Religión y política

La religión siempre se ha caracterizado por apuntar a soluciones existenciales de carácter radical, a la búsqueda de respuestas a cuestiones tan sustanciales como la vida y la muerte; sin embargo, no por ello ha dejado de suponer una forma de poder completamente determinante.

Alrededor de las distintas formas de credo se han articulado los gobiernos y las sociedades, además de las formas de comportamiento y las morales. No en vano, la mayor parte de las guerras han tenido su origen en el enfrentamiento entre diversas maneras de entender el mundo, que no sólo se basan en motivos económicos o geográficos, sino también, y sobre todo, en motivos derivados de la religión. Así, por ejemplo, las cruzadas de la Iglesia católica barrieron mediante diversas contiendas todo el continente europeo, la Inquisición española mantenía defender a Dios al eliminar a todos sus enemigos políticos o, en la actualidad, los movimientos fundamentalistas islámicos dicen basar su actividad en la doctrina predicada por Mahoma.

La figura de Jesucristo, paradigma de Occidente, no conlleva únicamente una forma de credo, una misión mesiánica que se puede resumir en un conjunto de verdades de fe, sino también un movimiento político. Jesucristo era el Mesías, pero también era un brillante orador que movía a las masas, un político revolucionario que se oponía a las formas de poder corruptas.

Esto se hace más evidente aún cuando se piensa en los primeros cristianos que huían de los romanos, guareciéndose en las catacumbas durante siglos. Éstos eran perseguidos no porque creyesen en un solo Dios, sino porque con su actitud moral ponían en peligro la hegemonía política del Imperio de Roma, que estaba basada en una estructura religiosa conformada por varios dioses indiferentes, políticamente no determinantes. En el mismo sentido, cabe señalar al profeta musulmán Mahoma como un atrevido y aguerrido político que luchaba por la conquista de los terrenos ocupados por los idólatras, adoradores de falsos dioses.

Así pues, la política y la religión han ido siempre unidas. En toda forma de organización social e ideológica hay implícita una visión política del mundo, puesto que, si el hombre es por definición un animal político, su forma de expresión más sincera, que es la religión, no podía sino ampliar su mundo práctico a partir de sus creencias.

Las instituciones religiosas siempre han tratado de tener una cierta voz política. Por ejemplo, en el siglo XIII el papa Gregorio IX, retratado en la imagen por Rafael, se opuso resueltamente al emperador Federico II.

Las relaciones entre la religión y la política han encontrado dos paradigmas enfrentados. De un lado la religión islámica, que se traduce en una actitud política; del otro la cristiana, que da origen a lo que es actualmente Europa. Mientras tanto, en Latinoamérica la cuestión de la relación entre política y religión parece estar alcanzando en la actualidad una nueva dimensión de gran interés.

Europa: un continente articulado en torno a un credo

Europa es un territorio con delimitaciones precisas. Sin embargo, el trazado geográfico del viejo continente no supone en absoluto la comprensión real de lo que es Europa, ya que las fronteras geopolíticas sufren transformaciones a lo largo del tiempo. Por encima de todo, Europa es una idea, un concepto que se materializa a través de una evolución territorial y política vertebrada alrededor de una forma de entender el mundo, de una visión ideológica de la realidad.

De manera general, la relación entre religión y política ha sido abundantemente abordada por pensadores y filósofos. Algunos autores, como Karl Marx, consideraron que la economía de los Estados se había apoyado en falsas ideas como la religión para favorecer determinadas situaciones políticas; por el contrario, otros, como Friedrich Hegel, sostuvieron que eran las ideas religiosas y filosóficas las que acababan materializándose en Estados, políticas y territorios: lo espiritual y lo mental era lo realmente determinante, por encima de lo material. En cualquier caso, sea cual sea la postura acertada, en ambas opciones la religión aparece comprendida como un elemento esencial en la conformación política del mundo. Esto puede observarse claramente en la evolución histórica del continente europeo.

Los orígenes religiosos del continente europeo

El origen de las religiones coincide con las primeras divisiones políticas y territoriales del mundo. Según los estudios arqueológicos, el mar Mediterráneo fue la cuna de la civilización. En territorios muy próximos entre sí como Grecia, Egipto o Italia tuvieron lugar de manera casi simultánea las primeras expresiones culturales y políticas relevantes, siempre bajo una forma concreta de religión. No obstante, a pesar de que el origen de las civilizaciones y de sus religiones fue muy similar, las distintas culturas evolucionaron de formas diametralmente distintas, dando lugar a modos radicalmente diferentes de entender el mundo.

