Las críticas a la religión

La filosofía no puede permanecer ajena a las implicaciones que se siguen de la posible existencia de Dios. Desde los orígenes del pensamiento, la razón ha puesto en duda lo que para la fe estaba claro. Donde el creyente ve un camino de salvación y un Dios que garantiza la posibilidad de otra vida más allá de la terrenal, el pensador aprecia un conjunto de interrogantes que debe despejar para encontrar el camino hacia la verdad.

La filosofía parte del asombro ante lo que existe. Mientras en la actitud natural del hombre que vive lo que le ofrece su tiempo no hay un cuestionamiento radical de lo existente, en la postura crítica del pensador es necesario replantear cada fenómeno de la realidad, hay que alejarse del mundo para entenderlo con mayor objetividad.

Dentro de todos los cuestionamientos filosóficos, el más trascendental, aquel en el que se produce un enfrentamiento directo con el sentir y el vivir de millones de seres humanos, es el de la religión. El hecho de que Dios exista lleva consigo unas implicaciones de tal magnitud que podrían cambiar el sentido de todas las filosofías, de los más rígidos e importantes sistemas del pensamiento.

Orígenes de las críticas a la religión

Las críticas a la religión se han dado en todo momento y lugar. Ya los cínicos mostraron en Grecia su desprecio por las leyes humanas y divinas. La propia historia del cristianismo está llena de disidencias y herejías protagonizadas por seguidores de la filosofía platónica. Incluso la religiosa sociedad de la Edad Media vio proliferar a libertinos que basaban su forma de vida en complejas teorías de liberación.

A partir de la Edad Moderna, las críticas contra la religión ortodoxa surgieron incluso del seno de la propia Iglesia, como sucedió con Martín Lutero, iniciador de la Reforma. En la imagen, Díptico con los retratos de Lutero y su esposa, de Lucas Cranach.

Sin embargo, fue a partir del siglo xv cuando se acentuó el divorcio entre las afirmaciones de la fe religiosa y las verdades aceptadas por la razón. Mientras en otras épocas las críticas a la religión iban dirigidas mayormente contra la moral y las costumbres que se derivaban de ella, con el desarrollo de la ciencia de la Edad Moderna y las teorías filosóficas que la acompañaron lo que se puso en entredicho fue la esencia misma de la religión, la existencia de un Dios.

Lo más importante de este proceso, que culminó con las distintas formas de ateísmo, es que se originó de manera inadvertida. Precisamente aquellos que creían proteger a la religión de las críticas racionalistas eran los que estaban poniendo en entredicho la existencia de Dios.

El desarrollo de la ciencia

Hasta el Renacimiento, el desarrollo y el contenido de los estudios científicos habían estado ligados a la forma que tenía la religión de entender la realidad. La Tierra seguía siendo un planeta inmóvil alrededor del cual giraba el Universo, lo que reflejaba la importancia que tenían el hombre y su mundo en el plan divino. Nicolás Copérnico (1473-1543) y Galileo Galilei (1564-1642) cambiaron radicalmente la situación.

Copérnico mantuvo ante varios tribunales religiosos que la Tierra giraba alrededor del Sol y no a la inversa, lo que suponía una grave herejía. Si la Tierra se movía y no ocupaba el centro del Universo, se ponían en compromiso las afirmaciones de los libros sagrados y el hombre perdía su posición central en el plan divino.

Las afirmaciones de Copérnico y los posteriores estudios de Galileo fueron acentuando un nuevo paradigma científico, una nueva forma de relación entre pensamiento, ciencia y religión, que terminó imponiéndose en los siglos posteriores.

En esta nueva situación, la ciencia actuaba al margen de la fe cristiana. La física y la astronomía se independizaban y mostraban su fuerza a través de los experimentos científicos. Los grandes pensadores como Descartes, Spinoza, Leibniz y Kant (véanse epígrafes posteriores) no tardaron en advertir esta nueva situación de la razón, y desarrollaron teorías en las que la posición del hombre ante Dios cambiaba de manera sustancial.

