y cuando se dice firme seguridad de lo que esperamos se distingue la virtud de la fe de la fe en el significado común.

Texto 3. Santo Tomás de Aquino tomó posteriormente el concepto de fe de san Pablo para confrontarlo con la opinión, la duda, la ciencia o la virtud.

Aristóteles: –Ética a Nicómaco

Dios encuentra siempre un placer simple y único, porque la actividad no consiste solamente en el movimiento, sino también en la inmovilidad, y el placer se encuentra más bien en el reposo que en el movimiento.

Texto 4. Aristóteles casi siempre habló de un dios a partir de sus categorías filosóficas, por lo que la mayoría de las veces se asume que su deidad es intelectual y tiene poco que ver con el sentimiento religioso.