Las instituciones religiosas originadas en Roma, que posteriormente derivaron en el catolicismo, se expandieron hacia el norte y occidente de Europa; las egipcias, por su parte, condujeron al islam, que se extendió primordialmente hacia el este; la Iglesia de Bizancio, que desencadenó el nacimiento de la fe ortodoxa –una segunda Roma, una segunda Iglesia cristiana–, hacia el norte y este de Europa.

Se puede decir que a partir de este proceso Europa quedó dividida en dos secciones diferentes en un sentido político, social y religioso. La forma en que se articularon y relacionaron la religión y la política terminó dando lugar a dos visiones opuestas de lo nacional.

El Imperio romano, que se expandió por casi todo el continente europeo gracias a Carlomagno, basó su estructura política en la diferenciación entre la religión y el poder estatal o político. El papa de Roma y sus sacerdotes poseían un poder puramente religioso. La Iglesia desempeñaba un papel primordial dentro de la política, pero se mantenía una clara distancia entre las competencias religiosas y las políticas.

Del otro lado, la Iglesia ortodoxa del este de Europa concentró en una sola figura los poderes religioso y político. El máximo representante de la Iglesia ortodoxa era a la vez la máxima expresión del Estado.

Esta concepción enfrentada de lo religioso y lo político marcó definitivamente el espíritu de las dos partes de Europa, determinando sus distintas formas de evolución.

Los cambios religiosos y políticos en la Europa de la Edad Moderna

Los dos territorios geográficos, políticos y religiosos que conformaban Europa entraron en una fase de diferenciación vital a finales del siglo xv.

Tabla 1. El aspecto actual del continente europeo está fuertemente condicionado por la evolución de las religiones que nacieron alrededor del mar Mediterráneo, lo que denota el papel que desempeñan los credos en el devenir político de las naciones.

Constantinopla, que había sido el origen de la Iglesia ortodoxa rusa, cayó ante la invasión turca, propiciando el establecimiento de una nueva capital en Moscú, que fue considerada casi como una nueva Roma. A partir de este hecho, la Iglesia ortodoxa extendió su influencia hacia el este de Europa.

Mientras tanto, en Europa occidental se produjo un doble proceso que resultó definitivo para la relación entre religión y política. De un lado, el norte del territorio europeo se distanció de Roma, creando una nueva manera de entender el cristianismo: el protestantismo. Esta nueva doctrina se tradujo además en una visión política distinta del continente.

El primer cristianismo tuvo que refugiarse en las catacumbas para huir del poder de Roma, que veía en la incipiente religión un peligro para su hegemonía política. En la imagen, El entierro de Santa Lucía, de Caravaggio.

Por otro lado, la acomodada situación económica y política condujo a la expansión de los territorios europeos a través de África, Asia y América. Como es lógico, esta expansión de orden geográfico, político y económico llevó consigo la difusión de las ideas religiosas del viejo continente. No sólo se agregaron nuevos territorios y pueblos a la cultura europea, sino que además se llevó la forma de ver el mundo propiamente occidental a otros territorios que nada tenían que ver con Occidente.

Catedral protestante de Helsinki. El norte de Europa empezó a distanciarse del poder religioso y político de Roma a partir del desarrollo del protestantismo.

Con el curso de los siglos, la inicial propagación geográfica de la religión cristiana se acompañó de la difusión de los modos de pensamiento occidentales surgidos en la Edad Moderna, y llevó a los nuevos territorios transcontinentales los principios básicos de la vida social y política europea: fe en el progreso, confianza en la tecnología y división entre Iglesia y Estado.

El descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón cambió radicalmente las expectativas de la Iglesia española. Se abría todo un continente al que llevar una forma política y religiosa de entender el mundo. En la imagen, una escultura del almirante en un capitel del monasterio catalán de San Jerónimo de la Murtra.

La expansión del cristianismo y del pensamiento occidental encontró, sin embargo, un serio rival en el renacimiento de la cultura y la religión musulmanas. A partir de la Edad Moderna, el islam aparece ya como el auténtico antagonista del credo cristiano, de la forma occidental de entender el mundo.

La situación política y religiosa de la Europa actual

A partir de los siglos xvii y xviii Europa terminó de establecer un nuevo estatus en el que la religión y la política quedaban definitivamente separadas. El desarrollo indiscriminado de la ciencia y la tecnología hizo que la religión quedase relegada al desempeño de un papel arcaico, fuera de los nuevos ideales sociales y políticos de la Edad Moderna.