Los cambios sociales y culturales a partir del Renacimiento

El desarrollo de la ciencia al margen de las instituciones religiosas no fue el único proceso laico que alcanzó cierta relevancia en el Renacimiento. Con el nacimiento de una poderosa burguesía que vivía al margen del antiguo sistema feudal y religioso de la Edad Media, surgió una fuerte economía que dependía exclusivamente del comercio.

Tabla 1. A partir del siglo XV, la ciencia moderna empezó poco a poco a distanciarse de los caminos trazados por la Iglesia. A pesar de las condenas y las acusaciones de herejía, los científicos llevaron adelante una imagen distinta del mundo.

La vida social, que giraba antes alrededor de los monasterios, empezó a encontrar nuevas vías de desarrollo en las ciudades. La cultura y los libros dejaron los monasterios y se multiplicaron gracias a la invención de la imprenta. El saber se socializó y se volvió la mirada a otras formas de pensamiento antiguas en las que convivían múltiples dioses, se rendía culto a la belleza y el arte poseía un papel fundamental. Por otra parte, el nuevo humanismo de autores como Erasmo de Rotterdam señaló de manera inteligente y mordaz los vicios más extendidos dentro de la religión ortodoxa.

El humanismo renacentista, encarnado por pensadores como Erasmo de Rotterdam (retratado en la imagen por Hans Holbein el Joven), trató de hacer más humano el mundo, despojando a la religión de los prejuicios medievales que rebajaban al hombre a mero engranaje dentro de las instituciones sagradas.

Cuatro filósofos críticos: Descartes, Spinoza, Leibniz y Kant

En este contexto, aunque los filósofos de la Edad Moderna tuvieron que seguir justificando sus planteamientos ante la Iglesia, comenzaron a desarrollar teorías que consciente o inconscientemente ponían en entredicho los dogmas cristianos.

René Descartes. El pensador francés nunca puso en duda la existencia de Dios ni la validez de los dogmas cristianos. No obstante introdujo, sin darse cuenta, una importante duda respecto a la entidad de Dios.

René Descartes (1596-1650) plantea una relación de igual a igual entre el sujeto que piensa y lo divino. El sujeto cartesiano descubre en la intimidad de su conciencia la existencia del infinito, de algo superior a él, sin necesidad de ninguna clase de fe o de dogma. Ese algo es explicado por la conciencia, con lo que pierde el carácter misterioso y terrible acentuado por la religión. Es decir, Dios es empleado como una especie de herramienta para explicar la existencia del mundo, y al mismo tiempo es rebajado al nivel de la conciencia del sujeto, del «yo».

El panteísmo de Spinoza, que luego retomaron los autores románticos, no negaba la existencia de Dios ni la realidad religiosa, pero sí identificaba lo sagrado con lo terrenal, lo que suponía, en cierto modo, una negación de la trascendencia de lo religioso. En la imagen, Cruz en las montañas, del pintor romántico Caspar David Friedrich.

Baruch de Spinoza. La filosofía de Baruch de Spinoza (1632-1677) se caracteriza sobre todo por su panteísmo. El panteísmo consiste en identificar a Dios con la creación, de tal forma que el Ser Supremo es idéntico al mundo, a las estrellas, al movimiento, es decir: a todo. Pero si Dios es todo, Dios también es el hombre.

Sin advertirlo, Spinoza estaba introduciendo una idea fundamental para el posterior desarrollo de las teorías nihilistas: Dios está presente en el hombre, y no en otro plano superior, sino en el propio mundo cotidiano.

Gottfried Wilhelm Leibniz. El inmenso sistema filosófico de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) trata todas las cuestiones fundamentales del pensamiento. La radicalidad de este pensador es sólo comparable a la de los grandes de la historia de la filosofía. Entre las cuestiones que caracterizan sus ideas destaca muy particularmente la teodicea.

Esta disciplina, inventada por Leibniz, se dedica al estudio de las relaciones entre Dios, el mal y el mundo. La teodicea parte de preguntas que todo ser humano se ha hecho alguna vez. ¿Cómo es posible que Dios permita el mal y el sufrimiento? ¿Cómo es posible que existan la muerte y la miseria si el Creador es todopoderoso e infinitamente bueno?