El propio Nicolás Maquiavelo (1469-1527) había señalado siglos antes cómo la Iglesia romana era en realidad un importante fenómeno político que cohesionaba la vida social europea. La Iglesia funcionaba como una especie de regulador de las creencias y los comportamientos humanos. Si la creencia religiosa debe ser entendida como un fenómeno personal, en cierto sentido libre de cualquier forma de coacción o regla, la Iglesia siempre había funcionado como una especie de principio regulador que unificaba las distintas formas de entender la fe cristiana.

Es decir, la Iglesia católica, apostólica y romana era el elemento unificador que daba sentido, orden y finalidad al sentimiento religioso. Una vez que ésta empezó a perder su poder, la creencia se volvió completamente libre, no pudo ser utilizada como una forma de coacción política, no fue posible emplearla como una herramienta que permitiese actuar sobre la vida social y cultural de las naciones de Europa.

De esta manera, la sociedad europea se volvió laica mientras los principales ideólogos tachaban a la Iglesia de mera ideología interesada, de «opio del pueblo» o de vestigio de una concepción enferma de la vida.

En el pasado siglo Europa entró, después de las dos grandes guerras, en una época desencantada conocida como posmodernidad, periodo caracterizado por la ausencia de referencias, por la desorientación y la pérdida de valores. En el momento en que política y religión se separan parece que la vieja Europa cae en una fase de ofuscación y de pérdida de identidad, en la que el único elemento unificador de la cultura y de la vida es el comercio, lo que da lugar al capitalismo global.

Página del Corán. El libro sagrado musulmán describe la vida de Mahoma tanto en el aspecto religioso como en el político, atiende tanto al comportamiento de los creyentes como a las conquistas del islam.

Las relaciones entre religión y política en el islam

La totalidad de la vida política, social, moral y económica de los países musulmanes se ha articulado siempre en torno a la religión. No existe ni un solo fenómeno social que no encuentre en el Corán una interpretación, un sentido o una regulación. La vida en la mayor parte de los países musulmanes se fundamenta en las enseñanzas del profeta Mahoma. A través de sus diálogos con el dios Alá se generó una nueva manera de entender el mundo y el papel del hombre en él, que se tradujo en un arte, una política, una ética y una economía autóctonos y personales.

Muchas de las tensiones políticas que existen actualmente entre oriente y occidente se explican a partir de la evolución del cristianismo y el islam durante la Edad Moderna, momento en que ambas religiones comienzan a considerarse rivales.

Sin embargo, esta orientación político-religiosa que halló forma en diversas civilizaciones de África y en importantes países del Próximo y Medio Oriente como Irán, Iraq o los reinos de la península indostánica, pronto tuvo que enfrentarse a una nueva realidad política que requirió de una original actitud por parte de los más altos representantes políticos y religiosos.

Desde la Edad Moderna Europa estaba inmersa en un nuevo modelo de desarrollo y expansión, que pasaba por la colonización de nuevos territorios al compás de los descubrimientos técnicos y científicos. Y lo que era aún más importante: este momento histórico se acompañaba de la separación de lo religioso y lo político.

El antiguo modelo organizativo musulmán, mientras tanto, no era capaz de hacer frente al empuje europeísta, que se traducía en amplias colonizaciones culturales, políticas y económicas a lo largo de grandes territorios musulmanes.

Frente a esta situación, a partir del siglo xix diversas corrientes islámicas propusieron una amplia reforma en pos de la modernización de las relaciones entre religión y política. Estas reformulaciones, al contrario de lo que sostienen quienes sólo ven en el islam una forma de enfrentamiento indiscriminado contra todo lo occidental, dieron importantes frutos en países como Egipto, que logró imponer una nueva vida caracterizada por la modernidad, el consenso y el librecambismo, dentro de una forma de islamismo actualizado, alejado de las formas arcaicas de entender el mundo.

Contra lo que muchos opinan, el islam no constituye ninguna clase de movimiento político extremo. Se trata, como el cristianismo, de una religión mayoritaria más, con su credo, sus ritos y sus excepcionales expresiones artísticas, como el Taj Mahal que se muestra en la imagen.

¿Cómo se explica, entonces, el nacimiento de movimientos radicales en Oriente Medio? ¿Qué se esconde en realidad tras el radicalismo y el fundamentalismo islámico? Como se puede observar en países como Egipto, es evidente que los musulmanes no quieren anclarse en el pasado. Existe en el islam un deseo expreso de modernizarse para hacer frente a una nueva situación mundial que exige una fuerte capacidad organizativa, mercantil, tecnológica y moral. Lo que sucede es que la religión islámica ha sido tomada por grupos combatientes que la esgrimen como excusa para expandir su poder.