Leibniz desarrolló en sus Lecciones de teodicea una brillante defensa de la naturaleza divina, pero –lo que es más importante– también sentó a Dios en el banquillo de los acusados. Es decir, hizo posible que la razón humana fuese capaz de juzgar a Dios.

De la misma manera que Descartes situó la conciencia a la altura de Dios y Spinoza lo introdujo en el mundo, Leibniz lo situó al alcance de los juicios humanos, aunque éstos, según él, no fuesen capaces de entenderlo.

En definitiva, los tres pensadores humanizaron a Dios hasta el punto de volverlo completamente accesible por los hombres.

Immanuel Kant. El pensador alemán supone la culminación de este proceso que terminó desencadenando las críticas radicales a la religión. En su filosofía, Dios aparece como una exigencia de la razón, no como algo que se pueda conocer o de lo que se pueda hacer ciencia, de tal forma que queda marginado a una posición completamente colateral desde un punto de vista ontológico.

Dios no sólo no se puede conocer, sino que además su existencia sólo se debe a que el hombre lo necesita para que su libertad tenga sentido. Immanuel Kant (1724-1804) hizo de la moral un asunto de la libertad: el hombre es ante todo libertad para elegir y actuar, y Dios es también un objeto de su libertad.

Las críticas severas a la religión del siglo xix: posturas precursoras

Aunque las críticas más acerbas contra la religión vinieron de la mano de Marx, Nietzsche y Freud , ciertos elementos preludiaron el pensamiento radical de estos tres filósofos. Los más importantes fueron la aparición de la teoría evolucionista de Darwin, el planteamiento filosófico de Feuerbach y el asentamiento de las posturas agnósticas y ateas.

Charles Darwin y el origen de las especies. En 1859 sucedió un acontecimiento capital en la historia del mundo moderno: la publicación de la obra de Darwin El origen de las especies. El impacto de este libro en el mundo filosófico y religioso fue definitivo.

A las ya implantadas ideas científicas de que la Tierra se movía y religiosas de que el hombre podía tratar a Dios en la intimidad de su conciencia, se añadía, según las tesis del científico inglés Charles Darwin (1809-1882), un planteamiento aún más radical: ni siquiera el ser humano tenía un origen divino –tal y como lo describía la Biblia–, sino que procedía del mono y era una especie más.

Mientras Darwin realizaba sus estudios a bordo de su barco, el Beagle, Friedrich Hegel situó la religión por debajo de la filosofía, Arthur Schopenhauer habló sin miedo de su ateísmo y los pensadores románticos mantuvieron la necesidad de que el hombre debía alcanzar una libertad absoluta para crear su realidad.

Ludwig Feuerbach. El pensamiento del discípulo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel resultó fundamental para el posterior desarrollo de la obra de los tres grandes críticos de la religión. Ludwig Feuerbach (1804-1872) habló de la religión como una invención humana, como la proyección de un ideal que representaba un estadio inferior de la cultura, un estado infantil del pensamiento que era necesario superar.

Agnosticismo y ateísmo. Son las dos posturas más frecuentes en las críticas de la religión. La primera supone colocar entre paréntesis la existencia o no de Dios. El agnóstico afirma que no es posible saber si Dios existe, por lo que es preferible no formular una posición afirmativa o negativa. La postura de Kant, por ejemplo, es una clara forma de agnosticismo filosófico.

Dentro de las posturas críticas ante la religión cabe destacar el agnosticismo, que deja en suspenso la existencia de Dios al no hallar ninguna certeza objetiva, y el ateísmo, que niega en rotundo la realidad divina.

El ateísmo, por el contrario, afirma que Dios no existe, que es una invención, una proyección: en definitiva, un error. Marx, Nietzsche y Freud son los tres ateos más célebres de la historia.