Desde su nacimiento, el islam había servido para articular una forma de entender la realidad que no había experimentado modificaciones en quince siglos de historia. Mientras en otras religiones como la católica las máximas instituciones eclesiásticas no tuvieron más remedio que adecuar el contenido de su fe a la situación social y política que en principio ellos mismos habían engendrado, en la religión islámica el poder había perpetuado el estado primitivo de la religión con el fin de mantener una situación económica que le era claramente favorable.

Ruinas de la ciudad precolombina peruana de Machu Picchu. El cristianismo latinoamericano, importado desde Europa en el siglo XV, maduró de una forma completamente inesperada gracias, en gran medida, a la existencia de unas riquísimas culturas y religiones previas como las de los incas, los aztecas y los mayas.

Cuando se advirtió la necesidad de modernizar las instituciones para hacer frente a la nueva situación mundial, muchos optaron por dejar a un lado las instituciones arcanas para salir adelante; pero otros muchos vieron en la antigua religión un modo de reivindicar su identidad, de anclarse en una forma de entender el mundo que negaba la modernidad y, en consecuencia, a Occidente.

No obstante, debe tenerse presente que el islam en sí no tiene por qué derivar en las actitudes fundamentalistas que mantienen determinados sectores musulmanes; bien al contrario, hay que entender estas actitudes como una determinación política antes que religiosa.

Las relaciones entre la religión y la política en Latinoamérica

Mientras en los países musulmanes la religión ha sido empleada como una especie de coartada política e incluso terrorista, y en Europa el poder de las distintas instituciones religiosas se ha visto profundamente limitado por el nuevo paradigma laico y liberal, en Latinoamérica ha sucedido algo completamente distinto, que hace que la pregunta por la relación entre religión y política haya de ser planteada con todo su alcance originario.

Las misiones religiosas hispanas en Latinoamérica siempre fueron acompañadas de empresas militares y políticas. Hernán Cortés (cuya efigie muestra la imagen), por ejemplo, trató de imponerse en México para satisfacer los intereses tanto de la corona como de la Iglesia.

No cabe duda de que las primeras civilizaciones amerindias precolombinas desarrollaron una brillante organización social, política y religiosa basada en los distintos credos de pueblos como el azteca, el maya y el inca. Incluso el aspecto de las ciudades y los edificios respondían en todo momento a estas motivaciones.

De una consideración del mundo, de la naturaleza humana y su relación con los distintos dioses se derivaba un «deber ser», una moral y una organización socioeconómica en la que cada miembro tenía un comportamiento indicado en virtud del sentido religioso de la existencia.

Con la llegada a Latinoamérica de los conquistadores españoles, las formas autóctonas de organización social, política, económica y religiosa fueron erradicadas. Se impuso un nuevo paradigma religioso y político que pretendía, en un primer momento, reflejar las estructuras y la forma de operar de Europa. La Iglesia católica pretendió exportar su credo hasta los nuevos territorios empleando sistemáticamente grandes misiones enclavadas a lo largo y ancho del territorio sudamericano.

Del éxito, al menos inicial, de la empresa se desprende la particular manera de los latinoamericanos de acercarse al hecho religioso cristiano, en parte condicionada por su propia forma de entender lo religioso. A lo largo del siglo xx, esta singular forma de entender y proponer el cristianismo en América ha saltado en diversas ocasiones a la actualidad.

Mientras en Europa la Iglesia y el fenómeno religioso se han visto separados del plano político, en Latinoamérica han surgido nuevas formas de credo muy cercanas a la conjunción de lo religioso y lo político, como si de alguna manera se estuviese volviendo al antiguo estado precolombino en el que ambos ámbitos vivían unidos.

Cabe destacar, asimismo, que los movimientos religiosos con una actividad política explícita se presentan a sí mismos como una forma de hacer frente a la Iglesia católica tradicional, que tantas veces ha intervenido políticamente en la conformación histórica y social del continente americano.

En definitiva, en la religiosidad latinoamericana y en su conjunción con los movimientos de orden político se observa un hecho fundamental: la vinculación del sentir religioso con el deseo de atender las necesidades económicas, sociales y políticas de los pueblos del continente.

Las relaciones entre la religión y la política se suelen estudiar desde tres posturas fundamentales: la religión como órgano claramente político, la negación de cualquier relación entre ambas realidades y la admisión de conexiones lógicas entre ellas.

Las relaciones elementales entre política y religión

Las posturas que tratan de analizar cómo se relacionan religión y política suelen tomar tres vertientes diferenciadas.

Existe una postura que afirma que la religión no es sino política encubierta. Es el caso de las teorías de los pensadores socialistas, para quienes la religión posee una función política evidente: legitimar en el plano de las ideas y los credos las diferencias que se dan en el plano material de lo puramente político.

Según estas teorías, las distintas Iglesias siempre han buscado canalizar las creencias populares hacia una situación propicia para el ejercicio del poder, que suele estar aliado, si no identificado, con las instituciones religiosas.

Otra postura aboga por la completa y total independencia entre el órgano eclesiástico y el poder político. Quienes mantienen esta tesis afirman que en la religión no hay nada de política, que el ámbito religioso se ocupa de intereses por completo diferentes a los que promueve el Estado. Y lo que es más importante: cualquier intento por parte de las instituciones religiosas de tener voz política, de afectar sobre las circunstancias políticas de una nación, supone hacer un uso ilegítimo de su naturaleza.

Entre estas dos propuestas se encuentra una tercera posición según la cual la religión se encarga mayormente de asuntos relacionados con la fe, pero en tanto considera al hombre como objeto de toda forma de fe y de religión no puede entenderlo sino en su más amplia complejidad, asumiendo todos los aspectos que definen su vida: economía, sexualidad, familia o política. Es decir, puesto que el hombre es un ser político por definición –tal y como afirman pensadores como Aristóteles–, la Iglesia no puede sino atender a lo político como elemento constitutivo de lo humano. En otras palabras: a las instituciones religiosas les interesa la política porque les interesa el hombre.

La religión como legitimación del estatus y la religión como forma de revolución

Una vez aclarada la manera a través de la cual las instituciones religiosas se interesan por la política, cabe preguntarse en qué sentido la religión termina operando sobre el mundo.

Como ya se ha señalado, para ciertos pensadores como Friedrich Nietzsche o Karl Marx la religión es ante todo poder encubierto. Es decir, es un órgano más que emplean los Gobiernos y los Estados para perpetuar la situación vigente.

Mientras el pueblo se preocupa por la salvación en otro cielo, mientras se reza en las iglesias y se discute por la naturaleza de Dios, lo verdaderamente importante, aquello que hace que un hombre tenga con qué alimentarse o que determina cómo debe educarse a un niño, queda desatendido por parte del ciudadano medio. La religión convence al fiel para que crea en la vida ultraterrena, para que no proteste y confíe en la misericordia divina, con el fin de que los políticos tengan carta blanca para rentabilizar su poder a partir de un pueblo distraído y confiado.

Es posible que a lo largo de la historia se hayan visto situaciones de este tipo. Es cierto que en muchas ocasiones la Iglesia ha actuado como una herramienta política, pero esto no siempre ha sucedido así. Un buen ejemplo es lo que está sucediendo ahora mismo en Latinoamérica.

Aunque hay filósofos que entienden que la religión no es sino un instrumento para preservar el poder, no se puede negar que, en sus orígenes, la mayor parte de las grandes religiones constituyeron una evidente forma de revolución. En Cristo limpiando el templo, obra de Luca Giordano que muestra la imagen, puede apreciarse la actitud contestataria del Mesías.

La religión cristiana nació como una forma de revolución política. Es un hecho incontestable que Jesucristo luchó con los fariseos o los comerciantes para alcanzar una situación mejor no sólo en el plano espiritual o existencial, sino también en el sociopolítico. Actualmente, en Latinoamérica se puede observar algo similar en las nuevas formas de religión.

Superado el momento en que algunos países del continente vivieron bajo regímenes dictatoriales –a veces apoyados por los estamentos religiosos–, las nuevas formas de religiosidad latinoamericana se alinean con los más necesitados económicamente y proponen un camino conjunto entre la fe y la reivindicación política. En otras latitudes, también las nuevas religiones –incluso las que recuperan rituales e ideas procedentes de África– basan su credo en una actitud contestataria que sólo tiene sentido en la búsqueda del cambio y la justicia social.

En resumen: la religión siempre ha aparecido ligada de manera directa o indirecta a la política. Se considera incluso que su esencia puede encontrarse en el intento por cambiar una situación política dada. Ahora bien, la evolución de las instituciones religiosas en tanto que materialización circunstancial de un credo puede hacer que las Iglesias terminen funcionando como meras encubridoras de una situación política injusta o que, por el contrario, sirvan para proponer una nueva situación utópica, ideal, en la que el hombre y su dignidad se puedan desarrollar en una sociedad mejor.