Las tres grandes críticas a la religión

El siglo xix es el siglo crítico por excelencia. Los ideales que el hombre había creado a lo largo de la Ilustración sufrieron un revés definitivo ante la obra de varios pensadores. Karl Marx desde la perspectiva político-económica, Friedrich Nietzsche desde la ontológica y Sigmund Freud desde la psicológica realizaron una profunda crítica a los fundamentos no sólo de la modernidad, sino también –y sobre todo– de la religión.

Las tres grandes críticas a la religión coinciden con el fin de la filosofía derivada de la edad moderna y con los inicios del pensamiento del siglo XX. Marx, Nietzsche y Freud atacan directamente a la religión a partir de tres perspectivas distintas: político-económica, ontológica y psicológica.

Karl Marx y la religión como «opio del pueblo»

El pensamiento del filósofo alemán Karl Marx (1818-1883), basado en gran medida en la crítica que Feuerbach hizo a su maestro, se caracteriza por su carácter materialista. Frente a las teorías ilustradas e idealistas que situaban el plano de las ideas y la razón por encima de la materialidad, de la efectividad de los hechos, Marx consideraba que son precisamente éstos, y más concretamente los hechos económicos, los que generan las ideologías, las sociedades e incluso las religiones.

Uno de los conceptos fundamentales del pensamiento marxista es el de «alienación», que consiste en privar al hombre de aquello que le pertenece y que lo hace ser hombre. En el caso de la economía, consiste en arrebatarle al trabajador el fruto de su labor, separarlo de los beneficios y de las tierras en las que trabaja. Esta crítica de Marx al capitalismo y a la propiedad privada tiene como fin acabar con la era capitalista para devolver al obrero lo que le pertenece.

En el caso de la religión, el hombre sufre otro proceso de alienación. Si las ideologías, para Marx, son mentiras que encubren una desigualdad económica, que sirven para justificar la situación de dominio de los poderosos sobre los obreros, la religión no es más que otra ideología que también desposee al hombre, que le quita algo tan esencial como su libertad. Al igual que sucede en Feuerbach, la religión y Dios son para Marx una proyección ideal del propio ser humano y de su grandeza. Lo que sucede es que esa proyección termina volviéndose contra el propio hombre, quitándole su libertad y su potencial.

Una de las frases más célebres de Marx es «la religión es el opio del pueblo». Es decir, la religión es una proyección de los ideales humanos muy útil para que los ricos preserven su poder. Mientras los obreros se adormecen con la religión como si se tratase de una droga, mientras se preocupan por falsos problemas creados por las instituciones religiosas, los capitalistas siguen quitándoles sus tierras y aprovechándose de su trabajo.

Karl Marx propone una superación del estado de alienación mediante el triunfo de la clase obrera, del comunismo, sobre el capitalismo. En esa nueva situación la religión dejaría de existir, ya que en el estado perfecto no existiría la alienación.

Friedrich Nietzsche y la muerte de Dios

El pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) es sin lugar a dudas el mayor crítico de la religión. Su ateísmo se ha convertido ya en un paradigma, de tal modo que inaugura el final de la Edad Moderna, la conclusión de los grandes ideales ilustrados y el principio de una era desencantada –fundamentalmente atea– en el pensamiento. No existe prácticamente ni un solo pensador contemporáneo que no haya tratado de mantener con Nietzsche un diálogo, que no haya luchado contra su influjo o que no lo haya asumido.

Según Karl Marx, la religión es una herramienta que emplea el poder para que los obreros no reparen en la explotación a la que son sometidos. Como ideología, lo religioso pretende que el estado económico se perpetúe. En la imagen, La cosecha del maíz, de Pieter Brueghel el Viejo.

Nietzsche es un pensador vitalista, puesto que el principio fundamental que resume toda su obra es la afirmación de la vida frente a la muerte. Todo aquello que hace que el hombre se sienta más vivo es bueno, mientras que todo lo que le sirve para hacerla más llevadera es malo.

Friedrich Nietzsche (retratado en la imagen por Hans Olde) llevó a cabo la crítica más devastadora contra la religión en general y contra el cristianismo en particular. Según el pensador nihilista, la religión es platonismo encubierto y supone la negación de la vida.

El cristianismo, religión que congrega todos los errores de la humanidad, es para Nietzsche platonismo religioso. Al igual que Platón, los cristianos desprecian la vida, ya que sitúan todas sus esperanzas en una vida más allá del mundo, en un falso cielo, y desprecian el cuerpo, considerando sus inclinaciones como algo sucio y pecaminoso.

La moral que se deriva del cristianismo es una «moral de esclavos», ya que afirma todo lo débil, todo lo que implica miedo, esperanza y compasión; y desprecia la fuerza, la lucha, el cambio, todo lo que en realidad hace que la vida prospere y que el hombre se haga más fuerte.

La vida es, según Nietzsche, «voluntad de poder». Es decir, todo lo que realiza el hombre lo hace en realidad para imponer su poder sobre los otros hombres. La política, la ética, la religión, incluso el lenguaje, es voluntad de poder. El hombre es un animal que lucha contra los otros animales empleando conceptos e ideas para imponerse. Pero la religión como moral, como voluntad de dominio, es una forma de poder enferma, nacida del resentimiento ante la vida que los cristianos no saben vivir.

El cristianismo trata de imponer su debilidad haciendo creer que Dios existe, que es bueno ser débil y que es malo ser poderoso o fuerte. Para Nietzsche, en este proceso tiene una fundamental importancia la creación del concepto de culpa. En realidad, la culpa de los cristianos lo que hace es tratar de convencer al poderoso, al sano, de que en su fortaleza y en su vitalidad hay algo de malo. Así pues, en la culpa sólo hay resentimiento, debilidad y envidia.

De esta manera, la religión cristiana ha sumido al hombre en el nihilismo, en la nada. A fuerza de imponer los falsos valores cristianos se han ido perdiendo los auténticos valores vitales: la guerra, la victoria del fuerte sobre el débil, la visión de la realidad basada en el arte y no en los principios morales. Así, según Nietzsche, por culpa del cristianismo, a finales del siglo xix no ha quedado nada de valor.

La forma que propone el pensador alemán para escapar del nihilismo cristiano consiste en crear una nueva especie, una nueva raza de «superhombres» que no necesiten de la religión, ni de Dios, ni de la moral, ni de las grandes ideas.

Resumiendo: Dios es, como afirma Nietzsche en el título de una de sus obras más célebres, «humano, demasiado humano». El hombre se ha limitado a proyectar en un falso ideal su fortaleza por culpa de la religión cristiana y el pensamiento metafísico.

Sigmund Freud y el psicoanálisis

Sigmund Freud (1856-1939) es el inventor del psicoanálisis. Sus estudios acerca de diversas patologías, de distintas enfermedades psicológicas, supusieron un hito en el análisis de la naturaleza y la mente humanas. El mayor descubrimiento del psicólogo alemán fue el de lo inconsciente y el de las pulsiones e instintos, concluyendo que son en realidad estas instancias y fenómenos los que se esconden detrás de todo comportamiento humano.

Lo inconsciente es para Freud una instancia psicológica profunda, arraigada en lo más hondo de la mente, que actúa sobre el hombre condicionando sus actos y sus pensamientos. Esto tiene una importancia trascendental para la comprensión del ser humano, de su pensamiento, sus creencias y su moral.

Todas las teorías que hablaban de la racionalidad del hombre –de su ética basada en principios morales de origen casi divino–, todas las teorías que proclamaban el pensamiento puro y libre del hombre se pusieron en entredicho a partir de la obra de Sigmund Freud y sus estudios en torno a lo inconsciente.

Porque si el hombre actúa en realidad impulsado por deseos y miedos, por instintos reprimidos desde la infancia y que en la vida adulta transforma en grandes ideas, eso quiere decir que la religión, la filosofía o la ética pierden todo su contenido. No son en absoluto ciencias e ideas perfectas que surgen de la razón y la libertad humanas, sino parches, máscaras, mentiras piadosas con las que el hombre intenta hacer frente a su existencia.

Desde este punto de vista, para Freud la religión no es sino una neurosis colectiva. Es decir, Dios es el resultado de una enfermedad mental, de una realidad mal asumida por parte del hombre.

El psicoanalista austriaco lo explica de la siguiente manera. El niño se siente inseguro en el mundo. Sólo encuentra en la figura del padre la protección necesaria para aguantar el peso de su existencia. El padre alimenta al niño, le explica cómo es el mundo y le dice cómo debe actuar. Ahora bien, una vez que el niño crece y el padre envejece, éste se muestra vulnerable, no es lo suficientemente fuerte como para seguir garantizándole al hombre adulto que el mundo tiene sentido, que no le hará daño. El miedo del niño sigue latente, sigue presente en el adulto, que es sin duda más fuerte, pero que también es consciente de nuevos miedos que antes no era capaz de intuir. El hombre crea entonces un padre ficticio, imaginario, que es perfecto, omnipotente, infinitamente bueno y sabio. Ese padre sublimado, ese padre que ha surgido de la proyección de la figura paterna, es Dios.

De esta manera, la religión y Dios no son sino el fruto de la enfermedad. Cuando una persona crea una imagen o un personaje ficticio para hacer frente al mundo, para superar su dureza, está actuando bajo el influjo de una neurosis, de una enfermedad mental que juega con deseos e ilusiones.

Las críticas a la religión en el siglo xx

El siglo xx empieza con la muerte de Friedrich Nietzsche y con la difusión de su pensamiento. A partir de la primera mitad de la centuria se crean un gran número de corrientes de pensamiento y escuelas que siguen las ideas señaladas por el pensador ateo.

La caracterización de la religión en el plano del pensamiento sigue siendo muy similar a la nietzscheana. Albert Camus, Jean-Paul Sartre o Gilles Deleuze ven en la muerte de Dios el principio de una nueva forma de pensamiento, que respeta la religión pero que busca otras vías de mantenerse en la existencia sin necesidad de aludir a ninguna clase de idea superior o ficción.

La psicología freudiana, por su parte, alcanzó a lo largo de todo el siglo pasado un éxito sin precedentes. Sin embargo, la crítica a la religión de Freud no tuvo mucho eco entre los psicoanalistas, ya que la obra del creador del inconsciente generó un interés mayormente psicológico.

La postura de Marx encontró en la política comunista su mejor forma de continuidad. El comunismo triunfó en muchos países a lo largo del siglo xx, y junto a las ideas relacionadas con la alienación económica y el error capitalista se asumió el ateísmo del filósofo alemán.

Análisis de textos

René Descartes –Meditaciones metafísicas

Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí, hay algunas que existen fuera de mí. Es, a saber: si tales ideas se toman sólo en cuanto que son ciertas maneras de pensar, no reconozco entre ellas diferencias o desigualdad alguna, y todas parecen proceder de mí de un mismo modo; pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una cosa y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras.

En efecto, las que me representan sustancias son sin duda algo más, y contienen (por así decirlo) más realidad objetiva, es decir, participan por representación de más grados de ser o perfección, que aquellas que me representan sólo modos o accidentes. Y más aún: la idea por la que concibo un Dios supremo, eterno, infinito, inmutable, omnisciente y creador universal de todas las cosas que están fuera de él, esa idea –digo– ciertamente tiene en sí más realidad objetiva que las que me representan sustancias finitas.

Ahora bien, es cosa manifiesta, en virtud de la luz natural, que debe haber por lo menos tanta realidad en la causa eficiente y total como en su efecto: pues ¿de dónde puede sacar el efecto su realidad, si no es de la causa? ¿Y cómo podría esa causa comunicársela, si no la tuviera ella misma? Y de ahí se sigue, no sólo que la nada no podría producir cosa alguna, sino que lo más perfecto, es decir, lo que contienen más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto.

Texto 1. A pesar de que René Descartes se cuidó mucho de escribir nada que atentase contra el pensamiento religioso, al demostrar la existencia de Dios a partir de la conciencia racionalizó en gran medida lo divino, lo insertó dentro de las categorías mentales, lo que elevaba el cogito a un nivel casi sagrado.

Immanuel Kant: –¿Qué es la Ilustración?–

Ilustración es el abandono por el hombre del estado de minoría de edad que debe atribuirse a sí mismo. La minoría de edad es la incapacidad de valerse del propio intelecto sin la guía de otro. Esta minoría es imputable a uno mismo cuando su causa no consiste en la falta de inteligencia, sino en la ausencia de decisión y de valentía para servirse del propio intelecto sin la guía de otro. ¡Sapere aude! Ten la valentía de utilizar tu propia inteligencia. Éste es el lema de la Ilustración.

Texto 2. Aunque Kant no se manifestase jamás como ateo, siempre habló de Dios como un argumento racional, lo que hace que muchos lo consideren un autor deísta. Su concepto de Ilustración como autonomía y madurez de la razón supone en gran medida una negación de la religión ortodoxa, que se basa en la imposición de unos dogmas irracionales.

Karl Marx: –Manuscritos económico-filosóficos

Todas estas consecuencias están determinadas por el hecho de que el trabajador se relaciona con el producto de su trabajo como un objeto extraño. Partiendo de este supuesto, es evidente que cuanto más se vuelca el trabajador en su trabajo, tanto más poderoso es el mundo extraño, objetivo, que crea frente a sí, y tanto más pobres son él mismo y su mundo interior, tanto menos dueño de sí mismo es. Lo mismo sucede en la religión.

Cuanto más pone el hombre en Dios, tanto menos guarda en sí mismo. [...]

Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de la mente y del corazón humano actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.

Texto 3. El concepto de alienación es el que mejor describe la crítica de Karl Marx hacia la religión. La idea de Dios y las instituciones religiosas desposeen al hombre, le quitan lo que es suyo en esencia, restándole realidad y fuerza.

Friedrich Nietzsche –Así habló Zaratustra

Habéis recorrido el camino que lleva desde el gusano hasta el hombre, y muchas cosas en vosotros continúan siendo gusano. En otro tiempo fuisteis monos, y aun ahora es el hombre más mono que cualquier mono.

Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, híbrido de planta y fantasma. Pero ¿os mando yo que os convirtáis en fantasmas o en plantas?

¡Mirad, yo os enseño el superhombre!

El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra!

¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a los que os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.

Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados; la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!

En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto, y con Él han muerto también esos delincuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de aquélla!

En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio; y ese desprecio era entonces lo más alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuerpo y de la tierra.

¡Oh!, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!

Texto 4. En Así habló Zaratustra, que constituye para muchos la obra cumbre de Nietzsche, el pensador alemán describe cómo Dios constituye en realidad un delito contra la vida, y cómo el superhombre debe superar una raza de hombres enfermos que se aferran a la religión por debilidad, por miedo a la existencia.

Sigmund Freud –Cartas

La misma persona a la que debe el niño su existencia, el padre (más exactamente, la instancia parental, integrada por el padre y la madre), ha protegido también y velado por el niño débil, desamparado, expuesto a todos los peligros que le acechan en el mundo exterior; con su protección se ha sentido seguro. También al llegar a adulto el hombre sabe ciertamente que posee mayores fuerzas; pero igualmente ha aumentado su conocimiento de los peligros de la vida, y concluye con razón que, en el fondo, sigue estando lo mismo de desamparado y sin protección que en la infancia; que frente al mundo sigue siendo un niño. Por tanto, tampoco ahora puede renunciar a la protección de que disfrutó de niño. Pero desde hace tiempo sabe también que su padre es un ser de una fuerza limitada, que no está dotado de todas las perfecciones. Por eso recurre al recuerdo del padre de la infancia tan sobrestimado por él, lo eleva al rango de divinidad y lo proyecta en el presente y en la realidad.

Texto 5. En una carta enviada a un amigo, Freud describe la manera en la que la religión nace a partir del miedo a la existencia. La imagen del padre, que se muestra incapaz de proteger al hombre maduro, es sustituida por la de Dios, que es el gran padre protector.